Apuntes de viaje

Gabriel Conte
Gabriel Contehttps://gabrielconte.com.ar/
Soy Gabriel Conte, periodista. Fundé el diario Memo (memo.com.ar) en 2019. Creé y dirigí en los años ’90 la hoja de cultura El Comunero. Fui director de la revista Mendosat y durante 12 años trabajé como periodista, subdirector y luego director del portal MDZ, además de ser director de MDZ Radio. Mis primeros pasos en el periodismo los di en LV10 Radio de Cuyo. Mi programa «Tormenta de ideas» entrevistó a unos 30 mandatarios y expresidentes, premios Nobel y figuras destacadas del mundo, por Radio Nihuil. He colaborado con medios de Argentina y el extranjero.

Una serie de historias, crónicas, verdades ficcionadas y ficciones con carga de sucesos concretos del autor, Gabriel Conte, en sus múltiples viajes.

El lugar y el momento

Joao debería haberse jubilado ya y estar disfrutando de las playas de su Rio de Janeiro. Eso se imagina uno, turista, ingenuo, petulante. Pero Joao –conductor de taxis en Rio- prefiere seguir trabajando a pesar de su edad. “O paradiso nao e para os pouvres” dice, sin necesitar traducción para interpretar su proclama opuesta a la mitología bíblica. Silencio extenso y mirada por la ventanilla derecha. Ultimo vistazo al Pan de Azúcar, antes de perderlo por completo rumbo al aeropuerto.

Joao dice que él conoció otros lugares. Piensa que debe estar muy linda la Argentina, ya que hace más o menos treinta años fue a Corrientes y fue buena la impresión que le dejó todo lo que vio. Esa fue, en definitiva, la imagen que le quedó de todo un país, aunque Joao es conciente de su generosa generalización. Sostiene, a lo largo de la extensa y amable conversación, que en realidad, cuando una persona visita un país diferente al suyo, y aun una ciudad desconocida de su propio país, lo hace cargado de ansias, expectativas, nacionalismo, chauvinismo y prejuicios varios, en ese orden, según la teoría de Joao. Por eso es que un turista casual, desprevenido y común tenga la tendencia a considerar que el país que visita “es” lo que vio en las más o menos diez cuadras que rodean al lugar de alojamiento en el que estuvo.

Joao es un fino analista, un antropólogo social, como lo es todo taxista más proclive a estar despierto que a encerrarse en sus convicciones primarias. Conoció la ciudad de Corrientes luego de visitar junto a su familia y de llegar en su auto particular, desde la capital paraguaya, Asunción. Esto fue en 1958 –recuerda con exactitud- aunque le parece que fue ayer, lleno de recuerdos familiares y anécdotas de ruta (que no recuerdo, porque se puso melancólico y, pletórico de “saudades”, habló para sí y no entendí nada, solo atiné a asentir gentilmente y, en las dos vueltas de cabeza que di hacia él, ya cuando quedaba atrás en el camino al aeropuerto la imponencia de dos buques que completaban un viaje crucero, me pareció descubrir en su rostro una mirada perdida, hacia el frente, claro, pero cristalina y húmeda) Tras escuchar por tramos el monólogo de Joao pensé en quedar bien con él, y preguntarle sobre quiénes lo acompañaron, tal vez su mujer, hijos, suegras…Algo me decía que me equivocaría si lo hacía. Esto se estaba volviendo demasiado intimista y yo en horas lo dejaría cargando otros pasajeros y otros equipajes para no verlo, seguramente, jamás. Pasó sus manos por los ojos y señaló las primeras construcciones de la estación aérea carioca, más cerca ahora.

Joao sostiene que Asunción debe ser, seguramente hoy, una gran ciudad. Voy para allá y se lo he comentado en las monosilábicas intervenciones que pude sostener. Ya no esta Stroessner, dice, y asegura que un pueblo libre, con una nueva democracia (aunque para ese país siempre que la pudo tener fue nueva y escasa) que él estima “vigorosa”, ha sabido salir adelante y construido sus instituciones. “Por entonces –traduzco ahora sus palabras sobre Asunción 1958- la gente se acumulaba sobre la orilla del río, en alguna barriada desordenada, algo que llamaban algo así como La Chacarita”, recuerda este posible habitante de Maré o Rosinha o de alguna otra favela de la que cada díoa rogaba poder escapar con su taxi como salvoconducto. “Habían cabras, caballos y cerdos rodeando el Palacio de Gobierno”, agrega luego Joao, en referencia a la antigua casona de los López que todavía es la sede oficial.

