sábado, mayo 9, 2026

La máscara de la cortesía: ¿por qué siempre decimos que estamos «bien»?

COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe José Jorge Chade. Un análisis sobre las convenciones sociales, el miedo a la vulnerabilidad y la función psicológica de las respuestas automáticas en nuestras interacciones diarias.

En la dinámica cotidiana, la pregunta «¿cómo estás?» ha perdido gran parte de su valor como consulta genuina sobre el bienestar del otro para convertirse en un engranaje de la cortesía social. Como bien señala José Jorge Chade, colaborador recurrente en estos espacios de reflexión, nos enfrentamos a un ritual donde la respuesta esperada es casi siempre un «bien» automático. Esta convención actúa como un filtro que evita el intercambio de negatividad y protege nuestra imagen pública, aunque sea a costa de un sutil engaño compartido.

Sin embargo, detrás de ese «estoy bien» suele esconderse una barrera que nos protege, pero que también nos aísla. El autor explora las múltiples razones por las cuales evitamos la honestidad emocional: desde el temor a no ser comprendidos o a resultar molestos, hasta el riesgo de construir vínculos basados únicamente en una fachada de seguridad. En las relaciones verdaderamente íntimas, es precisamente la vulnerabilidad la que permite una conexión real, lejos de las estructuras rígidas de la formalidad social.

Finalmente, el texto nos invita a reconsiderar el valor de la charla trivial o small talk. Lejos de ser un ejercicio absurdo, estos intercambios representan el momento en que alguien nos elige como interlocutores. Al despojar a la charla superficial de su estigma, Chade nos propone ver en estos gestos una oportunidad de conexión y disfrute, recordándonos que, a pesar de nuestras peculiaridades, la comunicación es el puente fundamental entre los seres humanos.

La columna completa de José Jorge Chade

Chade, autor de esta nota.

¿Cómo estás? ¿Qué respondemos habitualmente?

La respuesta correcta es: «Bien, ¿y tú?». No es una pregunta literal; es un ritual social.

Cómo te sientes no siempre importa realmente al interlocutor. Probablemente esto sucede porque sabemos que quien nos hace la fatídica pregunta «¿cómo estás?» no está realmente interesado en nuestro bienestar, sino que simplemente usa una fórmula ritual para iniciar una conversación siguiendo una mera convención social.

Esa misma convención, a menos que interactúes con un familiar o un amigo cercano, exige respuestas como «todo bien, gracias, ¿y tú?», preferiblemente acompañadas de una amplia sonrisa. Es una forma convencional de responder para evitar compartir sentimientos negativos y, sobre todo, para evitar enviar mensajes pesimistas. La sociedad nos obliga a mantener la mayor positividad posible entre nosotros, incluso a costa de aceptar un alto grado de engaño.

Quizás lo hacemos para evitar la compasión o porque explicar el porqué de nuestro malestar llevaría demasiado tiempo. Quizás porque muchos no lo entenderían ni querrían entenderlo, o porque no queremos molestar a la gente. Quizás porque, aunque lo supieran, poco podrían hacer; quizás porque nos da vergüenza que los demás sepan que no sabemos manejar bien nuestras vidas; o simplemente por cortesía social. También existe la posibilidad de que otros parezcan disfrutar de nuestros problemas, igual que nosotros a veces, aunque no queramos, disfrutamos de los suyos. Muchos mantienen una imagen social para recibir elogios y escuchar frases como «eres fuerte»; otros lo hacen porque, al decir «estoy bien», comienzan a sentirse mejor. Pero, sobre todo, si se lo dices a alguien que te quiere, esa persona se alegrará por ti y se generará una energía positiva.

La respuesta depende de la relación con la otra persona. Si tenemos problemas de salud evidentes o pasamos por un mal momento y no conocemos bien al interlocutor, al ser los saludos una formalidad, lo ideal es limitarse a un: “más o menos, cansado, lo importante es aguantar, ya pasará”, o al arriesgado “bueno… he tenido mejores tiempos”, lo que luego te obliga a dar explicaciones a gente desinteresada. Quizás el clásico “bien, gracias, ¿y tú?” sea lo mejor. También se puede apelar al humor: “bien, pero si quieres, te cuento”, o “¡bien, acabo de tomarme un analgésico y me siento genial!”. No obstante, hay que tener cuidado, ya que a mucha gente no le gusta o no entiende la ironía.

Si, por otro lado, se trata de una de esas pocas personas con las que no hay necesidad de formalidades, podemos ser honestos y decir las cosas como son, intentando —obviamente— no hacer la conversación demasiado pesada. Volvemos entonces a la cuestión: ¿por qué decimos siempre que estamos «bien» aunque no nos sintamos así? Detrás de esa palabra, a menudo se esconde una puerta al pánico: un lenguaje que nos protege de emociones demasiado intensas, pero que en las relaciones íntimas se convierte en una barrera. Cuando no mostramos vulnerabilidad, corremos el riesgo de construir relaciones basadas únicamente en una imagen de seguridad y no en la verdad de quiénes somos. Sin embargo, la intimidad nace precisamente ahí: en ese espacio frágil donde podemos confiar en que el otro no utilizará nuestras debilidades en nuestra contra.

Descubrí el verdadero significado de la charla trivial (small talk) en mi primer año de universidad, gracias a la materia de Psicología General. Antes de eso, siempre me pareció graciosa y absurda la pregunta «¿cómo estás?». A la gente le importa muy poco cómo estás realmente. Incluso puedo decir más: cuando te halagan, a menudo ni siquiera se lo creen o no lo hacen de verdad.

Pero no te desanimes; en este caso tengo buenas noticias. Ya sea que te entablen una conversación superficial o te halaguen casi al azar, en esos momentos te han elegido como interlocutor. Por ello, siéntete halagado y aprecia el gesto. Aprovecha el momento y la conexión para intentar una conversación divertida y agradable. Los humanos somos muy peculiares, lo admito.

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