COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Sergio Bruni. Mientras la dirigencia se dispersa en cruces prematuros como el de Villarruel y Santilli, el tablero busca reordenarse entre la lealtad de Bullrich, el pragmatismo de Macri y la polarización con el peronismo. Sin embargo, el destino electoral se jugará en la economía cotidiana.
La política argentina ha comenzado a acelerar sus tiempos antes de lo previsto. En un escenario donde las candidaturas, las internas y el posicionamiento personal amenazan con copar la agenda pública, la superficie de la discusión política exhibe chispazos de alto impacto: desde el cruce irreversible entre Victoria Villarruel y Diego Santilli —que marca el nacimiento de un espacio propio para la vicepresidenta fuera del oficialismo— hasta la estrategia de lealtad calculada de Patricia Bullrich y la convergencia inevitable del PRO con La Libertad Avanza.
No obstante, separar el ruido de la realidad resulta indispensable. Pese al surgimiento de nuevas figuras o tensiones internas, el mapa electoral se encamina a mantener su estructura binaria fundamental entre el proyecto del presidente Javier Milei y la resistencia del peronismo. En esa disputa, el factor decisivo no residirá en la oratoria ni en las maniobras partidarias, sino en la capacidad del Gobierno para trasladar los números de la macroeconomía y la baja de la inflación al bolsillo, al consumo y a la vida cotidiana de los ciudadanos.
La columna completa de Sergio Bruni
La política mira las urnas, la sociedad mira la economía
La política argentina comenzó a entrar en esa etapa en la que las internas, las candidaturas y las aspiraciones personales empiezan a ocupar más espacio que los problemas reales. Es lógico. Las elecciones se acercan y muchos dirigentes ya comenzaron a imaginar su futuro.
Pero conviene no confundir ruido con cambios.
La pelea entre Victoria Villarruel y Diego Santilli fue, probablemente, el hecho político más resonante de los últimos meses. No tanto por lo que se dijeron, sino por lo que dejó al descubierto.
La vicepresidenta parece haber decidido que su futuro político no estará dentro del gobierno. Hasta hace poco, Villarruel aparecía como la integrante de la fórmula presidencial que cuidaba las formas, defendía la institucionalidad y expresaba una mirada diferente dentro del oficialismo. Esa etapa terminó. Decidió Villarruel cruzar la línea del Rubicón, ya no tienen retorno.
La dureza de sus declaraciones y la forma en que se refirió al presidente permiten pensar que ya no está planteando diferencias internas. Está construyendo una identidad política propia.
En otras palabras, comenzó a hacer campaña. Era previsible que, tarde o temprano, intentara construir un espacio diferente. Lo que llama la atención es la anticipación y la virulencia.
Todavía falta mucho para las elecciones y la vicepresidenta decidió cruzar un límite que deja poco margen para una eventual reconciliación. Tal vez haya llegado a la conclusión de que el peronismo no es una opción y que deberá buscar apoyo en sectores conservadores, nacionalistas y en parte del electorado que acompañó a Milei, pero hoy manifiesta diferencias con el gobierno.
Lo que resulta más difícil de entender es por qué el gobierno decidió subirse al ring. Diego Santilli le dijo que, si no le gusta lo que hace el gobierno, renuncie, construya su propio partido y compita en las elecciones. No fue una declaración menor. Fue casi una invitación a romper definitivamente. Y Santilli no parece un dirigente que diga algo así sin respaldo. Por lo tanto, es razonable pensar que sus palabras expresaron una decisión política y no un impulso personal.
Pero la pregunta sigue siendo válida: ¿Para qué darle a Villarruel una centralidad que probablemente no tendría si el gobierno decidiera ignorarla?
La confrontación le otorga visibilidad. La convierte en protagonista. Le permite construir un discurso y presentarse como una alternativa. Tal vez el gobierno considere que Villarruel no tiene volumen electoral y que, por lo tanto, el costo de confrontar con ella es bajo.
Desde mi óptica la política argentina sigue polarizada entre el oficialismo y el peronismo. Nadie logra construir una alternativa competitiva en el medio.
