lunes, mayo 11, 2026

Mendo/cinismo: acomodarnos al fondo del pozo y disfrutar de vivir ahí

OPINIÓN. Nos cuesta aceptar la evolución, los avances y sostenemos la queja como bandera, cuando es una instancia inferior y berreta al reclamo fundado, a la opinión alternativa. ¿Cómo salimos del loop? (Imagen creada con IA, texto íntegramente tipeado por el autor sin ayuda de IA)

No todo lo que se ha hecho una y mil veces igual es «tradición» y, por lo tanto, «está bien», y mucho menos «hay que preservarlo». Casi siempre que se construye algo hay que demoler lo anterior: puede doler, dar lástima, lamentarlo, pero así son las cosas si es que antes se han estudiado las factibilidades que ya son parte de la normativa, y no hay un «plexo legal no escrito» que pasa por las sensaciones de grupos o sectores, tribus, que tenga un valor simbólico superior, per se, que el establecido.

Hay gente que se quejó por la llegada de la electricidad, del automóvil, de las autopistas, del agua potable, del cine, de la televisión. En Mendoza, hubo rechazos rotundos a la construcción de los embalses de El Carrizal y Potrerillos, de la transformación en peatonal de la calle Sarmiento, de la remodelación de la avenida San Martín o de la creación del Metrotranvía. Azuzaron los miedos y los agoreros cobraron su efímero e ineficaz protagonismo, porque el futuro siempre llega y hay mecanismos para que no sea tan perjudicial como los propagandistas del estancamiento temen.

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Si bien es posible que se hayan revisado algunas de las reacciones de tono anacrónico o medieval de antaño, la evolución de quienes se oponen a la evolución y siguen siendo parte de una resistencia ruidosa en la retaguardia se ha transformado: tiene nuevas formas, teorías justificatorias y alcances. Si nos vamos al caracú ideológico de las cosas, ya no es un conservadurismo tradicionalista, sino un rechazo al cambio, lisa y llanamente.

Más de una vez he caracterizado a esa actitud cínica y pusilánime con una frase que los pinta de cuerpo entero: «Así de mal como estamos, estamos bien». Como ponerle wifi y sofás al fondo del pozo en el que viven, oliendo a mierda, sin suficiente oxígeno, pero, aun así, fingir comodidad por miedo, probablemente, a salir de allí y no saber del todo bien cómo sustentarse al alcance de la plena luz del día… o de la luna, en la superficie y no subterráneamente.

Puede ser, buscando una vez más sustento ideológico, que el fracaso rotundo del comunismo como futuro alternativo al capitalismo haya generado la explosión de miles de pequeñas cositas que defender, sin organización ni objetivos claros, más como «queja o reproche permanente» que como «otro mundo posible». El teórico Ernesto Laclau fue el argentino que creó el «poscomunismo para excomunistas», pero no le salió del todo bien, porque al meter muchas pequeñas fracciones de pequeñas reivindicaciones casi tribales en una misma bolsa, se volvieron gatos y las consecuencias están a la vista: todos contra todos y estancamiento.

El hombre, un peronista radicado en Londres con gran influencia en la política y en los partidos políticos progresistas de Occidente —con quien dialogamos junto a la periodista Morena Esquivel en MDZ poco antes de su fallecimiento—, buscaba describir y articular «la construcción de identidades colectivas y la articulación de demandas insatisfechas contra un ‘otro’ antagónico (élites) para crear un sujeto popular». Posiblemente agitó nuevas marchas y demandas, pero que conducen a poco o nada. Como en la práctica le pasó a su antecesor, el comunismo.

Pero más allá de eso, hay algo en la realidad cotidiana que revisar, sobre todo en Mendoza, y es un proceso inverso a la lógica: en lugar de que el «bien común», por ejemplo, de una obra, sea el gran objetivo, ahora un posible perjudicado por ella —sea una familia cuya casa obstaculice una ruta, un árbol, o cualquier cosa— es objeto de una campaña, una misión casi religiosa que entorpece, cuando no impide lisa y llanamente, el beneficio colectivo.

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Y algo más que llama la atención: podríamos admitir que esto suceda en sectores poblacionales incultos o con escaso acceso al conocimiento, pero se verifican actitudes obstruccionistas y negacionistas (casi al borde del terraplanismo) por sectores dirigenciales que han viajado por el mundo, han estudiado y azuzan la estupidización de la organización de la gente solo porque no son incluidos en los proyectos, por citar una de las causas maliciosas posibles que alientan la chatura.

Para dar vuelta esa página, es bueno que en Mendoza se haya empezado a hablar de prospectiva: construir el futuro al que se aspira en lugar de sentarse a esperar a que llegue, como sea que venga. Lo alienta una serie de conferencias que ha organizado la Legislatura junto a entidades intermedias y un salpicón de personas que prefirieron ponerse manos a la obra para construir la escalera que nos saque del pozo en lugar de acomodarse al fondo y disfrutar su horripilancia.

Y es así que ya se ha concluido en que Mendoza sola no sale, pero que tampoco el Gobierno puede sin entidades comprometidas a tirar hacia arriba; y que tenemos mucho en común con Chile (e intereses económicos concretos, que no es diabólico ni anula la espiritualidad de quien la tenga, sino que eleva el nivel de ingresos de todos).

En una reciente exposición en la Bolsa de Comercio de Mendoza, el exsenador chileno Francisco Chahuán, junto a Hebe Casado y José Octavio Bordón, con el aporte remoto de Martín Varsavsky, planteó el trabajo a fondo en prospectiva y en la creación de la «macrorregión» entre Mendoza y Valparaíso. Pasos adelante, mientras siguen agitando la mitología contra la minería o la construcción de rutas, entre otras actitudes negativas que sobreviven en el aire y en las cosas, pero sobre todo, en las mentes de las personas, dirigentes o «pueblo», en pleno siglo XXI.

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