COLUMNISTAS INVITADOS. Más allá de las fechas y los nombres de bronce, la enseñanza de la historia se revela como la herramienta crítica fundamental para la formación cívica. José Jorge Chade analiza por qué el método crítico y el conocimiento de nuestra identidad son los únicos antídotos contra el adoctrinamiento y la repetición de los errores del ayer.
En un contexto donde los planes de estudio y las prioridades curriculares están bajo la lupa, el docente y especialista José Jorge Chade nos invita a una reflexión profunda sobre el rol formativo de la historia. En esta columna, Chade recupera el pensamiento de grandes referentes como Marc Bloch y Aldous Huxley para advertir que la historia no debe ser una materia de «pasadita», sino el pilar de la conciencia democrática.
A las puertas de un nuevo aniversario patrio, el autor reivindica la humanización de nuestros próceres como un puente necesario para que las nuevas generaciones encuentren su propia identidad en el presente.
La columna completa de José Jorge Chade
La enseñanza de la historia en la escuela: su valor formativo
«Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia». (Aldous Huxley, 1894-1963, novelista, ensayista y poeta inglés).
Existen en diversos países revisiones ministeriales de las escuelas primarias y secundarias que, en los últimos años, han generado una serie de reflexiones epistemológicas y didácticas sobre los currículos, las opciones curriculares y las asignaturas individuales. La reflexión sobre la enseñanza de la historia no solo ha seguido esta tendencia, sino que también se ha situado en el centro del debate, especialmente debido a las implicaciones políticas de la decisión de países que intentan priorizar el estudio de la historia contemporánea. El debate —que a menudo ha girado en torno a acusaciones de sesgo en los libros de texto de historia y referencias a tendencias revisionistas— ha puesto de relieve una característica distintiva de la enseñanza de la historia: sus fuertes implicaciones políticas y de construcción de la identidad.
El debate también ha tenido una amplia repercusión en estos países, especialmente porque se ha visto impulsado por las discusiones sobre el fortalecimiento de la educación cívica en las escuelas. Allí también, la historia, sobre todo en la educación secundaria, se ha identificado —acertadamente— como la asignatura preferida para impartir educación para la ciudadanía.
Ambos debates demostraron claramente un sentimiento compartido de atribuir a la historia un papel que, más allá del mero conocimiento de la materia impartida —los acontecimientos históricos, específicamente—, se convierte en fundamental para la formación cívica del alumnado. Este valor formativo del conocimiento histórico es compartido por los propios especialistas en didáctica de la historia y los docentes. El pedagogo Emilio Lastrucci, en este sentido, subraya la necesidad de «abandonar la concepción de la historia como una simple disciplina que contribuye, junto con otras, a enriquecer la base de conocimientos del estudiante». Desde esta perspectiva, «la historia posee un valor educativo potencialmente altísimo, dado el papel crucial que desempeña la conciencia del pasado como objetivo educativo primordial para el sistema educativo de una sociedad democrática avanzada».
El valor formativo de la historia no solo se evidencia en el aspecto disciplinario del conocimiento transmitido, sino que también se revela como más beneficioso a través del desarrollo de habilidades y capacidades cognitivas específicas en el alumnado. Porque, como escribe Giulio Ghidotti: «Si los valores cívicos y sociales no se basan en estructuras cognitivas capaces de analizarlos, criticarlos y apreciarlos, corremos el riesgo de transmitirlos en forma de adoctrinamiento, y la enseñanza que adoctrina produce una relación insatisfactoria con la historia, incluso cuando está inspirada por valores democráticos y solidaridad social».
Aquí podemos detenernos a reflexionar: ¿por qué gran parte de nuestros jóvenes de hoy en Argentina conocen poco, o no conocen, a las familias de nuestros próceres? ¿Por qué no lo vieron o lo vieron muy de «pasadita»? Las generaciones pasadas recuerdan todo esto. Y, además, tiene un sentido específico formativo, porque si bien han sido próceres y héroes, tenían una familia como nosotros, no eran personas raras; y por ello se estudia.
