COLUMNISTAS INVITADOS. El Dr. Eduardo Da Viá reflexiona sobre la plasticidad de la identidad humana y el desafío constante de tomar decisiones en un mundo donde la incertidumbre nos obliga a reinventarnos entre el «sí» y el «no».
Inspirado por un artículo del escritor Juan José Millás, el Dr. Eduardo Da Viá nos propone en esta columna un viaje introspectivo hacia la «yoteca» personal: ese reservorio de identidades que cada individuo construye para sobrevivir y adaptarse a las circunstancias de la vida. Desde el joven que rinde un examen hasta el profesional que debe evaluar a otros, el autor plantea que no somos entes inamovibles, sino una suma de «yoes» elásticos y transitorios que emergen para sortear obstáculos y dar respuesta a las exigencias de un entorno siempre cambiante.
En este análisis, la identidad se entrelaza con el ejercicio del libre albedrío y la constante obligación de elegir. Navegando en un mar de «síes» y «noes», Da Viá explora cómo la toma de decisiones —desde las más triviales hasta las que definen un futuro profesional— puede generar angustia o parálisis. Citando la sabiduría de Confucio, el autor concluye con un mensaje potente sobre la superación personal: el único error que no tiene reparación es sucumbir al abatimiento, recordándonos que, mientras haya movimiento y voluntad de elegir, la derrota nunca será total.
La columna completa de Eduardo Da Viá
Entre yoes, noes y síes
Hace pocos días tuve oportunidad de leer un artículo muy interesante de un tal Juan José Millás, remitido por un muy querido amigo y lector consuetudinario, que vive desde el pasado allende los mares (Atlántico), y desde donde no creo que vuelva a cruzarlo en sentido aquende, a menos que lo tiente algún Colón redivivo ofertándole la gratuidad del pasaje en su famosa Nao, no carabela, en un imaginario próximo y quinto viaje.
La nota de Millás se refiere nada menos que al resultado de una profunda introspección, mediante la cual tomó conciencia de la enorme cantidad de yoes que fue urdiendo para sobrevivir en este mundo.
Y a medida que leía el texto íbame reflejando en él, tal como si lo escribiese yo mismo; y es que nos guste o no, todos vamos fabricando yoes de acuerdo a las circunstancias, se me ocurre como ejemplo por mí vivido que mi yo en ocasión de rendir un examen oral, fue muy distinto, años después, al yo que tomaba examen a los alumnos.
Y en tal caso lo dos yoes no eran ni mejor ni peor, simplemente eran variantes adecuadas a la situación y por otra parte casi siempre inadvertidamente por mí mismo.
Lo cierto es que la generación de distintos yoes resulta natural e imprescindible a lo largo de la vida, pero con la salvedad de que por lo general son transitorios y duran lo que la ocasión exija. Pero sin pasar al olvido, por cuanto no es infrecuente que uno deba volver a vestirse de aquel yo generado mucho tiempo atrás.
Confieso que estos tres plurales del título, en algún momento
me hicieron dudar de sus correctas escrituras, hasta que Academia de por medio supe que el correcto para yo es yoes, el de sí es síes y el de no es noes; siendo los tres plurales que para serlo agregan la partícula es en vez de la mera ese.
Pero esta digresión que pudiera parecer superflua, no lo es, todo lo contario, por cuanto nuestras vidas transcurren navegando en un mar de noes y síes que debemos ir sorteando acudiendo en cada caso a tomar el aspecto y la conducta de alguno de los yoes que somos y que quizás, por ser la primera vez que la situación lo requiere advirtamos que no lo tenemos en la “yoteca” y debemos proceder a parirlo de inmediato para salvar el obstáculo.
Estoy convencido que tenemos un yo genético, probablemente suma de todos aquellos yoes que iremos desnudando al transitar la vida, y que es el que nos distingue, caracteriza y diferencia; pero lejos de ser inmovible, el yo genético tiene cierta elasticidad a tal punto que tenemos opciones, tema al que volveré a continuación de la siguiente digresión.
La elasticidad de nuestro yo genético, probablemente esté en íntima relación con el tan trillado tema del libre albedrío, concepto que merece sin dudas una larga discusión aparte.
De vuelta a la opcionalidad es un modelo mental clave para gestionar la incertidumbre, permitiendo tomar decisiones estratégicas sin la necesidad de predecir el futuro con exactitud.
