jueves, abril 30, 2026

¿Qué pensaba Ortega y Gasset sobre la Reforma Universitaria?

COLUMNISTAS INVITADOS. El Prof. José Jorge Chade analiza en este artículo el pensamiento del español José Ortega y Gasset en torno a los nuevos rumbos de las universidades en su tiempo.

¿Qué pensaba José Ortega y Gasset sobre la reforma universitaria? La pregunta toca uno de los nervios más sensibles del presente. En este artículo, el profesor José Jorge Chade recupera la mirada provocadora del filósofo español para interrogar el sentido profundo de la universidad, su misión cultural y su responsabilidad política en tiempos de crisis intelectual y social.

Exiliado en la Argentina y atento observador de la vida pública iberoamericana, Ortega y Gasset pensó la educación superior como algo mucho más que un espacio de formación técnica. Su célebre afirmación —“yo soy yo y mis circunstancias”— atraviesa estas páginas como un llamado a asumir, comprender y transformar el contexto histórico en el que se vive, tarea que la universidad no puede eludir sin traicionarse a sí misma.

Chade reconstruye, a partir de los aportes de Valentina D’Ascanio y Matía Zancanaro, el severo diagnóstico orteguiano sobre la especialización extrema, la “barbarie del técnico” y el riesgo de una ciencia desconectada de la cultura y de la vida. La crítica a los científicos encerrados en su propio saber resuena hoy con fuerza renovada, obligándonos a revisar los límites y las pretensiones del conocimiento contemporáneo.

El núcleo del texto se detiene en La misión de la universidad, donde Ortega plantea que toda reforma auténtica debe partir de una pregunta radical: qué es la universidad y para quién existe. Allí aparecen conceptos centrales como la autenticidad, el esfuerzo intelectual, el estudiante como medida de la enseñanza y la necesidad —tan incómoda como inevitable— de formar una élite dirigente capaz de orientar a la sociedad.

Lejos de una lectura nostálgica, este artículo propone releer a Ortega como un pensador incómodamente actual. En un mundo marcado por la desorientación, la pérdida de horizonte y la crisis de sentido, la reflexión sobre la universidad se vuelve, una vez más, una reflexión sobre la vida colectiva. Noventa años después, la invitación de Ortega sigue vigente: pensar en serio, con responsabilidad histórica, el lugar desde donde se forma el futuro.

La columna del Prof. José Jorge Chade (textual, abajo)

Para comenzar recordemos que José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883-Madrid, 18 de octubre de 1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital e histórica, situado en el movimiento del novecentismo. Seguramente los intelectuales argentinos recordarán o habrán leído que en 1939, el filósofo español, exiliado en Argentina desde hacía dos décadas, pronunció un discurso en La Plata destacando el empuje y el vigor de nuestros ciudadanos. Qué quería decir entonces con: “Yo soy yo y mis circunstancias”? o también después generalizado como “El hombre y sus circunstancias”. Pienso que fue un llamado a la reflexión sobre el futuro, La vida no es solo el «yo» (individuo), sino el diálogo entre el sujeto y su realidad circundante. Significa que el ser humano debe asumir, conocer y mejorar el contexto que le rodea para realizar su propia existencia.Las circunstancias influyen en el individuo, pero la interpretación personal y la acción sobre el entorno determinan el destino.

Quiero recorrer en este artículo algunas de los comentarios de los colegas Valentina D’Ascanio y Matía Zancanaro reflexionando sobre Ortega y Gasset.

