COLUMNISTAS INVITADOS. El Prof. José Jorge Chade analiza la soledad no solo como un vacío emocional, sino como un proceso de transformación interior. A través de su experiencia académica en Bologna y datos globales alarmantes, explora las estrategias psicopedagógicas para convertir el aislamiento en una oportunidad de renovación personal y salud mental.
La soledad se ha consolidado como la epidemia silenciosa del siglo XXI, afectando de manera transversal a adolescentes, jóvenes universitarios y adultos mayores. Lejos de ser una mera condición biológica o social, se manifiesta como una experiencia subjetiva que, cuando es forzada, puede desencadenar riesgos físicos comparables al tabaquismo o al consumo excesivo de alcohol. En esta columna, el Dr. José Jorge Chade desentraña la compleja red de emociones que subyacen a este sentimiento, proponiendo un enfoque integral para su gestión.
Partiendo de sus cátedras en la Universidad de Bologna, el autor introduce el concepto de «mudanza interior» como una herramienta para procesar los duelos simbólicos y las crisis de identidad. Desde el fenómeno del síndrome hikikomori hasta la necesidad de políticas públicas que fortalezcan el tejido social, Chade nos invita a reflexionar sobre la importancia de las conexiones auténticas y el rol fundamental de la comunidad en la preservación del bienestar individual y colectivo.
La columna completa de José Jorge Chade
La epidemia de la soledad
No hace mucho tiempo, en mi cátedra universitaria de Pedagogía de la Inclusión en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Bologna, Italia, entre los estudiantes del tercer año existía una palabra clave de difícil interiorización y gestión para el grupo en general, que en promedio rondaba los 22 o 23 años.
Esa palabra era soledad, pero la interpretación personal de cada uno no siempre estaba clara; algunas de estas interpretaciones eran “sentimiento de no pertenencia”, “necesidad de una mudanza interior”, llegar a “ser y no parecer”, “sentirse como aves que no pueden remontar vuelo” o “necesidad o no de pedir ayuda… y de qué tipo”.
Esto necesitaba una deducción y elegimos desarrollar la “necesidad de una mudanza interior”, dado que nos interesó por qué ese estudiante eligió esa frase. El hecho de gestionar las emociones lo podemos asociar a una mudanza, que implica manejar el impacto emocional, reconocida como un evento altamente estresante. Conlleva un «duelo simbólico» por la pérdida de la rutina y la seguridad, lo que desencadena ansiedad, tristeza y nostalgia. Es fundamental aceptar estas emociones, planificar y ver el cambio como una oportunidad para la renovación personal.
En varios casos, las principales emociones al mudarse son:
- Tristeza y nostalgia: Vinculadas a la pérdida del antiguo hogar, se experimentan como un «microduelo».
- Ansiedad y miedo: Desencadenados por la incertidumbre, el caos organizativo y la desorientación; pueden provocar ataques de pánico en los casos más extremos.
- Ira: Común si la mudanza es forzada (separación, trabajo).
- Alegría y esperanza: Vinculadas al inicio de una nueva etapa, al descubrimiento de nuevos espacios y oportunidades.
Para intentar una gestión del desapego emocional podemos usar algunas estrategias:
- Planificación: Organizar la mudanza con antelación reduce el estrés y la sensación de caos.
- Procesamiento del duelo: Aceptar la tristeza como una reacción normal a la separación de tu espacio.
- Personalización: Crear de inmediato un ambiente familiar en el nuevo hogar para facilitar la adaptación.
- Renovación: Ver la mudanza como una oportunidad para organizar mejor tu vida y tu espacio.
Conociendo esto, ahora podemos transferir y darnos cuenta del porqué hablar de la mudanza emotiva asociada a la soledad: la soledad resultante, a menudo vinculada a la nostalgia y la ansiedad ante el cambio (nuevas situaciones, socialización, abandono, tristeza no elaborada, pérdidas, etc.), es una respuesta fisiológica que requiere tiempo para procesarse.
