sábado, abril 25, 2026

Darwin, cerebro, ideologías y herencia cultural: la controversia

PERLITA. Un libro abre una polémica al referir que le fue quitado a Darwin de sus memorias póstumas un planteo en torno a cómo el lavado de cerebros podría volverse hereditario. Aquí, la perlita, a partir del posteo que hizo el psiquiatra Pablo Malo, miembro de la Txori-Herri Medical Association y de los Beautiful Brains, y que suele compartir sus lecturas en la cuenta de X @pitiklinov.

Leor Zmigrod, la autora.

Un antiguo texto de Charles Darwin, omitido durante décadas de su autobiografía, volvió al centro de la discusión pública tras ser difundido en redes sociales por el psiquiatra español Pablo Malo. El fragmento —rescatado por la neurocientífica política Leor Zmigrod en su libro El cerebro ideológico— plantea una hipótesis tan provocadora como inquietante: que la educación religiosa temprana podría dejar huellas profundas, incluso biológicamente duraderas, en el cerebro humano.

El posteo, que rápidamente generó controversia, reproduce una reflexión escrita por Darwin en 1876. Allí, el padre de la teoría de la evolución sugería que la “inculcación constante” de la creencia en Dios durante la infancia podría producir efectos comparables a los instintos animales, como el temor casi automático de los monos hacia las serpientes.

Según el propio Darwin, esa influencia temprana podría hacer que abandonar la fe resultara “tan difícil” como desprenderse de un miedo instintivo. Sin embargo, la afirmación no llegó al público en su momento.

Tras su muerte en 1882, su hijo Francis preparó la autobiografía para su publicación, pero recibió una carta de Emma Darwin —viuda del científico— pidiendo eliminar ese pasaje. La razón era doble: el dolor personal que le causaba la visión evolutiva de la moral y el temor a herir a los amigos religiosos de su marido, profundamente unidos a él.

La omisión se mantuvo durante décadas. Recién en 1958, cuando la nieta de Darwin, Nora Barlow, publicó una edición revisada con los fragmentos censurados, el texto salió a la luz.

El interés actual por ese pasaje no es casual. En El cerebro ideológico, Zmigrod explora cómo las creencias políticas y religiosas pueden relacionarse con características cognitivas, emocionales y neurológicas. El libro propone que la ideología no es solo un fenómeno cultural, sino también un proceso que involucra mecanismos cerebrales de aprendizaje, apego y repetición.

La autora interpreta la intuición de Darwin como una hipótesis adelantada a su tiempo: la idea de que ciertas convicciones profundamente inculcadas podrían arraigarse mediante los mismos circuitos por los que los animales aprenden a temer, vincularse o evitar peligros.

El concepto clave es la “inculcación”. Darwin la entendía como algo impuesto desde fuera —no descubierto interiormente— y sostenido por prácticas repetitivas que moldean cerebros jóvenes, flexibles e impresionables.

El paralelismo con los instintos animales es lo que vuelve explosiva la hipótesis. Si la religión —o cualquier sistema de creencias— pudiera consolidarse mediante procesos similares a los que fijan respuestas biológicas de supervivencia, entonces la frontera entre cultura y naturaleza se vuelve difusa.

Para algunos lectores, la idea sugiere una explicación naturalista del fenómeno religioso. Para otros, implica reducir la experiencia espiritual a un condicionamiento psicológico o evolutivo, lo que alimenta críticas tanto científicas como filosóficas.

El tuit de Pablo Malo no introduce interpretaciones propias, pero sí subraya el carácter “revolucionario” de la hipótesis y el hecho de que fuera silenciada por motivos personales y sociales. La reacción en redes muestra que, casi siglo y medio después, la cuestión sigue siendo altamente sensible.

El debate actual no gira solo en torno a la religión. También toca temas como la educación, la transmisión cultural, la libertad de pensamiento y el poder de las instituciones para moldear identidades desde la infancia.

Más allá de las posiciones ideológicas, el episodio revela algo fundamental: incluso en la obra de uno de los científicos más influyentes de la historia existen ideas que permanecieron ocultas durante generaciones por considerarse demasiado perturbadoras para su tiempo.

Hoy, en plena era de la neurociencia y la psicología evolutiva, aquella intuición de Darwin resurge con nuevas herramientas para ser evaluada —y con un potencial de polémica intacto.

Porque si las creencias pueden arraigar en lo más profundo del cerebro humano, la pregunta ya no es solo qué pensamos, sino cómo y cuándo empezamos a pensar así.