Joao rió. Dijo: “me pareció algo terrible ver a los niños arreando el ganado a metros del despacho presidencial, en medio de un silencio roto solamente por los innumerables pájaros y aire viciado por el aroma de los jazmines”.

Con esa imagen y esas promesas de olores me iba de Rio, lleno de palabras y emociones ajenas. Llevábamos tres minutos parados en la entrada del aeropuerto carioca y no bajaba del coche, todavía encantado con el “diálogo”. Le pedí un “cartao” para llamarle solo a él en caso de necesitar transporte en el próximo viaje. Me dijo que no tenía tarjetas personales, pero que seguramente sabríamos encontrarnos. Me envidió por poder subir a ese pájaro alado del que conocía cada detalle, cada tornillo, gracias a su voracidad lectora, pero al que “todavía” –dijo con la esperanza intacta- no había tenido la ocasión de ascender.

Fue cuando salí del nuevo y pomposo Palacio Legislativo de Asunción, tras una frustrante reunión que, al volverme sobre su fachada, me impactó esa construcción posmoderna y ajena, de ventanas espejadas, su “chicaguismo en miniatura” en medio de la ciudad colonial intacta hasta allí.

Sólo interrumpió mi sorpresa al bajar las extensas escalinatas frontales una valla antitumulto y una piara que almorzaba desordenadamente. Había allí, al pie de Palacio, chanchos overos y bélicos. Uno bermejo, tremendo. Revolviendo cerros de basura en competencia con un grupo de niños flacos en conseguir el favor de un cariño o algún pedazo de algo comestible y además digerible. No había cabras ni caballos y eso me preocupó al recordar la pintura de Asunción que me había hecho con coloridas palabras Joao, poco antes, tan lejos, tan cerca en la geografía, en el tiempo. Pensé turbulentamente en aquello. Imagine “la Asunción de Joao” de hace cuarenta y siete años.

Resolví que no sabría qué decirle a Joao si lo volviese a encontrar, si ello ocurriera algún día. No querria herirlo, aunque aquí ya había una herida abierta y gangrenosa. Nada había cambiado en todos estos años, salvo la ausencia de parte del ganado y los pájaros que ya no están.

En “La Chacarita” jugué solo un minuto con tres niños que fueron muy felices por eso, me parece. Me fui pero, esta vez, con ganas de volver a hablar con Joao, café mediante de la vida y sus cosas.

Faraones fashion

Un turista argentino, que por su apariencia y comentarios previos parecía un intelectual formado e informado, pero cholulo y exagerado al fin, comentó a su deslumbrada pareja (de ocasión) en la entrada al Metropolitain de París, mientras hacía la fila para acceder al Museo de Louvre por una de las pirámides de cristal de doble vértice –uno para arriba y otro bajo tierra- que podía sentir nítidamente fluir de ella la energía ultramediática del neoprocer en vida y ex ministro de Cultura francés Jack Lang. Aun no habían editado “El Código Da Vinci”, de Dan Brown, por lo que una nueva visita a París años más tarde, y con el libro bajo el brazo en idioma original, podría haber deparado nuevas revelaciones por parte del caballero. Qué perdida de tiempo no estar allí ahora. ¿No? No.

