martes, abril 14, 2026

Madrid nos espera: memoria íntima de un encuentro con Vargas Llosa

COLUMNISTAS INVITADAS. A un año de la muerte del Nobel peruano español, un recuerdo personal de la escritora Marcela Muñoz Pan revive el instante en que la literatura dejó de ser lejana para volverse destino.

El 13 de abril marca el primer aniversario de la muerte de Mario Vargas Llosa, una de las voces más influyentes de la literatura en lengua española. Su obra, que atravesó generaciones y fronteras, no solo dejó novelas imprescindibles, sino también huellas íntimas en quienes, de una u otra forma, se cruzaron con su figura.

En este texto, Marcela Muñoz Pan reconstruye ese cruce único, donde la admiración juvenil se convirtió en experiencia inolvidable.

Desde una Madrid luminosa y sensorial hasta la quietud obligada de una convalecencia en Argentina, el relato se despliega como un viaje entre la memoria, la lectura y el descubrimiento.

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El encuentro con Vargas Llosa no aparece aquí como un hecho aislado, sino como el inicio de un vínculo profundo con su obra, capaz de resignificar incluso los momentos más difíciles. Porque, como sugiere la autora, hay ciudades —y también libros— que siempre nos esperan.

La columna completa de Marcela Muñoz Pan

Cuando conocí a Vargas Llosa

Una tarde fresca, aunque soleada, en Madrid es siempre la mejor referencia, para no andar por esta vida tan desorientada o, perdidos en ciudades sin nombre, que hemos inventado en nuestras siestas de la infancia, cuando dormir, o su simulacro, se volvía el imperativo categórico de una madre joven, pero cansada de ver los mismos platos sucios.  

Madrid a pleno sol. A luz de sol quebrando los ángulos de las cornisas o, dividiendo en dos, en tres, la calle de Alcalá. A una hora en que nadie le importa que la ciudad se vacíe, más bien, se la vive con alivio. Como nos ocurre, a los que caminamos en horas inhóspitas, pegados a las paredes, temiendo que algún balcón se desprenda/desplome, sobre nuestras itinerantes cabezas.

Madrid, a ciertas horas huele a acacias, a tinta de postales del Prado, a pescado frito, ajo de gambas mezcladas con el polvo urbano que sopla alguna esquina, a estatuas ecuestres de algún rey cornudo o tullido, a Plaza Mayor, con terrazas donde se derrama cerveza, mosto, o un tímido cortado, calles húmedas de tan estrechas o, estrechas por húmedas, vaya una a saber, a plazas sin niños. ¿Dónde se han ido todos los niños en esta ciudad de grandes? 

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Libros de la Biblioteca Nacional, que algún día empezarán a caer por los cientos de ventanas, a perfumes parisinos en Recoletos, a aceite espeso de Atocha (pulmón que respiran los trenes que ponen y sacan gentes). Ramón del Valle Inclán a punto de dar un paso que jamás conseguirá, a Francisco Umbral hablando con voz umbrosa en el Gijón literario del siglo, a tulipanes, jazmines y claveles, en el Real Jardín Botánico, a la fuente de Parque Retiro, donde las palomas remojan sus picos, a Puerta de Alcalá sin cerraduras.

(FILES) Peruvian novelist Mario Vargas Llosa, winner of this year’s Nobel Prize for literature, reacts during a news conference held for the presentation of his book » El sueno del Celta» (The dream of the Celt) on November 3, 2010, in Madrid. Peruvian Nobel Prize winner Mario Vargas Llosa died aged 89 on April 13, 2025 in Lima, his family announced. (Photo by Pierre-Philippe MARCOU / AFP)

Pero de tantas cosas que huelen a Madrid, hay una que no fue creada para el olfato sino para mirarla: La Cibeles. Está ahí siempre, dejando que la observen desde los coches que la circundan o, desde alguna de las esquinas. ¿A quién mira la Cibeles?, ¿en qué confín desconocido se le quedó la memoria? Espiarla desde el Banco Central, es casi como verla salir rodando en su carro, en dirección a la Puerta del Sol, ¿o de compras al Corte Inglés?

Siempre habrá un Madrid que nos espera, dijo Vargas Llosa en 1994 cuando entré a la Biblioteca Nacional porque había ido a recibir un premio con un cuento que gané en la Universidad de Salamanca “El vestido de Madrid”. Yo no lo podía creer porque además estaban los célebres Alfredo Bryce Echenique, Octavio Paz y Carlos Fuentes.  Yo una joven de apenas 26 años no podía creer que estarían estos grandes escritores en el acto, me emocionaba más verlos a ellos que el premio a recibir. Por supuesto que estaba ansiosa para que terminara todo lo protocolar para poder acercarme y hablarles de algo, cualquier cosa, no sé. Mi sorpresa fue mayor cuando dijeron que era una sanmartiniana mendocina, porque al finalizar se acercó Mario porque había leído el cuento y me dijo: Siempre habrá un Madrid que nos espera. No tengo palabras para terminar de comprender ese instante sublime literario a pesar de tantísimos años pasados ya. 

Cuando regresé a Argentina tuve un accidente de moto que me obligó a estar inmovilizada por tres meses, entonces no me quedó más remedio que hacer lo que me gustaba: leer. Edith Chernicoff de Bayón y mi tía Negra me sugerían los libros a leer, algunos me los traía mi hada literaria Edith, y los otros iba mi padre (gran lector también) a comprarlos. Así fue que leí los libros de Vargas Llosa y los que más me gustaron:

La ciudad y los perros (1963) Es la novela que lo lanzó a la fama y marcó el inicio del Boom latinoamericano. Narra la vida de un grupo de jóvenes internos en el Colegio Militar Leoncio Prado de Lima. La brutalidad del sistema militarizado y la pérdida de la inocencia son los ejes centrales. Por qué leerla: Es un retrato crudo de la disciplina absurda y el machismo tóxico, estructurado con una técnica narrativa innovadora para su época.

Conversación en La Catedral (1969) Considerada por muchos críticos (y por el propio autor) como su obra maestra y la más compleja. La novela se abre con la famosa pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú?” Todo parte de una charla en un bar (La Catedral) entre Santiago Zavala, un periodista de clase alta, y Ambrosio, el antiguo chofer de su padre. La corrupción política durante la dictadura de Manuel Odría y cómo el poder corroe todas las capas de la sociedad, incluyendo la vida íntima de las personas. Casi como ahora, lo más parecido al poder de ciertos políticos y sectores de la Argentina.

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La tía Julia y el escribidor (1977) Una obra con tintes autobiográficos que muestra la faceta más lúdica y humorística de Vargas Llosa. Cuenta el romance prohibido entre el joven «Varguitas» (aspirante a escritor) y su tía política, Julia Urquidi. Esto se alterna con los delirantes guiones de radionovelas escritos por Pedro Camacho, un personaje obsesivo que termina perdiendo la cordura. Es un juego brillante entre la realidad y la ficción de los melodramas.

En un hotel de la Gran Vía el sol vuelve a quebrar los ángulos de las cornisas como aquella tarde de 1994. Miro hacia afuera y entiendo que mi accidente de moto no fue una caída, sino el aterrizaje forzoso en los mundos de Mario, donde aprendí que la realidad se puede reescribir. Me despido de Madrid, pero no de sus fantasmas literarios. Porque, tal como me dijo aquel hombre de mirada atenta en la Biblioteca Nacional, y aunque la vida me haya llevado de San Martín al mundo, siempre, inevitablemente, habrá un Madrid que nos espera

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