lunes, mayo 18, 2026

Un día de campo en Mendoza con Mario Vargas Llosa y su familia

La crónica de una visita de Mario Vargas Llosa a Mendoza, en 2013, y recuerdos de una anterior. Daniel Pereyra y su esposa Silvia Hermana fueron sus anfitriones y llegó con su esposa, Patricia Llosa y su hijo Álvaro Vargas Llosa. Hubo un almuerzo en Gualtallary, a instancias de Julio Camsen.

Ocurrió en 1995 años en Mendoza: el hombre llenó el Teatro Independencia, el más prestigioso coliseo local, y lo vació rápidamente: había pronunciado un exabrupto que haría que aquel encuentro no pasara inadvertido y quedara grabado en la historia. Hablamos de Mario Vargas Llosa, quien, en el caluroso diciembre de 1995, hizo transpirar más de la cuenta a los organizadores de la Fundación Alberdi cuando, apelando a su típica táctica de patear el tablero, originó una ola de críticas desde la intelectualidad, a la que dejó plantada luego en sus intenciones de debatir en torno a lo dicho.

El peruano-español había sostenido una fuerte defensa, como siempre, del neoliberalismo. Era un tiempo afín para sus ideas en la Argentina, aunque flaco favor les hacía la corrupción del gobierno de Carlos Menem, su estilo frívolo y las consecuencias sociales de lo que el peronismo de la época también llamó, como siempre, “el modelo”.

Dijo muchas cosas aquel día. Pero una frase traspasó las fronteras provincianas y abrió un debate nacional: “La obligatoriedad de la enseñanza que yo defiendo puede mantenerse de una manera infinitamente más eficaz con un sistema totalmente privatizado”, opinó, suelto de cuerpo, el notable escritor y referente de la Fundación Internacional para la Libertad (FIL).

“Sí, recuerdo que se armó un gran revuelo”, fue la única afirmación que, 18 años después, se animó a formular Vargas Llosa, de vuelta por Mendoza y a su paso por la esquina del Teatro Independencia, el epicentro de sus afirmaciones, mientras recorría la ciudad. Mirando por la ventana del transporte, con una gorra deportiva sobre su cabeza y el diario La Nación en las manos, se mostró neutral: ni incómodo ni feliz. Al fin y al cabo, ese es su propósito cada vez que ofrece una charla pública: conmocionar y abrir debates, como lo hizo en Córdoba hace unos días, al rendir homenaje, en pleno territorio argentino, a Margaret Thatcher.

Lo que había planteado en Mendoza no era otra cosa que cargarle al Estado la responsabilidad de financiar a las empresas educativas, lo que no fue muy liberal de su parte. Sostuvo, como método para emprender su propuesta, que “el Estado debería entregar cupones a las familias para que elijan libremente los colegios donde enviar a sus hijos”.

Hoy, ni siquiera quienes comparten sus ideas políticas se animarían a confirmar su propuesta como válida en aquellos mismos términos. Lo cierto es que Vargas Llosa, hace 18 años, provocó y consiguió respuesta y repercusiones. La gente no supo si aplaudir o no, pero finalmente las reacciones vinieron después. Lentos de reflejos, en el público cundieron diversas actitudes: aplaudir porque estaban de acuerdo; aplaudir porque todos lo hacían; aplaudir porque “queda bien”; no aplaudir y mirar al de al lado para tratar de dar crédito a lo que el gran escritor estaba diciendo; o pararse, irse y esperar en el hall o sobre la calle Chile para comentar el asunto con algún otro, el llamado “incidente Vargas Llosa”.

En aquel momento, el diario Uno, a instancias de su director, Jaime Correas, abrió un debate sobre el asunto en el que muchos opinaron y aguardaron su respuesta, cosa a la que él se negó. La respuesta del escritor, 18 años después, insisto, fue una mirada sonriente, pícara. Nada más.

Rápidamente el tema fue otro: era domingo electoral en Venezuela y el asunto solo fue interrumpido por exclamaciones tales como “¡Vaya, qué simpático es este lugar!” no bien entramos al parque, en el que no se perdió detalle, mientras la gente pasaba a su lado trotando alrededor del lago, con sus niños en bicicleta, sin saber que el autor de La fiesta del chivo, Conversación en la catedral y La ciudad y los perros, entre otras, los estaba observando con interés. De inmediato quiso saber todo sobre el parque: cómo se llama, quién lo diseñó, “¡es el doble de grande que Central Park!”. Al girar por el Golf Club, alguien le preguntó si practicaba el deporte. “El golf —dijo, en tono de broma, acaso acusatorio hacia quien lo interrogó— es un deporte para ociosos”. Mil anécdotas como esta recoge Daniel Pereyra, su amigo y anfitrión en Mendoza, en las tres oportunidades en que vino.

