viernes, abril 24, 2026

¿Representantes de Dios o cómplices del César? El vacío ético de la jerarquía religiosa

COLUMNISTAS INVITADOS. Desde los lujos arqueológicos de la antigua Mesopotamia hasta los palacios de la modernidad, el Dr. Eduardo Da Viá despoja al sacerdocio de su mística para revelar una estructura de poder que, históricamente, parece preferir la cercanía al trono que al sufriente. Un cuestionamiento directo a la «neutralidad» y al silencio de los líderes de la fe frente a las masacres que hoy desangran al mundo.

En un abril de 2026 marcado por la persistencia de conflictos que parecen no tener fin —desde las estepas ucranianas hasta el castigado Medio Oriente—, el Dr. Eduardo Da Viá nos invita a realizar una autopsia histórica sobre la figura del «sumo sacerdote». Su análisis no comienza en la teología, sino en la arqueología de la ciudad de Ur, donde el lujo de los jerarcas ya marcaba una distancia abismal con el pueblo que decían representar. Para Da Viá, la historia del alto clero es una «tenebrosa senda» donde la fe ha servido, con demasiada frecuencia, como un escudo para el privilegio económico y político.

El núcleo de esta columna es una provocación necesaria: la contradicción entre el mensaje de amor universal y la pasividad —o incluso la bendición de armas— por parte de las máximas autoridades religiosas. El autor desmenuza las diferencias (y similitudes) entre los credos abrahámicos para demostrar que, más allá de los dogmas, la estructura de poder sigue siendo el factor común que impide una intervención real y física de la paz en los campos de batalla.

Finalmente, el texto aterriza en la realidad local, señalando con nombre y apellido la ausencia de una palabra contundente por parte de la jerarquía eclesiástica regional, como la de Monseñor Marcelo Daniel Colombo en Mendoza. Con la premisa de que «el que calla, otorga», el Dr. Da Viá propone una solución tan radical como coherente: que los líderes religiosos abandonen la fastuosidad de sus residencias y se interpongan presencialmente entre las balas para salvar a los jóvenes que hoy mueren inútilmente.

Leé la columna completa del Dr. Eduardo Atilio Da Viá

La indiferencia de los máximos representantes religiosos ante la cruel realidad de las beligerancias mundiales

Antes de referirme exactamente al título, entiendo resulta conveniente, como siempre, un poco de historia. El sacerdocio como institución es muy antiguo, al menos 4000 años.

En la famosa ciudad de Ur, sita en la Mesopotamia y en la desembocadura del río Éufrates, ya los reyes tenían su séquito de sacerdotes, supuestamente destinados a los temas religiosos, intermediando entre los dioses y los pobladores pero muy alejados de estos, constituyendo la cúpula del poder y valiéndose de todas las prebendas que esta posición les ofrecía. Ur tenía, y aún existe, un bellísimo edificio dedicado al dios Hana, el famoso Zigurat, ubicado en pleno desierto y relativamente lejos, pero muy visible, de los bordes de la ciudad.

Al fondo el zigurat, y en primer plano la casa del sumo sacerdote.

Pues bien, en el 2019, un grupo de arqueólogos de distintos países desenterró los restos de una fastuosa residencia, muy espaciosa y con dependencias de las que carecían las humildes casas de los pobladores. Hasta baño con inodoro consistente en un escalón con un orificio para apoyar las asentaderas y proceder a la eliminación de las excretas, que no caían en un pozo, sino en un ingenioso sistema de canaletas subterráneas por donde circula siempre agua; por si fuera poco, adornado con alicatados. Además, cocina, dormitorios, un gran patio, etc., ubicada fuera de la ciudad y cerca del zigurat. Y, ¡oh sorpresa!, pertenecía al sumo sacerdote.

Supuestamente, un sacerdote es la persona dedicada y consagrada a hacer, celebrar y ofrecer sacrificios. Recorrer la historia de los sumos sacerdotes, por llamarles así a los más altos jerarcas de todas las religiones, es caminar una tenebrosa senda plagada de prisioneros, de torturas, asesinatos, guerras religiosas, vidas libidinosas, homosexualidad, ritos obscenos, pornografía infantil, injerencia clara y ostensible en los asuntos de estado (siempre y cuando la participación en los mismos les redituara algún beneficio), residencias fastuosas, autos de alta gama, vestiduras con abundancia de seda y armiño, y manejo discrecional de los fondos recaudados con la justificación de ser destinados a “le opere pie”.

