COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Eduardo Da Viá. Frente al turismo masivo y de «status», una profunda reflexión sobre la evolución del desplazamiento humano y la necesidad de volver a casa transformados por la sabiduría de los pueblos originarios.
Viajar es mucho más que acumular kilómetros o capturar postales para exhibir en redes sociales; es, en su esencia más pura, un proceso de introspección y aprendizaje. En este entrañable artículo, el médico y escritor Eduardo Da Viá nos invita a desandar la historia del nomadismo, la exploración y el turismo moderno, contraponiendo la vorágine del consumismo occidental con la profunda paz y el respeto ecológico de comunidades como la cuzqueña. Una bitácora reflexiva que, combinando la filosofía clásica con la experiencia personal, nos recuerda que el verdadero sentido de partir radica en la capacidad de regresar al hogar siendo más humildes, más sabios y más agradecidos.
La columna completa de Da Viá
Viajar

El significado etimológico de viajar proviene de la palabra viaje, que deriva del catalán antiguo viatge, y esta a su vez del latín viaticum. La raíz más profunda se encuentra en el término latino via, que significa camino. En la Antigua Roma, el viaticum no era el desplazamiento en sí, sino el conjunto de provisiones, vituallas o dinero que un viajero necesitaba llevar consigo para poder emprender un camino de forma segura. Por otra parte viajar es la razón de ser del Turismo, palabra que proviene del francés tour (vuelta o viaje), y a su vez del latín tornare (girar en un torno) y del griego tornos. Etimológicamente, alude a la idea de «dar un giro» o hacer un viaje circular: el acto de salir de casa y regresar al punto de partida original.
Y es así, al menos a mí me ocurre, por lindo que sea el viaje llega un momento en que uno empieza a extrañar el hogar, ese pedacito de mundo que aunque diminuto comparado con la inmensidad del planeta habitado, es solo nuestro, y nos espera con los brazos abiertos, la mesa tendida y la cama caliente por algún intermediario de confianza que lo hizo mientras nos esperaban. Ya extrañábamos la comida casera, el aroma propio de la casa y sabedor que cada pertenencia estará en su lugar, que de memoria conocemos, no así la valija que en el segundo día ya no sabemos qué tenemos y en qué lugar de la misma se encuentra. Es tan lindo viajar como volver, completar la ronda.
Contrariando mi costumbre al escribir, que consiste en expresar primero mi parecer a modo de introito sobre el tema a tratar, en este caso me permitiré transcribir un texto de Emily Thomas, tomado de su libro «El viaje y su sentido, cuando los filósofos se hicieron nómades»:
“La actividad del viaje ha sufrido numerosas metamorfosis: desde la errancia nómada de la prehistoria, las misiones militares y el desplazamiento comercial de la antigüedad pasando por las cruzadas, las exploraciones de estudio de los sabios del Siglo de las Luces, las peregrinaciones estéticas de los artistas románticos, el viaje de formación (Grand Tour) de los aristócratas europeos, hasta el turismo masivo de la época actual. Por muchos siglos, lo natural era el sedentarismo, las generaciones se sucedían atadas a una misma tierra y solamente la guerra o las emigraciones por hambre propiciaban el traslado forzoso. El viaje solitario era una actividad rara, excitante pero atemorizante, pues se prefería permanecer en ese espacio de identidad y seguridad que era el terruño. Paulatinamente, la evolución de los transportes fue abatiendo los peligros, los costos y los tiempos de los desplazamientos. El viaje, por ejemplo, adquiere prestigio científico con Bacon, santo patrón de los sabios exploradores que escudriñan los misterios del mundo. Con Descartes, el viaje matiza las certezas e imbuye la duda metódica. Con Locke el desplazamiento por otros territorios constituye una pedagogía de relativismo y tolerancia. Con la deslumbrante Margaret Cavendish, el viaje es un despliegue de imaginación utópica y una alegoría del conocimiento”.
En forma clara y concisa la autora expone la esencia del tema, aparentemente tan simple hoy. Viajar ha sido una actividad humana desde los comienzos de su existencia, impelido por lo general por la necesidad de cambiar su hábitat por otro más generoso o menos peligroso. Pareciere que la humanidad vio sus albores en el continente africano y desde allí por distintos caminos fue animándose a alejarse del terruño natal, enfrentarse a la presencia del agua erigida tanto en necesaria e imprescindible para la vida, como en enemiga difícil de vencer para el viajero.
Cruzar un río caudaloso sin la ayuda de herramientas era una aventura que muchas veces terminaba en desastre. La observación de la condición natural de la madera de flotar en el agua seguramente inspiró la mente del homo sapiens para valerse de ella, para, aferrado a un tronco de aparición espontánea en el devenir de las aguas o ex profeso, cortando un árbol y valiéndose del mismo, atreverse a enfrentar el impedimento que suponía el curso de agua. De ahí al desarrollo del remo primitivo que le permitía conducirlo no debió tomarle demasiado tiempo. Había nacido la embarcación, primer medio de transporte fuera de los pies y piernas de cada uno.
