COLUMNISTAS INVITADOS. En una nueva entrega de su saga sobre las estructuras y tensiones en el fútbol global, el criminólogo Eduardo Muñoz desmenuza el caso «Johnny» y advierte sobre el costo institucional de permitir que el poder político intente alterar las reglas del juego.
El fútbol global enfrenta desafíos que van mucho más allá de lo que sucede dentro de la cancha. En esta nueva columna para Contenidos, el criminólogo Eduardo Muñoz analiza con agudeza el impacto de las relaciones de proximidad entre los máximos líderes del poder político y los dirigentes deportivos.
A partir de una reveladora anécdota que involucra al mandatario estadounidense Donald Trump y al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, el autor examina cómo la erosión de la distancia institucional puede transformar una simple llamada telefónica en una sospecha generalizada sobre la imparcialidad de las normas, recordándonos que el patrimonio más valioso de este deporte es, precisamente, la certeza de que las reglas se aplican a todos por igual.
Leé la columna de Eduardo Muñoz
FIFA, Trump y «Johnny»: cuando la cercanía se convierte en un riesgo
El apodo que expone el mayor desafío institucional de la FIFA

«Johnny».
A veces una sola palabra explica un problema institucional mejor que un informe de cien páginas.
Ese es el nombre con el que Donald Trump llama a Gianni Infantino. Podría parecer apenas un apodo entre dos personas. Sin embargo, cuando una de ellas es el presidente de Estados Unidos y la otra conduce la FIFA, los gestos también comunican. Y, en las instituciones, la cercanía nunca es un detalle menor.
Según confirmó el propio Trump, llamó a Infantino para pedir que la FIFA revisara la expulsión de Folarin Balogun. Poco después, la sanción fue levantada. Desde entonces, el debate gira alrededor de una pregunta legítima, pero secundaria: ¿influyó esa llamada en la decisión?
El mayor problema no fue la llamada. Fue que el presidente de una potencia mundial creyera que valía la pena hacerla.
El precio de la cercanía
Esa percepción no nació con el caso Balogun. Se fue construyendo durante años.
El FIFA Gate alteró el equilibrio de poder del fútbol mundial y abrió una nueva etapa en la relación entre la FIFA y Estados Unidos. Desde entonces, la organización acumuló una serie de gestos que reforzaron esa cercanía: la designación del Mundial de 2026, la expansión de los grandes torneos en territorio estadounidense, la presencia frecuente de Gianni Infantino junto a Donald Trump, el trofeo del Mundial exhibido en la Casa Blanca, el Premio FIFA a la Paz y la participación conjunta prevista para la entrega de la Copa del Mundo.
Ninguno de esos hechos constituye, por sí solo, una irregularidad. El problema aparece cuando, vistos en conjunto, todos empiezan a contar la misma historia.
Las instituciones no pierden credibilidad únicamente cuando alguien logra influir sobre ellas. Empiezan a perderla cuando generan la percepción de que intentar influir puede dar resultado.
Cuando cambian las expectativas
El caso Balogun no creó un problema institucional. Lo hizo visible.
Sus efectos aparecieron de inmediato. El parlamentario británico Noah Law solicitó formalmente a la FIFA que aplicara el mismo criterio al defensor inglés Jarell Quansah, argumentando que, si Balogun había recibido un trato excepcional, las mismas reglas debían extenderse al resto de las selecciones.
Más allá de la respuesta que reciba ese pedido, el hecho relevante es otro. Un representante político de otro país entendió que solicitar una excepción a la FIFA ya era una estrategia razonable.
Ahí reside el verdadero costo para una institución. No cambia solo una decisión; cambian las expectativas sobre cómo relacionarse con ella. La autoridad institucional empieza a erosionarse cuando cada vez más personas creen que vale la pena intentar influir.
El patrimonio más valioso del fútbol
Lo más valioso del fútbol nunca fue la certeza de quién gana, sino la incertidumbre: la convicción de que el poder termina donde empieza el partido.
Cuando esa incertidumbre se debilita, el daño ya no proviene únicamente de una decisión. Proviene de la sospecha de que las reglas pueden cambiar según quién haga la llamada.
Quizá ese sea el verdadero significado de «Johnny». No describe una amistad. Describe una distancia institucional que la FIFA dejó de cuidar.