De hecho, Vargas Llosa acredita no perder el tiempo. Pudo venir de vacaciones a Mendoza por los dos días y medio que lo hizo y hacerlo en silencio, pero prefirió un encuentro con amigos y gente de las actividades cultural y empresarial. “Yo lo vi, estuvo en la librería”, dijo una trabajadora de Yenny, en la calle San Martín, antes de que su visita se difundiera públicamente, aunque nadie le creyó. Aparentemente, en el tiempo de la hipercomunicación, a nadie se le ocurrió tomar una imagen con el celular del Nobel de Literatura revisando libros en avenida San Martín casi Garibaldi.

“Y dime —preguntó en un momento del recorrido por la ciudad—, ¿cómo es que todo el mundo sabe que estoy aquí?”. La noticia había salido en MDZ y en Uno, y Los Andes se había hecho eco con una mención en su portal digital: ya era vox populi. No hubo respuestas a su pregunta, solo especulaciones.

“¡Esto es precioso!”, dijo, sorprendido, al ingresar por Los Cerrillos al valle de Tupungato, lugar en el que, tierras arriba, en Gualtallary, se desarrollaría el almuerzo con el empresario Julio Camsen y su familia como anfitriones. No paró de mirar hacia un lado y hacia otro: los viñedos que emergen entre las piedras, el riego por goteo, la juventud de las cepas y lo valiente de los emprendimientos de alto riesgo y altísimo valor agregado.

Lo esperaba una parrilla completa. No tardó en tomar las herramientas e interrogar al parrillero. Fue el momento de las fotos y la sorpresa por un paisaje omnipresente a 360 grados. Recorrió el lugar acompañado por Patricia Llosa, su esposa; su hijo Álvaro y su nuera Susana. Fueron llegando las visitas: un empresario, un vecino, alguien del gobierno. La hora de los artistas y de algunos niños que miraban con sorpresa a ese hombre al que todos observaban con ansias de interrogación. Los anfitriones y su familia, generosos y predispuestos.

Bebió la copa de bienvenida con empanada en la mano en un diálogo entusiasta con el empresario Andreu, murciano de nacimiento, quien lo desafió, incluso, a volver a comer una de sus paellas.

Reconoció a uno de los empresarios que lo habían recibido 18 años atrás en su última visita a Mendoza: Jorge Pérez Cuesta, y hablaron sobre su padre español. El brindis fue con Malbec y fue “por los mendocinos, por los argentinos y por la libertad”. Previamente, hubo una introducción sentida de los referentes locales de su fundación: el mendocino Daniel Pereyra, el mismo que lo trajera hace 18 años, y el rosarino Germán Bongiovanni, quien preside la Fundación para la Libertad en la Argentina. Solo palabras de rigor y nada de formalismo.

El almuerzo fue intenso desde todos los aspectos: un asado local bien regado, un postre sencillo y mucha charla de sobremesa. “Vaya, parece que va todo bien en Venezuela”, contó luego de hablar con una diputada que desde Caracas fue atendida por su esposa.

La ansiedad por el destino de Capriles se notó a lo largo de toda la jornada. Su optimismo nunca fue desmedido. Cada vez que Venezuela fue puesta sobre la mesa, Vargas Llosa prefirió dar por sentada su opinión política y alimentar una lejana esperanza de triunfo. “Bueno, dan cuatro puntos por encima a Maduro”, dijo al atardecer, al comunicarse una vez más con Caracas. “Pero no sabemos si tienen en cuenta la abstención o no”, agregó, preocupado, sabiendo que las encuestas a boca de urna allí estaban prohibidas, aunque tanto el gobierno como la oposición manejaban datos para orientar los últimos esfuerzos del día. La noticia del empate virtual entre ambos candidatos lo tomó, seguramente, en pleno descanso en la ciudad de Mendoza.

Rodeado de jóvenes artistas y emprendedores no tan jóvenes, pero dueños de la esperanza de promover un futuro diferente, escuchó y habló. Le gustó el cuidado del paisaje por parte de los emprendedores anfitriones: “La construcción no solo no invade el paisaje, sino que lo resalta”, observó. Preguntó por unas lonjas de tierra entre viñedos y se le explicó la intención de preservar la flora local.