Estos son los puntos clave a nivel psicopedagógico sobre el impacto emocional y el manejo de la soledad:
- Etapas emocionales: El proceso sigue una curva que va desde la ansiedad inicial hasta el cansancio, hasta la adaptación final. Las emociones comunes incluyen tristeza, miedo a la incertidumbre, enojo y, a veces, culpa.
- Por qué nos sentimos solos: La pérdida o modificaciones en el entorno familiar altera las rutinas sociales establecidas, causando una sensación de vacío y aislamiento, que también puede provocar irritabilidad y agotamiento físico y mental.
- Estrategias de afrontamiento:
- Aceptación: Reconocer que la nostalgia y la incomodidad son normales.
- Crear rutinas: Establecer nuevos hábitos saludables, incluyendo actividad física y sueño regular.
- Exploración: Recorrer el entorno para revalorizarlo.
- Socialización: Buscar activamente nuevas conexiones, abordando la ansiedad social.
Es fundamental darse tiempo y, si persisten los sentimientos de aislamiento, considerar buscar apoyo profesional. Mantener un contacto regular con los demás —a través de la comunidad, los seres queridos o las redes de apoyo— es esencial para el bienestar y la salud mental. Sin embargo, no siempre es fácil mantener estas relaciones y, por diversas razones, podemos perder el contacto con nuestros seres queridos.
En Suiza, más de un tercio de la población experimenta soledad ocasionalmente, y más de una de cada quince personas se siente sola con frecuencia en su vida diaria. Para quienes eligen no estar solos, esto puede ser una fuente de sufrimiento y afectar su salud mental. Afortunadamente, existen maneras de reducir la sensación de soledad y reconectar con los demás.
Soledad por elección o forzada y aislamiento La soledad puede manifestarse de diferentes maneras. Por un lado, está la soledad deseada, un momento en el que uno se retira voluntariamente para recargar energías, redescubrirse y disfrutar de la calma y la serenidad. Esta soledad, generalmente limitada en el tiempo, puede ser beneficiosa e incluso estimulante. Esta necesidad de retirarse es más fuerte en algunas personas que en otras.
Por otro lado, existe la soledad forzada, donde uno se encuentra solo sin desearlo. Este tipo de soledad suele experimentarse como una sensación desagradable y opresiva, en la que las relaciones sociales no se corresponden con los deseos personales y se perciben como insuficientes. Esta soledad puede conducir al aislamiento social y emocional, con consecuencias negativas para la salud mental y física. La soledad puede surgir de la calidad de las relaciones (por ejemplo, la falta de confianza), de su cantidad (por ejemplo, la falta de una red social) o de la sensación de no pertenecer a una comunidad o sociedad. En cualquier caso, sentirse solo no es motivo de vergüenza ni tampoco es algo trágico.
Causas de la soledad La soledad puede afectar a cualquier persona en cualquier momento de la vida. Un estudio reciente reveló que el 24 % de la población mundial vive en condiciones de aislamiento social. Ciertos grupos de población, según la edad o el nivel socioeconómico, son particularmente vulnerables a este fenómeno: este es el caso de las personas mayores y los adolescentes. De acuerdo a una investigación realizada a nivel universitario en Bologna, muchos jóvenes estudiantes manifestaron que es una sensación recurrente. El género y la nacionalidad también desempeñan un papel importante: las mujeres y las personas de origen extranjero sufren más debido a barreras sociales, culturales o lingüísticas.
Entre los adultos mayores, la soledad suele deberse a la pérdida de seres queridos, problemas de movilidad, la falta de servicios urbanos adecuados o dificultades económicas. En el caso de los adolescentes y jóvenes de hasta 28 o 30 años, la soledad está relacionada con los cambios de identidad propios de esta etapa, las transformaciones en las relaciones sociales y el impacto de las pantallas y las redes sociales en sus interacciones. En definitiva, cada experiencia de soledad es única, arraigada en la persona, pero también en su entorno. No hay nada de qué avergonzarse al experimentar soledad o aislamiento.