El análisis cáustico de Ortega se vuelve  interesante cuando, recordándonos una vez más que todos corremos el riesgo de ser absorbidos por las masas, se dirige a los científicos que lo rodean, hijos de la tecnología occidental altamente avanzada, y que son etiquetados sin piedad como nuevos bárbaros. Especializados hasta la exasperación, son como abejas encerradas en su propio panal: dominan un campo muy estrecho, pero pierden de vista la ciencia como movimiento y, además, en virtud de su conocimiento muy limitado, creen que pueden expresarse competentemente sobre cualquier tema. Es interesante notar, de paso, que similar a la de Ortega es la crítica que, en la Apología, el Sócrates de Platón dirige a los artesanos, culpables precisamente de una presunción errónea de conocimiento universal inducida por su dominio de un campo de conocimiento limitado. Incluso —y quizás especialmente— este último impulso da en el blanco incluso hoy, dibujando a la perfección la figura del ingeniero promedio, quien, como tal, es un hombre fabricado en masa, un técnico ultra especializado completamente incapaz de reflexionar sobre el estatus y la naturaleza de la ciencia. El científico promedio, un auténtico primitivo bien vestido, no se conforma con su limitado campo de especialización, olvidando todo lo demás, sino que considera esto, y no una pequeña parte, como todo lo que realmente vale la pena saber. La evidente antipatía de Ortega por los científicos de su época, a quienes describió como víctimas irremediables de la barbarie de la especialización, nos impulsa inevitablemente a mirar a nuestro alrededor y a cuestionar la formación y las capacidades de los técnicos actuales, con demasiada frecuencia envueltos en un aura de santidad que oscurece sus limitaciones radicales. La preocupación de Ortega, que culmina en una aversión verdaderamente categórica, es la preocupación de un pensador que, al defender su derecho a pertenecer a una minoría perjudicada, señala conscientemente un problema destinado a atormentar a toda la sociedad occidental durante décadas.

La filosofía de Ortega, capaz de desarrollar temas y problemas cada vez más inquietantes, décadas antes de su tiempo, es un magnífico ejemplo de cómo el resentimiento, ciertamente al menos en parte personal, una idiosincrasia, un arrebato incontrolable, puede dar lugar al análisis más lúcido, desafiando cualquier circunloquio fácil y conveniente. La irritación del pensador español, afortunadamente, es lo suficientemente amplia como para abordar muchos de los problemas que inquietan nuestro presente occidental, y lo menos que podemos hacer, noventa años después de la publicación de La rebelión de las masas, es reiterar estos temas, exigiendo con urgencia que se aborden con una visión al menos la mitad de visionaria que la de Ortega.

Para emprender el análisis de la reforma universitaria, Ortega nos invita a considerar en qué consiste la educación superior y a quién está destinada; así, como para guiar a los presentes, el filósofo extiende la mano y señala el camino a seguir, diciendo: «Reflexionemos sobre qué significa realmente la universidad hoy, en España y en el extranjero». Este es el primer paso si deseamos determinar rigurosamente la misión de la universidad, es decir, definir su tarea auténtica y radical. Con estos adjetivos, Ortega comienza a esbozar la forma que debe adoptar la institución universitaria si pretende evitar repetir los errores del pasado y no escapar de la realidad que está llamada a confrontar. En efecto, según el filósofo, «para que un ser —individual o colectivo— exista plenamente», debe hacer de la autenticidad el criterio rector de su ser y actuar, sabiendo que esto no puede lograrse sin «una lucha personal con la esencia misma del problema». El esfuerzo, el compromiso y la tensión constante deben contrarrestar la tentación de caer en la imitación, siendo esta última la causa, según Ortega, no solo del fracaso de las reformas anteriores, sino sobre todo del anacronismo de una institución anclada en el pasado: «Por contentarse con imitar, eludiendo así el imperativo de pensar y repensar los problemas de forma independiente, nuestros mejores profesores viven con un espíritu quince o veinte años atrasado (…)». Este es el trágico retraso de quien quiera eludir el esfuerzo de ser auténtico, de forjar sus propias convicciones. Por lo tanto, la crudeza y la falsedad solo pueden superarse si la educación universitaria reconoce cuáles, para Ortega, son los objetivos que debe alcanzar: el primero, convertir al estudiante en la «unidad de medida» con la que debe concebirse la enseñanza.