El texto completo del posteo de Pablo Malo

Esto que os copio es del libro que veis en la imagen: “(En julio de 1876) Darwin escribe lo siguiente: “[No debemos] pasar por alto la probabilidad de que la inculcación constante de la creencia en Dios en la mente de los niños tal vez produzca un efecto tan fuerte, quizá hereditario, en sus cerebros aún no plenamente desarrollados que les haga creer que es tan difícil desprenderse de su creencia en Dios como a un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a una serpiente.” “En menos de cien palabras, Darwin articuló una hipótesis revolucionaria. Una hipótesis compuesta por múltiples partes, niveles y analogías. Sin embargo, se trata de una hipótesis que, tras su muerte, ocurrida en 1882, sería rápidamente borrada de su autobiografía. Cuando Francis, el hijo de Charles, preparó la autobiografía para su publicación en 1885, recibió una carta de Emma: Mi querido Frank, Hay una frase en la Autobiografía que me gustaría mucho omitir, sin duda en parte porque la opinión de tu padre de que toda moralidad ha crecido por evolución me resulta dolorosa; pero también porque leer esta frase le causa a uno cierta conmoción y daría pie a decir, injustamente, que consideraba que todas las creencias espirituales no eran más que aversiones o gustos hereditarios, como el miedo de los monos a las serpientes. […] En la medida de lo posible, quisiera evitar causar dolor a los amigos religiosos de tu padre, que están profundamente unidos a él, y me imagino la forma en que les afectaría esa frase […]. Tuya, querido Frank, No fue hasta 1958, más de ochenta años después de que Darwin plasmara estas ideas por escrito, cuando su nieta Nora Barlow facilitó una edición revisada de la autobiografía en la que aparecían las omisiones de las versiones anteriores…” “La hipótesis de Darwin, borrada de la historia científica debido a la intervención editorial de Emma, se refiere a lo que le ocurriría al cerebro de un niño si experimentara una «inculcación constante» por parte de la ortodoxia religiosa. “Inculcar es forzar, pisotear, marcar, infundir, aplastar con el talón (calx en latín, el hueso calcáneo , es el origen de la palabra inculcare ). Cuando Darwin habla de «inculcación constante» está pensando en la religión como algo impuesto desde fuera y no como algo descubierto en el interior. Cree que la religión podría ser un sistema, no solo una fuente de amor y devoción y sentimiento espiritual, que se impone a la gente, a los niños, por la fuerza. Un sistema aprendido por cerebros jóvenes, flexibles e impresionables. Un sistema aprendido a través de los mismos mecanismos por los que los animales aprenden a temer y a aborrecer, a apegarse o a escapar. Darwin llegó a la conclusión de que las consecuencias de la inculcación religiosa y de la práctica devota repetitiva podían ser fuertes, duraderas y tan biológicamente reales como los instintos animales y la herencia genética.”

El posteo

Sinopsis publicado por Editorial Planeta de El cerebro ideológico

La galardonada científica Leor Zmigrod, pionera en el campo de la neuropolítica, nos revela por qué algunas personas se radicalizan, cómo las ideologías radicales moldean nuestro cerebro y cómo podemos liberarnos del pensamiento dogmático.

En El cerebro ideológico, la neurocientífica Leor Zmigrod nos invita a explorar los mecanismos ocultos que dan forma a nuestras creencias políticas, sociales y religiosas. A partir de su innovadora investigación, nos muestra que nuestras ideas ni son pensamientos pasajeros ni son ajenos a nuestro cuerpo: las ideologías literalmente transforman nuestro cerebro, pues afectan nuestra arquitectura neuronal y moldean nuestra forma de ver el mundo.

Con un fascinante enfoque que combina neurociencia, psicología y filosofía, Zmigrod se sitúa en la vanguardia de un campo emergente, la neuropolítica, y nos revela por qué ciertos individuos son más propensos al pensamiento rígido y dogmático, y cómo podemos conocer nuestra apertura (o resistencia) al cambio a través de una simple tarea cognitiva. Pero nos ofrece también una vía para el crecimiento personal y colectivo: podemos aprender a detectar nuestros propios sesgos y empezar a resistir las normas irracionales para abrazar la ambigüedad como signo de libertad mental.

Este libro es un llamado urgente a cultivar una mente flexible, informada y resistente frente a las ideas que buscan imponerse sin matices. Una lectura esencial para entender el auge de la polarización y del extremismo en nuestra sociedad.

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