El peronismo conserva una base electoral importante y Axel Kicillof aparece como uno de sus dirigentes con mayor proyección. Del otro lado, todo La Libertad Avanza está concentrado en la reelección del presidente.
La entrevista de Patricia Bullrich en Clarín, permite entender mejor esa diferencia.
Durante casi tres años se habló de supuestas tensiones. Que Karina Milei no la quiere. Que en el gobierno desconfían de ella. Que tiene una agenda propia. Que sus aspiraciones personales chocan con las del presidente.
La entrevista que publicó diario Clarín, en la que plantea que le gustaría ser presidenta después de una eventual reelección de Milei, parece poner fin a buena parte de esas especulaciones.
Algunos la interpretaron como una jugada fuerte dentro de la interna de La Libertad Avanza.
Creo que es exactamente al revés. El mensaje de Patricia fue muy sencillo: Estoy alineada con Milei. Mi prioridad es su reelección. Lo demás se verá después.
Desde que asumió como ministra de Seguridad, Bullrich se convirtió en una de las dirigentes más comprometidas con el proyecto del presidente. Fue, y sigue siendo, una soldado de esa causa. ¡Más que soldado! En términos de conocimiento de cómo funciona la política es una gran “comandante”.
También parece probable que, tarde o temprano, La Libertad Avanza y el PRO alcancen algún tipo de acuerdo. Mauricio Macri parece haber entendido que el PRO ya no tiene capacidad para convertirse, por sí solo, en una alternativa nacional. Conservas dirigentes, experiencia, estructura y presencia territorial. Pero ya no tiene el peso electoral de otros años.
Por eso, más allá de las declaraciones y de las tensiones que aparecen periódicamente, es probable que busque un acuerdo razonable con el oficialismo. Y el gobierno también parece tener interés en alcanzarlo.
La estrategia de Milei fue siempre construir una mayoría amplia alrededor de su liderazgo. Y el PRO, aun debilitado, conserva sectores que pueden aportar experiencia, dirigentes y estructura.
Por ahora, no aparee una tercera fuerza con capacidad para competir seriamente. Tampoco creo que Villarruel pueda cambiar esa realidad.
Incluso si La Libertad Avanza, el PRO y la vicepresidenta terminaran compitiendo por separado, me parece probable que Milei llegue a una segunda vuelta y que una parte importante de esos votos vuelva a concentrarse detrás de su candidatura.
La elección seguirá siendo, en lo esencial, una disputa entre el oficialismo y el peronismo.
¿Qué podría modificar ese escenario? Un deterioro económico profundo. Un error político de enorme magnitud. O un hecho de corrupción grave que involucrara directamente al presidente.
La economía seguirá siendo el factor decisivo. El gobierno logró ordenar variables que durante años parecían imposibles de controlar. La reducción de la inflación y la recuperación de cierta estabilidad macroeconómica constituyen activos importantes.
Pero la macroeconomía no puede ser un fin en sí mismo. La estabilidad debe transformarse en crecimiento. El crecimiento debe generar inversión. La inversión debe crear empleo. Y el empleo debe mejorar los ingresos y la vida cotidiana. Ese es el desafío. Porque es cierto que todavía existen sectores que enfrentan dificultades para llegar a fin de mes. El consumo no termina de recuperarse y muchas familias continúan soportando las consecuencias del ajuste.
Negar esa realidad sería un error. Pero también sería un error desconocer que la Argentina necesitaba ordenar su economía y terminar con un modelo basado en el déficit permanente, la emisión y una inflación que destruía los ingresos.
La discusión no debería ser si la estabilidad macroeconómica es importante. La discusión es cómo consolidarla y convertirla en bienestar.
Por eso, más allá de las peleas, las declaraciones y las futuras candidaturas, el debate de fondo será otro.
¿La Argentina debe sostener el rumbo económico y darle tiempo para que produzca resultados?
¿O debe volver a las políticas que llevaron al país a una inflación descontrolada, al déficit permanente y a una crisis cada vez más profunda?
Esa será la verdadera elección. Milei de un lado. El peronismo del otro. Y una sociedad que, más allá de la política, espera que el esfuerzo realizado se transforme definitivamente en una vida mejor.
