COLUMNISTAS INVITADOS. En su impactante microrrelato «La habitación», el escritor explora el aislamiento, la pérdida de identidad y la angustia existencial de un protagonista atrapado en un espacio sin sombras ni certezas.
La literatura de suspenso psicológico y corte existencial encuentra en las formas breves un terreno fértil para sembrar la intriga y la reflexión profunda. En esta oportunidad, presentamos «La habitación», un cuento del autor Antonio Romeo que, a través de una prosa minimalista, estática y cargada de misterio, arrastra al lector hacia los laberintos de la memoria y la despersonalización.
Con una atmósfera claustrofóbica que evoca las mejores tradiciones de la ficción metafísica, la obra se convierte en un espejo de las dudas más primitivas del ser humano: quiénes somos cuando nos quitan el pasado y qué verdades se ocultan tras el silencio que nos rodea.
El texto completo de Antonio Romeo
La habitación
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
El tiempo parecía una costumbre perteneciente a otro lugar.
La habitación era blanca. No un blanco luminoso ni puro, sino un blanco cansado, inmóvil. Había una cama, una mesa y una luz tenue que parecía surgir de las propias paredes.
Nada proyectaba sombra.
Ni siquiera él.
Al principio no lo notó. Después dejó de pensar en otra cosa.
Recorría la habitación una y otra vez. Contaba pasos. Tocaba las paredes. Cerraba los ojos y escuchaba.
A veces creía recordar algo.
Lluvia.
Una calle.
Una voz.
Pero los recuerdos se deshacían apenas intentaba observarlos.
Comenzó a sospechar que no había olvidado su pasado.
Tal vez nunca lo había tenido.
La idea apareció una mañana. O algo parecido a una mañana.
Y desde entonces permaneció allí, creciendo.
La habitación parecía escuchar.
Cuando una pregunta alcanzaba cierta claridad, el aire cambiaba. Cuando una respuesta estaba cerca, un zumbido leve recorría las paredes.
Como si algo esperara.
O vigilara.
Una vez creyó comprender.
No supo exactamente qué había comprendido, pero sintió la certeza.
La misma certeza que debe sentir quien encuentra una puerta en mitad de la oscuridad.
Entonces la habitación cambió.
El blanco se volvió azul.
Luego gris.
Luego algo para lo que no conocía nombre.
Las líneas rectas se curvaron.
La mesa desapareció.
Y aparecieron figuras inmóviles al otro extremo del cuarto.
No tenían rostro.
Quizás porque estaban demasiado lejos.
Quizás porque nunca lo habían tenido.
Ninguna se movió.
Ninguna habló.
Sin embargo, él sintió que lo observaban.
Y sintió algo peor.
Sintió que lo reconocían.
Cuando intentó acercarse, la habitación volvió a transformarse.
Las figuras se desvanecieron.
La cama regresó.
La mesa regresó.
El blanco regresó.
Todo volvió a ser igual.
Salvo una cosa.
Ya no estaba seguro de que las figuras hubieran aparecido para darle respuestas.
Tal vez habían venido a recordarle que aún no sabía formular la pregunta correcta.
