sábado, abril 25, 2026

Bajo análisis: ¿La ideología es más fuerte?

COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Gustavo Coronel. Más allá de las diferencias ideológicas, la clave del desarrollo no radica en imponer una visión, sino en lograr reglas compartidas que permitan la convivencia política y la continuidad institucional.

En un contexto político marcado por la polarización y los cambios de rumbo constantes, el debate sobre la capacidad de construir acuerdos duraderos vuelve al centro de la escena.

En esta columna, Gustavo Coronel reflexiona sobre el peso de las ideologías y la dificultad para sostener consensos básicos como condición para la estabilidad de un país.

La columna completa de Gustavo Coronel

La ideología es más fuerte

El problema de la incapacidad para lograr consensos

Hay países que siguen en la misma dirección, a pesar de los cambios de gobierno, y hay otros donde cada gobierno cambia la dirección del país. En los primeros, la política discute dentro de ciertos acuerdos básicos que nadie cuestiona. En los segundos, la política discute esos acuerdos mismos. En los primeros, las ideologías compiten. En los segundos, las ideologías intentan reemplazarse unas a otras.

Esta diferencia, que a primera vista parece solo política, en realidad define la estabilidad económica, la solidez de las instituciones, la previsibilidad de las reglas y hasta la forma en que una sociedad imagina su futuro. Los países más estables no son los que no tienen conflictos ni ideologías fuertes, sino los que lograron algo mucho más difícil: construir acuerdos básicos entre personas que piensan distinto.

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Cuando esos acuerdos no existen, la política deja de ser una administración del conflicto y se convierte en un conflicto permanente. Cada elección parece una refundación, cada gobierno intenta empezar de nuevo y cada proyecto político cree que el anterior fue un error que hay que corregir completamente. En ese escenario, el país no acumula experiencia, no fortalece instituciones y no acumula políticas de largo plazo. Solo cambia de dirección.

Tal vez uno de los problemas más profundos de algunas sociedades no sea económico ni institucional, sino político y cultural al mismo tiempo: la dificultad para aceptar que convivir es más importante que imponer una idea completa de país.

Ningún país se construye solo con ideas, se construye con acuerdos

En muchos países, las ideologías políticas existen, compiten y se enfrentan, pero lo hacen dentro de ciertos acuerdos básicos que nadie discute. Esos acuerdos suelen incluir el respeto a las instituciones, la estabilidad de ciertas políticas de Estado, la seguridad jurídica, la división de poderes y algunas reglas económicas y sociales fundamentales. Las ideologías cambian los matices, las prioridades y la dirección, pero no destruyen las bases sobre las que funciona el sistema.

El filósofo político John Rawls llamaba a esto “consenso superpuesto”: personas que piensan distinto pueden ponerse de acuerdo en reglas básicas para convivir en la misma sociedad. La estabilidad de un país no depende de que todos piensen igual, sino de que todos acepten ciertas reglas, aunque gobierne otro.

Cuando no hay consensos, la política se vuelve refundación permanente

En los países donde no existen acuerdos básicos, cada gobierno intenta empezar de nuevo. Cambian las reglas económicas, las leyes, las instituciones, la política exterior, el sistema previsional, la educación y hasta la interpretación de la historia. No hay continuidad, hay reemplazo. No hay acumulación, hay reinicio.

Este fenómeno fue estudiado por el politólogo Guillermo O’Donnell, quien describía sistemas políticos con instituciones débiles, liderazgos personalistas y baja continuidad de políticas públicas. Cuando cada gobierno intenta fundar un país distinto, el Estado pierde previsibilidad, la economía pierde estabilidad y la sociedad pierde confianza en el largo plazo.

Las ideologías sin consensos básicos terminan atentando contra sí mismas

Las ideologías sin consensos básicos terminan siendo autodestructivas.

Una ideología que no acepta acuerdos fundamentales genera inestabilidad institucional, y esa misma inestabilidad impide que esa ideología pueda sostener sus políticas en el tiempo, volviéndose, en la práctica, autodestructiva. Ningún proyecto político puede demostrar si funciona si cada pocos años todo el sistema cambia de dirección.