Seguramente la sorpresa fue descubrir el Mar, inicialmente el hoy Mediterráneo si aceptamos el origen del viaje en África. La inmensidad de ese mar, que no alcanzaba la vista para ver la otra orilla, fue sin duda el acicate necesario para perfeccionar las embarcaciones, adosarle velas para aprovechar la energía eólica, concebir el timón, etc. Pero hasta aquí el concepto de curiosidad que habita en la mente de cualquier viajero actual distaba de ser un concepto promotor; era la mera necesidad de mejorar la disponibilidad de alimento y protección lo que los llevó al nomadismo, siendo el nacimiento de la agricultura el que fijó, por así decirlo, al hombre, y lo llevó a abandonar los viajes por el sedentarismo.
Pero la atracción del misterio del “qué habrá detrás de esa montaña”, por ejemplo, dio lugar a la exploración. Y fue ya en la misma prehistoria y más aún en la Edad Media que el hombre se atrevió a abandonar la seguridad de su asentamiento para inmiscuirse en lo desconocido. Los grandes descubrimientos geográficos se produjeron en la Edad Media, dado el perfeccionamiento de las embarcaciones para la vía marítima y de la rueda para la terrestre. De todas maneras se requería de una valentía especial para animarse a tamañas empresas, pero es también el momento histórico en que el hombre viaja en busca de determinados tesoros: territorios, riquezas, mujeres y esclavos.
Pero también la ciencia fue un estímulo para algunos elegidos, destacándose como ejemplo paradigmático la vuelta al mundo de Charles Darwin a bordo del que sería más que famoso Beagle, bergantín de la Marina Real Británica y al mando del comandante Fitz Roy. Más que destacado científico y elaborador de la teoría de la evolución, Darwin fue el paladín de la ciencia por la ciencia misma. De paso y como acotación, el nombre del barco Beagle se debió a que el mascarón de proa del navío tenía la talla de una cabeza del perro del mismo nombre.
Hasta el siglo XIX los viajes largos y demandantes de mucho tiempo, meses y aún años, lo fueron en pos de explorar el mundo desconocido, sea en búsqueda de riquezas, las más de las veces supuestas, o por el mero placer de conocer. Las guerras de conquistas territoriales fueron otro importante motor para desplazarse lejos del hábitat habitual. Los descubrimientos de restos de culturas muy antiguas fueron fruto del afán de saber y comerciar.
Marco Polo, quizás el más famoso explorador, nació en Venecia en 1254 ; en 1271, partió junto a su padre y su tío en otro largo viaje hacia el Oriente. Esta vez la aventura duraría 24 años, de los cuales se supone que pasaron 17 al servicio del Kublai Kan, quinto emperador de los mongoles y nieto del legendario Gengis Kan. En 1298, Marco Polo se encontraba en una prisión genovesa, cuando se supone que tenía 44 años. A petición de su compañero de celda, un escritor de romances llamado Rustichello da Pisa, Marco Polo le dictó la historia de su increíble viaje a lo largo de la Ruta de la Seda, por toda Asia hasta la China. El hecho de que le dictara a un tercero hace suponer que no sabía leer ni escribir, por lo que se descuenta que no llevaba un libro tipo bitácora y por lo tanto muchos de sus relatos pudieron no ser ciertos o fidedignos, pero sí que viajó durante 24 años y recorrió por primera vez como europeo del oeste la Ruta de la Seda.
En 1492 Colón “descubrió” América, o al menos hizo notoria su existencia, y con ello los innumerables viajes desde Europa al Nuevo Continente con su retahíla de conquista, expoliación, genocidios, violaciones de todo tipo y enriquecimiento ilícito, expresión tan de moda hoy en nuestro pobre país.
El Ártico y la Antártida fueron explorados en los siglos XIX y XX. El Everest fue descubierto por ingleses; el «Pico XV», históricamente conocido por las poblaciones locales, fue identificado como la montaña más alta de la Tierra en 1852 por matemáticos y topógrafos del Gran Estudio Trigonométrico de la India británico. En 1865, fue bautizado oficialmente como Monte Everest en honor a Sir George Everest, el topógrafo general de la India. Machu Picchu fue descubierta recién en 1911 por el explorador norteamericano Hiram Bingham, profesor de la Universidad de Yale, quien organizó la expedición con el objetivo de encontrar la última capital inca (Vilcabamba). El 24 de julio, un agricultor local de la zona y un sargento de la guardia civil peruana condujeron a Bingham hasta la cima, donde encontraron ruinas cubiertas de vegetación. El descubrimiento ganó notoriedad mundial a partir de 1913, cuando la revista National Geographic dedicó una edición completa a las ruinas y a la expedición.
En fin, sería el cuento de nunca acabar continuar con los descubrimientos históricos independientemente de sus respectivos objetivos. Lo cierto es que en el mundo solo quedan remotos rincones sin ser hollados por el hombre, carentes de interés en general pecuniario.