Progre reivindicado en territorio enemigo

Frenó frente al casino de Montecarlo, con gesto adusto y una expresión de asco a flor de piel. Venía desde Niza con próximo destino en Marsella. Decidió que no entraría (pero, además, era de día y estaba cerrado). Cruzó la plaza de las flores hasta la sucursal local del Crédit Suisse, en cuyo cajero automático obtuvo unos francos. Volvió. Pidió en un quisco de revistas repleto de idiomas y fotos la edición más actual de “Le chanaire enchaine”, el periódico satírico más famoso y prestigioso. Lo abrió. No entendió ni jota. Lo dobló y lo puso bajo el brazo derecho. Caminó unos pasos, pero algo lo hizo detenerse bruscamente. Retornó al negocio y sin pronunciar palabra en francés o ingles y menos aun en su raro español originario, exultante de gestos que el vendedor nunca interpretó ni respondió, le “pidió” –quitándolo de su lugar y pagando por él su valor exacto- “Liberation”. Ahora si pudo caminar con este periódico abierto de par en par y el otro haciendo equilibrio bajo la axila derecha. Caminó hasta el Café de Paris, en donde un solitario Tommy Curtis desayunaba leyendo el periódico con fruición. Pensó en acercarse y afortunadamente se dio cuenta de que sería en vano hacerlo. Levantó ambas cejas, extrañó no tener a mano su cámara de fotos y sonrió gozoso al darse cuenta que en el centro del triángulo equilátero que conformaban el Casino de Montecarlo, el Café de Paris y el Credit Suisse, se erguía una sólida, grande (¿viva, vivaz?) escultura de Lenin. Corrió hasta el automóvil. Se hartó de tomarle fotografías. Dejando los diarios en el torpedo del auto alquilado en Europcar, subió, encendió el motor sin perder de vista ese espectáculo y continuó con su ruta. Sin embargo, no dudó en detenerse y adquirir de los más variados objetos y símbolos y beber brevajes locales y cosmopolitas en cada local cercano a las plazas principales de Cannes, Saint Tropez, San Raphael, Antibes…

Venceremos

No se si pasa en todos lados, pero aquí, escuchar en la radio la música que a uno le gusta, más aun cuando el que oye está medianamente entrado en años, resulta una misión casi imposible. Es irónico, porque uno se imagina –de este lado del receptor- que en estudios algún cerebro está estudiando cómo enganchar más oyentes a su estación de radio. Y nosotros, los que oímos, estamos haciendo esfuerzos para seguir escuchando, a pesar de nuestra protesta silenciosa, intangible y subconsciente contra la programación. Es que: queremos informarnos, escuchar algún chisme, saber la hora y la temperatura actual y la de mañana, mechado con música, alguna oferta publicitaria y llamadas de otros oyentes que nunca dicen (ingenuidad la mía) lo mala/s que está/n la/s radio/s. Claro, esas críticas tampoco podré verlas reflejadas cual catarsis propia en papel ajeno, en diarios y revistas, ya que esos medios son parte de grupos que poseen radios, entre otras empresas. Y lo de la música: las compañías discográficas seguramente deben tener derecho a opinar en este asunto de la programación. Pero estamos lejos de poder hablar de censuras o listas negras, y ¡ojalá! De oír referencias a quién canta, interpreta o es autor de talo o cual tema. Podemos llegar a tararear con mayor o menor energía el tema top, pero nunca sabremos –si no estamos en tema, claro- quién lo hizo primero, en qué país…qué dice la letra original, etc., etc. ¿Acaso es que no nos gusta la radio? Nos encanta. De no ser así, no estaría ahora hablando de esto. Nos apasiona la radio AM, de vez en cuando, las de FM y pocas veces, escuchar toda una hora del mismo autor en CD. Hay radiómanos aun, aunque sea bajo protesta. Pero hoy cuando escuché en la radio a Silvio Rodríguez cantando “Sueño con serpientes” la sensación fue de crisis. Como que no cuadran temas como ese en formatos como éstos, La emoción fue de dimensiones importantes y pude sentir la sensación de que, nuevamente, la radio me estaba mirando, a mi, dejando de lado su indiferencia cochina en medio de este amor platónico que hace años sostengo. Y defiendo a la radio. Resistiremos, a pesar de las radios. Llegará ese día en que los programas pongan la música que queremos escuchar. Y con esa promesa latente, los oyentes en espera eterna, seguiremos prendidos y prendiendo la radio. Sabemos que no nos puede defraudar. Venceremos.

Suizamente

Junto al viejo puerto de Ouchy, en la ciudad de Lausana, bordeando el lago Leman y apenas acaba el Parque Olímpico, por donde se tuerce laquai de Belgiquey aun con el bullicio solitario de las aves, en medio de la distracción que produce un grupo de cisnes que juegan en la orilla, la paciencia suiza juega ajedrez en una plaza-tablero de piezas gigantes, que no sorprenden a ninguno de los paseantes, porque siempre están allí, moviéndose y poniendo en jaque a un innecesario rey.