Esta idea se relaciona con el pensamiento de Karl Popper, quien sostenía que las sociedades estables no son las que tienen sistemas perfectos, sino las que tienen instituciones que permiten corregir errores sin destruir todo el sistema cada vez que alguien quiere cambiar la realidad.

La política deja de ser administración del conflicto y se convierte en conflicto permanente

Cuando no hay acuerdos básicos, el adversario político deja de ser alguien con quien se compite y pasa a ser alguien a quien hay que derrotar completamente. La política se vuelve moral, emocional e identitaria. Ya no se discuten políticas públicas, se discuten identidades, modelos de país, relatos históricos y visiones totales de la sociedad.

La filósofa Hannah Arendt advertía que cuando la política se convierte en la imposición de una verdad absoluta, deja de ser política y se convierte en un conflicto permanente, porque desaparece la negociación y solo queda la lógica de amigo y enemigo.

El problema argentino no es la ideología, sino la imposibilidad de acuerdos duraderos

Aplicado al caso argentino, el problema no parece ser la existencia de ideologías fuertes, sino la dificultad histórica para construir consensos básicos que sobrevivan a los gobiernos. A lo largo de su historia política y económica, Argentina ha cambiado repetidamente su modelo económico, su política exterior, su relación con el Estado, su sistema previsional, sus regulaciones económicas e incluso las reglas de funcionamiento institucional.

Esta falta de continuidad genera lo que muchos autores describen como comportamiento pendular: el país cambia de dirección de manera brusca cada cierto tiempo, impidiendo la acumulación de políticas de largo plazo. El jurista y filósofo Carlos Nino sostenía que uno de los grandes problemas argentinos era la falta de respeto por reglas estables y la tendencia a modificar constantemente las normas, lo que impedía el desarrollo institucional. Por su parte, el sociólogo Juan José Sebreli describía la política argentina como altamente ideologizada y emocional, donde los movimientos políticos funcionan muchas veces como identidades fuertes más que como administraciones temporales del Estado.

En este contexto, cada cambio político se vive como una refundación y cada gobierno como una oportunidad de empezar de nuevo, lo que impide la continuidad.

Una posible salida

Si el problema no es la existencia de ideologías, sino la incapacidad para construir acuerdos básicos entre ellas, entonces la salida no consiste en eliminar las ideologías ni en que todos piensen igual. La salida consiste en algo más difícil: construir consensos que estén por encima de los gobiernos y de los partidos políticos.

Esto implica aceptar una idea que no siempre resulta cómoda: ninguna fuerza política puede organizar un país sola, y ninguna ideología puede aplicar su programa completo sin acuerdos con otros sectores. Gobernar una sociedad plural implica negociar, acordar, ceder en algunas cosas y sostener otras. La política no es la realización perfecta de una idea, sino la administración imperfecta de una sociedad donde la gente piensa distinto.

Los acuerdos no son una señal de debilidad ideológica, sino una señal de madurez política. Una ideología que acepta consensos no se vuelve más débil; por el contrario, aumenta sus posibilidades de aplicar sus ideas en el tiempo. Una ideología que no acepta ningún acuerdo puede ganar una elección, pero difícilmente pueda construir algo que dure.

Tal vez el verdadero problema no sea que existan ideologías fuertes, sino que todavía no hemos aprendido que, sin acuerdos, ninguna ideología puede sobrevivir lo suficiente como para demostrar si tiene razón.

Conclusión

Los países no fracasan solo por tener malas ideas, sino por no poder ponerse de acuerdo ni siquiera en las reglas para discutir esas ideas. La estabilidad de una sociedad depende menos de qué ideología gobierna y más de qué acuerdos existen entre las ideologías.

Tal vez el problema no sea la ideología.
Tal vez el problema sea cuando la ideología es más fuerte que el país.

Y esto nos deja con una pregunta que no es solo política, sino casi filosófica, y de cuya respuesta depende en gran parte la estabilidad de cualquier sociedad:

¿Es más importante tener razón o poder convivir con los que no piensan como uno?

Gustavo Coronel
DNI 25.443.158
Lic. en Relaciones Humanas

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