El segundo, enfatizado con fuerza, atañe profundamente al sentido y propósito de la educación universitaria y surge de la amarga constatación de que nos encontramos ante una institución defectuosa, que ya no es un lugar de auténtica formación intelectual destinada a proporcionar a las personas las claves interpretativas para comprender y participar en el particular y complejo momento histórico. En efecto, dado que la universidad es donde se lleva a cabo la preparación para el ejercicio de las profesiones y la investigación científica, es igualmente cierto que, señala Ortega, tiene una tarea esencial y primordial, tan delicada como «inevitable», a saber, formar a la clase dirigente que liderará el país, cuyo liderazgo se materializa en la «presión o influencia que puede ejercer sobre el cuerpo social». Esta es una tarea delicada, ya que la capacidad de esta élite para cumplir su función dependerá del tipo de educación recibida. También es una tarea inevitable, ya que, según la interpretación sociopolítica de Ortega, «La historia no es un soneto ni una figura solitaria. La historia la hacen muchos: grupos humanos preparados por ella». Cualquier proceso de renovación solo puede surgir de la acción seminal de una pequeña minoría de individuos, los únicos que pueden sentirlo y vivirlo como una auténtica misión y un destino ineludible. Y si esto, por lo tanto, conduce al imperativo de «formar una élite activa y creativa», Ortega, con lúcido realismo, afirma: «Dudo, de hecho, que hoy exista en España y tal vez también en otros países un grupo suficientemente apto para esta reforma, ya sea del Estado o de la universidad. Y si no existe, todo lo que se emprenda sin la cualificación necesaria es inútil». Y luego, dirigiéndose a los jóvenes reunidos en esa  conferencia, aclaró: «Es evidente que no he venido aquí a disuadirlos de participar en la vida pública española, a disuadirlos de exigir con vehemencia la reforma universitaria. Afirmo precisamente lo contrario: les insto a hacer todo esto, pero con seriedad, de manera formal». Este pasaje destaca el papel de Ortega como guía intelectual y moral, así como animador e intérprete del deseo de renovación que animó a España en la década de 1930.

En la filosofía de Ortega, el concepto de tiempo no tiene un valor absoluto, ideal o abstracto; Por el contrario, conlleva un significado existencial e histórico porque indica la altitud vital en la que las diferentes generaciones muestran una sensibilidad distinta a los problemas de su época, y cada individuo puede sentirse más o menos perteneciente al tiempo en el que vive. La idea misma de la decadencia de una época proviene del hecho de que el tiempo presente puede parecer superior, igual o inferior al pasado. Véase J. Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, cit., p. 48. 243 J. Ortega y Gasset, La misión de la universidad, cit., p. 35. 

Esta afirmación se comprende plenamente si consideramos que la generación de Ortega es la fuente del cambio histórico, ya que encarna una visión de la vida radicalmente diferente a la de las que la precedieron.

Por lo tanto, es necesario buscar en la universidad la enseñanza de la cultura o sistema de ideas vivas propio de la época en que se vive. Esta es la tarea radical de la universidad. Esto es lo que la universidad debe ser, ante todo.

No obstante, como auténtico «educador político», Ortega reclama el compromiso socioeducativo de la universidad, convencido de que solo este puede conducir a una salida del estado de desorientación y desmoralización que azota a la civilización occidental. Dado que para el filósofo madrileño, «desmoralización (…) no significa tanto corrupción moral o política, sino algo más profundo y elemental: la falta de tono vital; «ausencia, en suma, de energías y resolución», la educación universitaria debe coincidir con y promover una cultura que haga de la vida su principio, una cultura al servicio de la vida y orientada a lograr una «vida en forma».

FUENTES CONSULTADAS

Valentina D’Ascanio, La misión de la universidad según Ortega y Gasset. Revista Scuolaiat.it

Matía Zancanaro, Ortega e Gasset y las masas. Endoxa., Artículo de mayo de 2020

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