Habló de su pasado en Europa, de su juventud y de las épocas “gloriosas para el arte en Francia, no como ahora que sufre una crisis tremenda”, según sus palabras. Recordó que “era tan económico y accesible asistir a las actividades culturales, sobre todo el teatro, en la París de los años 60, que uno ahora se sorprende y es difícil advertir una situación similar, salvo en Berlín, donde se está dando un amplio movimiento artístico y musical”, observó, en un intercambio con Sergio Roggerone y Víctor Boldrini, pintor y diseñador, respectivamente, rodeados por la curiosidad de quienes lo escuchaban.

“Yo empecé a escribir en París. Allí me di cuenta de que quería ser escritor. Sí”, reafirmó, luego de contar que terminó allí “para cumplir con una beca de siete años” y recordar que “viví con una intensidad única el contacto con la cultura”.

“Hoy no es así”, subrayó una vez más. Entusiasmado con el recuerdo y con la charla, abundó en su autodefinición: “Yo era un peruano que soñaba con convertirse en un escritor francés, pero paradójicamente fue en París donde empecé a sentirme latinoamericano de verdad”.

En cuanto al desarrollo actual de su vida, en las últimas semanas ha estado en Brasil, Uruguay y Argentina. “Mira —explicó—, yo tengo residencia en España, pero cuando hace frío me paso tres meses en Lima. Aunque la verdad es que últimamente también reparto mucho el tiempo entre Washington y Nueva York; tengo mucho trabajo allí”. Contó todo sobre el disfrute que le han dado sus clases en Harvard y Princeton.

Luego, junto a una represa, sentado sobre un camastro al rayo del sol de la tarde mendocina, se le iluminaron los ojos cuando alguien le preguntó sobre la literatura latinoamericana actual. “¡Va muy bien! ¡Muy bien!”. Mirando el suelo, buscando nombres en su memoria, se detuvo: “No puedo dar uno o más nombres, porque hay de todo y en pleno auge. Creo que la literatura latinoamericana va muy bien. En todos los países hay escritores y obras que se destacan. Lo veo como algo floreciente”.

—¿Y usted? —Bueno, yo acabo de terminar una novela. Se llama El héroe discreto y creo que en septiembre ya estará en las librerías.

Iluminado, se interesó por seguir el tema. —¿Habla sobre el Perú y su situación actual? —No, no es un ensayo. Es una novela. Es ficción, pero para ello he trabajado mucho porque realmente el Perú está viviendo un resurgimiento milagroso.

De una pasión pasó a la otra: la política. “Ya creo que Humala está haciendo las cosas bien”, se alegró, y reconoció que años atrás no se hubiera imaginado elogiando al actual mandatario en sus tiempos de hombre cercano a Hugo Chávez en Lima.

De hecho, alentó a seguir las noticias sobre su país de origen para corroborar un crecimiento que, dijo, “es comparable a la situación de Colombia, a la que también veo muy bien”. Indagado sobre Ecuador, arrugó la cara: “No están bien las cosas allí, ni en Nicaragua, ni en Venezuela”, dejó traslucir su disgusto antichavista.

El papa Francisco no quedó afuera de la charla. “Sin dudas, es una gran oportunidad para América Latina”, dijo.

Vargas Llosa fue, según se supo en la reunión, uno de quienes produjeron “un giro de 180 grados” en Ollanta Humala. “Él es el responsable de que Humala esté de este lado”, dijo alguien del equipo cercano al Nobel. Y él no corrigió. Novela y ficción, pero que no desvinculan sus elogios y admiración a Humala, que deben leerse en clave de promoción de la nueva imagen del ahora mandatario peruano. “Tenemos democracia. Tenemos una política de apertura, de defensa de la propiedad privada, de estímulo a la inversión y a la creación de la riqueza a través de la empresa privada; todo lo que yo creo que empuja a una sociedad hacia el progreso”, volvió a decir el escritor.

Más tarde, al dejarlo en su habitación, la pregunta fue consecuente a sus elogios a Perú: “¿Es Humala el ‘héroe discreto’ al que le dedica su libro?”. Amplia sonrisa y palmada en el hombro. “No —respondió Vargas Llosa—, ya lo podrás leer”. “Yo lo que espero de esta novela es que siga viva dentro de 50 años como ha vivido La ciudad y los perros”, deseó públicamente.

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