El impacto de la soledad Cuando la soledad persiste, puede conducir al aislamiento social. Sin la posibilidad de conectar e interactuar con los demás, resulta más difícil distanciarse de los propios pensamientos y emociones, lo que a veces puede acentuar los pensamientos negativos. Esto puede provocar una pérdida de autoestima o una sensación de devaluación (por ejemplo, «Si nadie me pregunta nada, es porque no valgo nada») o una sensación de injusticia hacia el mundo («La vida está en mi contra»).
Más allá del impacto psicológico, la soledad prolongada tiene consecuencias concretas para la salud. Puede ser tan perjudicial como ciertas conductas de riesgo, como fumar o el consumo excesivo de alcohol. En concreto, se asocia con:
- Un 29 % más de riesgo de padecer enfermedades cardíacas.
- Un 32 % más de riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular.
- Hasta un 50 % más de riesgo de padecer demencia.
- Un mayor riesgo de ansiedad y depresión.
Las relaciones sociales desempeñan un papel protector en el bienestar físico y mental, y su ausencia puede debilitar la salud y reducir la esperanza de vida. Es fundamental tomar en serio los sentimientos de soledad y buscar soluciones que permitan restablecer las relaciones y el apoyo.
Estar solo y sentirse solo: ¿cuál es la diferencia? En Psicología y Pedagogía, estar solo es una condición objetiva: simplemente describe la ausencia física de otras personas. Uno puede elegir estar solo para concentrarse antes de un evento importante o para disfrutar de un momento de paz y soledad voluntaria. En otros casos, esta condición puede estar vinculada a un aislamiento social más marcado, como en quienes padecen el síndrome hikikomori.
El síndrome hikikomori es una forma de aislamiento social voluntario y prolongado en la que las personas (principalmente jóvenes de entre 14 y 30 años) deciden apartarse de la sociedad y permanecer en casa durante meses o años. Originario de Japón, ahora es un fenómeno global que afecta, según investigaciones en Italia, a aproximadamente 100 000 jóvenes inteligentes y sensibles.
Sentirse solo, en cambio, es una experiencia subjetiva y emocional. No depende de cuántas personas nos rodeen, sino de la calidad percibida de nuestras relaciones. Es una sensación de vacío y de no pertenencia que puede surgir incluso en medio de una multitud. Cuando una persona piensa o dice «Me siento solo», está expresando una experiencia interna que puede revelar mucho sobre su relación con los demás y consigo mismo. Esta dolorosa discrepancia entre la presencia física de los demás y la desconexión emocional es lo que a menudo nos impulsa a buscar una manera de combatir la soledad.
Superar la soledad es posible Sentirse solo es una experiencia humana, una señal que nos invita a la introspección y a reevaluar nuestras relaciones. Si bien puede ser doloroso, no es una maldición. Comprender por qué nos sentimos así es el primer paso hacia un mayor bienestar emocional. Aprender a gestionar esta emoción, tanto reconectando con nosotros mismos como encontrando nuevas formas de socializar, es un proceso que requiere paciencia y autocompasión. Si sentimos que la soledad se ha convertido en una carga persistente en la vida, recordemos que no tenemos que enfrentarla solos. Buscar apoyo profesional puede brindar las herramientas que necesitamos para comprender la raíz del malestar y construir relaciones más auténticas y satisfactorias. Dar el primer paso puede ser transformador.
Para concluir, puedo decir que la soledad es un fenómeno transversal que afecta a todas las edades, condiciones sociales y geografías. Frente a este panorama, las medidas temporales por sí solas no bastan; necesitamos políticas públicas con visión de futuro, la implementación sistemática de acciones comunitarias y una inversión renovada en las relaciones humanas, incluyendo la formación de agentes de enlace, figuras esenciales para la humanización de los servicios y la inclusión social. Combatir la soledad no es solo una responsabilidad individual, sino un compromiso colectivo para fortalecer el tejido social del que todos formamos parte.
Fuentes consultadas:
- Artículo de Revista Salutepsi.ch. Cantón Ticino, Suiza, 2026.
- Artículo de la Dra. Jessica Zecchini, Reg. Abruzzo, Italia, 2019.
- Artículo de Catterina Seia, Co-Founder y Presidente CCW-Cultural Welfare Center. Lugano, Suiza, 2025.