Pero precisamente esa especie de capacidad de elegir, que sin dudas poseemos, nos enfrenta a diario con la obligación de tomar decisiones, y para ello caemos necesariamente en el amplísimo campo de los síes y los noes.
Sin embargo y aunque más no sea para no alarmar a la comunidad lectora que quizás no se había dedicado a pensar el tema, debo decirles que la enorme mayoría de las elecciones son casi automáticas por cuanto no son decisivas para nuestras vidas, ej. Tengo mi despertador programado para sonar a las siete de la mañana, generalmente me despierto simultáneamente con el inicio del ring ring; pero resulta que a veces nos despertamos 15 minutos antes de lo programado y surge la opción de si me levanto o espero. Tanto el sí como el no, no habrán de cambiar el devenir de ese día, por tanto la breve incertidumbre hasta la toma de decisión no alcanza para generar ansiedad o angustia, salvo los que padecen TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo), en los que sí, la angustia puede llegar a la parálisis en el accionar; pero son con mucho los menos.
Pero la opcionalidad es infinita y proteiforme, con la capacidad de transformación propia precisamente del mitológico Proteo; nos rodea, nos desafía, nos preocupa, nos asusta y hasta nos enoja.
Pero sea cual fuere la sensación o el sentimiento que nos depara, lo cierto es que debemos enfrentarla y para ello necesitamos ineludiblemente de un yo nuevo y distinto, al que consideramos apto para presentarle batalla, y de cuyo resultado y de la magnitud del problema, la solución nos quitaría la ansiedad y el fracaso nos sumiría en el desencanto, la pena y hasta la ira.
Y la solución siempre será elegir de la binaria posibilidad del sí o del no y hacerlo con acierto.
Pero no están sencillo el problema, dado que la mayoría de las decisiones tienen que ver con una opcionalidad que es un futurible y por tanto solo el tiempo nos dirá cuál de los dos, el sí o el no fueron la elección adecuada.
Como ejemplo paradigmático puedo mencionar la situación que se plantea al finalizar los estudios secundarios, momento en debemos decidir si pasamos a la instancia educativa superior y en ese caso cuál carrera elegir.
Sólo el futuro nos dirá, y no siempre, si la opción elegida fue la correcta.
Y así avanzamos, creando yoes o descubriéndolos en nuestra intimidad, pero siempre rodeados de síes y noes que nos acucian y se nos ofrecen sin dar descanso, aunque a veces nos conceden la tregua de tomarnos un cierto tiempo. Pero mientras tanto la procesión va por dentro por cuanto como dijo Confucio: ”La batalla solo acaba cuando te rindes”.
Puede parecer un mensaje sencillo, pero cuando lo interpretamos desde la perspectiva de Confucio, se convierte en un lema de vida que conduce hacia el verdadero crecimiento.
¿Tememos equivocarnos? El miedo a fallar es quizá uno de los miedos más habituales que aparecen en nuestro camino y que más nos bloquean. Porque, si existe la posibilidad de que lo que estoy haciendo sea un error, ¿no es mejor errar por omisión? Es fácil seguir la lógica del miedo y caer en su trampa. Pero en realidad, nos dice Confucio, “el único error que no puede reparar el hombre es sucumbir al abatimiento”.
Puedes equivocarte de muchas maneras, y mientras sigas en movimiento, es probable que encuentres solución. Pero en el momento en el que te des por vencido, el momento en el que decidas que no merece la pena seguir intentándolo, la derrota será total.
El abatimiento es la única forma de perder para siempre, y por eso Confucio nos advertía sobre él.
Bien, después de todo este palabrerío, mi yo escritor enfrenta la opción de si vale la pena publicar estas palabras o me las guardo para mí. En el primer caso la intención sería ayudarle a razonar a quien se encuentra en la encrucijada de una toma de decisión, en cuyo caso correspondería un convencido SÍ; y en el segundo el NO implicaría una mezcla de temor con egoísmo, temor por las críticas negativas que pudiera merecer y egoísmo por no querer brindarle a los demás un razonamiento ya hecho, meditado y aprobado por mi superyó, para su usufructo sin costo.
Sin la menor duda opto por publicarlo y que así sea.
PD: La nota de referencia, que despertara todo este discurso, se titula “LA HORA POSTRERA”, autor JUAN JOSÉ MILLÁS y publicada recientemente en el diario El País, de España.
Mi agradecimiento a mi amigo distante Raúl Fain Binda por haberla compartido conmigo.