Hoy la humanidad viaja; para ello el ingenio ha producido vehículos para hacerlo por aire, mar y tierra, cada vez más grandes y más rápidos, atentos a la necesidad creciente de aprovechar el tiempo que es oro. Gran parte de los pasajeros lo son por necesidades laborales, comerciales y políticas. En menor proporción son científicos que se desplazan para investigar etnias, biomas, zonas de seísmos, distribución y causa de poblaciones sumidas en la miseria, enfermedades y pobreza extrema ; o corporaciones multimillonarias que buscan territorios vírgenes para expandirse a costa de la deforestación y de la esclavitud soterrada de sus legítimos moradores.
Por fin, el otro gran motor para los desplazamientos masivos es el turismo, que a su vez mueve enormes cantidades de dinero. A mi juicio, el turismo moderno, masivo e irrespetuoso, poco tiene de aspiraciones culturales y mucho de destinos que los adinerados del mundo “deben” conocer por cuestiones de moda, promovida hasta el hartazgo por las empresas de turismo que apelan, como todo mercadeo, a inculcar la necesidad de conocer tal o cual región o país por una cuestión de “status” social. El turista inculto aunque rico tiende a cosificar a las personas nativas que viven del turismo, sin importarle de verdad su historia y sus costumbres, sin tener la capacidad de introyectar esas vidas y modus vivendi tan diferentes y muchas veces verdaderos ejemplos de sabiduría transmitida de generación en generación con orgullo y sentido de pertenencia. El viaje queda reducido a una insoportable colección iconográfica para ser mostrada a veces en tediosas reuniones programadas a tal efecto, pero carentes de consecuencias actitudinales que pudieran beneficiar al actor y a la sociedad en que se desenvuelve.
Personalmente acabo de regresar de Machu Picchu, y más allá de las indescriptibles bellezas naturales y restos maravillosos de mega construcciones de piedra (granito por lo general), lo que más me impactó es esa comunión evidente entre el humano y la tierra ; esa paz interior que se advierte al contarnos cómo viven, sus creencias en lo divino, su respeto por la ecología tan mentada por los occidentales y principales contaminadores del orbe. Los cuzqueños son de hábito un poco más bajo que la media occidental, de tez amarronada, de caminar cabizbajo pero ligero y de hablar quedo y sin estridencias molestas ; respetuosos de los viandantes y solícitos ante la petición de ubicación, recorridos y destinos. Se los ve felices, tal como se le atribuye a San Francisco de Asís la expresión “poco es lo que necesito y lo poco lo necesito poco”.
En clara antinomia, alemanes y norteamericanos, gigantes rubios irreverentes y vociferantes, de reír aturdidor e irrespetuoso, ídem brasileros y porteños argentinos en manada, con el “che pibe” claramente discriminatorio y el qué me importa de los que los rodean. He vuelto a tener la maravillosa sensación de respeto y hasta de envidia en cierto sentido que experimentara cuando conocí a cubanos, haitianos y descendientes mayas, los nativos del litoral y noroeste argentinos, estos últimos muy similares a los cuzqueños. Todos seres a salvo del consumismo, el apuro, las ansias de poder y la necesidad imperiosa de poseer y, sobre todo, del “qué dirán”.
El viajar debería hacernos más humildes y más sabios, y no más orgullosos y pedantes, por cuanto más sabemos más comprendemos cuánto nos falta por saber. Viajar se puede de diversas maneras: con dinero, con la imaginación o con la lectura, y hoy con los medios digitales podemos ilusionarnos de estar en esos lugares maravillosos que permanentemente nos muestran las pantallas, pero casi siempre envilecidas por el fundamento económico oculto que los financia. Y por último, más agradecidos a la vida que nos permitió conocer otros mundos, si bien como una especie de premio al trabajo de años, pero sin olvidar que hay muchas personas en este desigual mundo que no tienen oportunidad de trabajar, no por holgazanes sino por desdichados.
Siempre viajé con destinos claramente elegidos, para observar ciertas obras de arte o un enclave geográfico aprendido en la escuela con fotos en blanco y negro de nuestros antiguos textos escolares. Sumergirme en Epidauro, cuna de la medicina occidental, o escalar hasta el pucará de los Quilmes o la Garganta del Diablo en Iguazú, me hicieron comprender qué pequeño soy frente a tanta maravilla. Todo eso me nutrió sin henchirme de vanidad y me estimuló a seguir leyendo, sobre todo acerca de los muchos lugares que, con seguridad, nunca visitaré.
He sido afortunado porque casi todos mis viajes fueron realizados en compañía de mi esposa y, últimamente, de un hermano de la vida como él lo expresa: Roberto, con quien la convivencia que implica compartir un viaje ha hecho que nuestros vínculos preexistentes se estrecharan aún más y, desde ya, estamos pensando en algún destino más cercano, una estadía breve y un bolso en vez de valija.
Viajar sin aprender es como arrojar comida a la basura.