Por lo tanto, la historia no debería moldear a los futuros ciudadanos —como se ha hecho a menudo— mediante la exposición de ejemplos morales o imposiciones moralizantes, sino mediante el ejercicio de las llamadas «habilidades críticas»; es decir, aquellas formas de razonamiento de máxima complejidad, orientadas a formular juicios y evaluaciones sólidos y lógicamente coherentes. Sin tales habilidades, subraya Lastrucci, «la conciencia y la personalidad del individuo estarían incompletas y limitadas». La enseñanza de la historia tiene valor educativo cuando invita a los estudiantes a utilizar aquellas herramientas que les permiten no juzgar, sino comprender críticamente el pasado y, por consiguiente, el presente.
El énfasis en el desarrollo de las habilidades cognitivas en la enseñanza de la historia ha ido de la mano, en el siglo XX, con la evolución de la historiografía. Uno de los precursores de esta renovación historiográfica, el francés Marc Bloch, escribió en su célebre Apología de la historia que la disciplina —y, por consiguiente, su enseñanza— tenía un valor moral al privilegiar la comprensión sobre el juicio: «Un juicio de valor no tiene razón de ser salvo como preparación para la acción y solo tiene sentido en relación con un sistema de referencias morales aceptado voluntariamente. […] Una palabra domina nuestros estudios: “comprensión”. Nunca comprendemos lo suficiente, juzgamos con demasiada frecuencia. Cualquiera que difiera de nosotros —un extraño, un adversario político— es casi necesariamente considerado malvado… La historia, siempre que renuncie a sus falsas pretensiones de superioridad, debe ayudarnos a subsanar este defecto. Es una vasta experiencia de la diversidad humana, un punto de encuentro para los hombres».
El propio Bloch, sin embargo, advirtió que la comprensión no implicaba una actitud pasiva. Mediante el método crítico, se anima al estudiante a reflexionar sobre sus propias creencias y adaptarlas a la situación que enfrenta. La construcción del conocimiento histórico, por lo tanto, va de la mano con la construcción del propio mapa mental y los propios valores. Enseñar un método crítico significa, en última instancia, confrontar al estudiante con el valor del respeto, la dignidad humana y la libertad.
¿Por qué es importante conocer la historia entonces?
La historia es el estudio de los individuos, las acciones, las decisiones, las interacciones, los comportamientos y los acontecimientos. Es una de las principales herramientas para comprender a la humanidad, ya que nos permite analizar y reflexionar sobre:
- Los sistemas políticos.
- La cultura y la tradición a lo largo del tiempo.
- Las fluctuaciones de la economía.
- La sociedad en su conjunto.
Pero más allá de eso, ¿cuál es el sentido de conocer la historia? Pues bien, hay varias razones:
- Nos permite encontrar o comprender nuestra identidad. Las acciones de los individuos, por pequeñas que sean, han tenido un impacto en el mundo y han moldeado el presente tal como lo conocemos. Por lo tanto, si como persona eres capaz de aceptar tu poder para influir y «crear la historia» en tu presente, podrás darte cuenta de cómo todo lo que has hecho o haces ha tenido y sigue teniendo un efecto.
- El pasado nos ofrece un nuevo contexto para entender por qué somos valiosos y siempre contribuimos al mundo. Conocerlo permite comprender en qué momentos de la historia influyen tus acciones. Asimismo, permite contextualizar tu importancia como individuo y cultiva una relación cercana con tu cultura y tu entorno.
- Nos ayuda a comprender los problemas del presente. A través de la historia podemos identificar la raíz de muchos problemas. Al buscar soluciones, es crucial comprender dónde y cuándo surgió la situación, qué influencias la originaron y cómo ha evolucionado. Si queremos abordar las crisis globales, necesitamos saber cómo comenzaron.
- Nos permite aprender de nuestros errores. ¿Has oído la frase: «Quien ignora la historia está condenado a repetirla»? ¡Y qué cierta es! Estudiar la historia nos permite obtener una visión panorámica de nuestros errores como sociedad —errores que han provocado guerras, conflictos, saqueos y amenazas nucleares—. Conocerla permite al ser humano no repetir las mismas acciones en busca de un cambio y evitar malas decisiones con resultados desastrosos.
Para terminar, y considerando que estamos en mayo, un mes clave para la historia argentina, conocer a nuestros próceres y sus historias de vida es fundamental para comprender la historia desde una perspectiva más humana, profunda y contextualizada. No se trata solo de nombres en una placa o en una estatua de bronce, sino de entender el entorno que formó a quienes construyeron una nación.