Como le dijo el custodio de las obras de arte supuestamente eróticas guardadas en algún subsuelo del Vaticano a un médico amigo mío: sabedor de la existencia del tremendo tesoro que no se podía visitar, le aseguraron que con un modesto soborno en efectivo la privacidad desaparecería. Y así fue, se contactó con el sacerdote cancerbero y, al momento de aceptar la coima, pronunció esas palabras en italiano, cuyo significado en español es: “para las obras pías”.

En las sociedades tribales primitivas, tanto en América como en Asia, la figura del chamán se destaca por ser el intermediario entre la divinidad y los hombres; vale decir, son los antecesores de los sacerdotes y, por tanto, gozaban de prestigio entre la comunidad y de una posición acomodada. Por lo general ocupaban una choza o vivienda propia y no participaban de los actos de guerra; vale decir, no eran guerreros. Ostentaban el don de la curación, tanto de las afecciones corporales como las psíquicas, y podían en casos excepcionales inducir los males que habitualmente curaban, por lo que se les tenía no solo respeto sino también algo de temor.

Los sacerdotes en el antiguo Egipto actuaban como intermediarios entre los dioses y los hombres, asegurando el orden cósmico (Ma’at) mediante el culto diario. Funcionaban más como funcionarios del Estado que como clero vocacional, gestionando la economía del templo, estudiando astronomía, medicina y escribiendo textos sagrados. Sus funciones principales se dividían en varias áreas: culto divino, gestión económica, administración, educación, medicina y magia. Existía una jerarquía estricta, siendo el faraón el sumo sacerdote de todos los cultos.

Y así sucesivamente, como podrán notar, tenían comunes denominadores: cercanía al rey o cacique, posición económica superior, poderes especiales y distanciamiento de la plebe.

Me he tomado el trabajo de investigar quiénes son los jerarcas religiosos de los países actualmente en guerra. En la guerra ruso-ucraniana, ambos países son de postura religiosa ortodoxa. En Rusia es el patriarca Cirilo y en Ucrania es el metropolitano Epifanio de Kiev. La principal diferencia entre la iglesia católica y la ortodoxa es el reconocimiento de la autoridad del Papa; los ortodoxos lo consideran un obispo más sin jurisdicción universal.

El Líbano no tiene una única autoridad religiosa suprema debido a su sistema confesional de 18 comunidades. Irán tiene un solo mandamás que reúne el poder político con el religioso: el Ayatolá. Mochtabá Jameneí es el actual líder supremo desde 2026. En cuanto a África, hay guerras en Sudán (islamismo sunita) y Myanmar (budista). Cada uno de estos países tiene sus correspondientes líderes religiosos, que permanecen impávidos ante la masacre de sus propios feligreses.

Finalmente, el Papa, obispo de Roma y máxima autoridad del catolicismo, lo es también políticamente del Vaticano. Sin embargo, la postura de los líderes respectivos en cuanto a las guerras es muy diferente. Los patriarcas tanto ucraniano como ruso bendicen las armas, lo que implica una aceptación explícita de la contienda; los iraníes y sus socios consideran a la guerra como sagrada; y el Papa solo procede a asomarse de vez en cuando al balcón y orar en pos de la paz, actitud absolutamente inútil para el cese del fuego, cosa que León XIV sabe muy bien.

Mi pregunta es: ¿por qué estos líderes no hacen el tremendo sacrificio de reunirse superando diferencias y se plantan en medio de las ciudades en guerra, desafiando la continuidad de las masacres propiciadas por los jerarcas civiles? No creo que Putin o Jameneí se atrevan a bombardear Kiev o Tel Aviv sabiendo que los religiosos más importantes del mundo están en ellas rogando por la paz.

Los sacerdotes deberían ser los vectores del amor. Amar es la voluntad consciente de buscar el bienestar del otro sin egoísmo. ¿Cómo pueden entonces permanecer impávidos ante las masacres? Los habitantes de los países bombardeados están solos; ninguna autoridad los ama, de lo contrario no los mandaría a la muerte.

Ellos son quienes deberían interponerse presencialmente en los campos de batalla para dar ejemplo de ese amor tan manoseado en mezquitas y catedrales. No he leído ni escuchado la palabra del presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), Monseñor Marcelo Daniel Colombo, actual arzobispo de Mendoza, y eso que entre los muertos hay católicos que sucumben a la barbarie.

El viejísimo aforismo, más presente que nunca, está redivivo: el que calla, otorga.

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