COLUMNISTAS INVITADOS. En esta segunda entrega para Contenidos, Mauricio Castillo analiza la fragilidad de nuestra República a través del espejo de la historia clásica. Una advertencia sobre la justicia previsible, la prensa cómplice y el riesgo de convertir la democracia en un escenario vacío.
Tras el impacto de su primera reflexión sobre la calidad institucional en nuestras provincias, el consultor y docente Mauricio Castillo profundiza su análisis en esta columna exclusiva.
Bajo el título «Democracia en espejo II», Castillo traza un paralelismo inquietante entre la decadencia de la antigua Roma y los vicios contemporáneos de la política argentina.
Con una mirada crítica sobre el rol de los organismos de control y la responsabilidad de los medios de comunicación, el autor nos invita a preguntarnos: ¿estamos construyendo una República sólida o simplemente un decorado que oculta la conveniencia privada?
La columna completa de Mauricio Castillo
Democracia en espejo II: Argentina: entre la República y la Roma de las imágenes distorsionadas

Por Mauricio Castillo Técnico Universitario en Gestión y Administración en Instituciones Públicas – Docente – Coach Ejecutivo.
Hay provincias que se miran al espejo para corregirse. Otras, más sofisticadas en su extravío, han aprendido a usar el reflejo como maquillaje. La Nación parece debatirse entre ambas prácticas: una tradición institucional que alguna vez fue orgullo y una desviación contemporánea donde la justicia, la seguridad y los mecanismos de control comienzan a parecerse más a un teatro que a un sistema.
La historia, que tiene el mal hábito de repetirse cuando no se la estudia, ofrece una analogía incómoda. En la antigua Roma, en el momento en que la República intentaba consolidar su arquitectura democrática, el Senado se presentaba como guardián del orden. Sin embargo, bajo esa solemnidad, se incubaba una práctica peligrosa: la confusión entre el interés público y la conveniencia privada. Las magistraturas se negociaban, los favores se devolvían con intereses y la justicia, lejos de ser ciega, aprendía a guiñar un ojo.
La República Argentina, junto con sus Estados provinciales, no es Roma, pero la tentación de parecerse en lo peor está ahí. La crisis institucional no se expresa en grandes gestos dramáticos, sino en pequeñas tolerancias acumuladas: decisiones judiciales que parecen inclinarse siempre en la misma dirección, designaciones que despiertan más sospechas que certezas, controles que se vuelven rigurosos con algunos y sorprendentemente laxos con otros.
El problema no es solo la existencia de presuntos actos de corrupción o enriquecimientos difíciles de explicar. El problema mayor es la percepción de que el sistema ha dejado de incomodar al poder. Cuando la justicia se vuelve previsible en su favoritismo, deja de ser justicia y se convierte en herramienta. Y una herramienta, por definición, tiene dueño.
En Roma, este proceso no ocurrió de un día para el otro. Fue gradual, casi imperceptible. Los ciudadanos, ocupados en sus asuntos cotidianos, delegaron cada vez más su responsabilidad cívica. El Senado, mientras tanto, perfeccionó el arte de simular virtud. Cuando quisieron reaccionar, la República ya era una forma vacía, sostenida por rituales, pero desprovista de contenido.
La advertencia es tan antigua como vigente: “Ninguna democracia se erosiona solo por culpa de quienes gobiernan. También se debilita por la indiferencia de quienes eligen. El voto no es un acto de fe, es un contrato. Y como todo contrato, exige memoria, control y una dosis saludable de desconfianza”.
En nuestra provincia como en el país, el desafío no es menor. Recuperar credibilidad institucional implica algo más que discursos correctos. Requiere decisiones incómodas: transparentar procesos, fortalecer organismos de control sin convertirlos en decorado, garantizar que la justicia no sea una extensión del poder político ni su refugio.
A quienes hoy se desempeñan en cargos públicos de decisión, la historia les recuerda algo elemental: el poder es transitorio, pero las consecuencias de su ejercicio no lo son. Roma creyó que podía domesticar sus excesos y terminó siendo devorada por ellos.
Y a la ciudadanía, que a veces observa con resignación o cansancio, le corresponde una tarea menos épica pero más decisiva: no olvidar. Porque cuando la memoria se debilita, la democracia empieza a parecerse peligrosamente a una obra ya vista, donde los finales nunca son felices.
Todavía se está a tiempo de elegir qué espejo usar. El que deforma o el que obliga a corregir. Pero en esa elección hay un actor que rara vez se mira a sí mismo: la prensa. En toda república que pretende ser algo más que un decorado, el periodismo es incómodo por naturaleza. Su tarea no es agradar, sino interpelar; no es repetir, sino verificar.
Existe, y sería injusto negarlo, una prensa independiente que todavía se atreve a incomodar, a preguntar donde otros callan, a iluminar zonas que el poder preferiría mantener en penumbra. Ese periodismo, cada vez más exigido y menos financiado, sostiene con fragilidad la idea misma de control social.
Pero también crece otra variante, más sutil y más peligrosa: la prensa que se aproxima a la complicidad sin necesidad de declararla. No hace falta censura cuando la pauta oficial se vuelve desmedida y selectiva. No hace falta prohibir cuando se aprende, casi instintivamente, qué no decir. Así, la realidad empieza a editarse. Se relativizan los hechos, se suavizan los bordes, se construye una narrativa que no necesariamente miente, pero que omite lo suficiente como para distorsionar.
Roma también tuvo sus cronistas del poder. No todos escribían la verdad; muchos escribían lo que convenía. Esa escritura, lejos de ser inocua, terminó consolidando una ficción colectiva donde los abusos parecían excepciones y no reglas. Cuando la prensa deja de ser espejo y se convierte en filtro, la sociedad empieza a verse como quiere verse, no como es.
El problema es que esa deformación tiene fecha de vencimiento. La realidad, obstinada, siempre encuentra la manera de imponerse, y cuando lo hace, el golpe es doble: no solo por los hechos, sino por la conciencia de haber sido parte, activa o pasiva, de su encubrimiento. Entonces aparece el ciclo de retroceso: desconfianza, apatía, desencanto; y otra vez empezar.
Si la justicia es la columna vertebral de la República, la prensa es su sistema nervioso. Cuando uno se dobla y el otro se anestesia, el cuerpo institucional sigue en pie, sí, pero deja de reaccionar.
Puede ser una advertencia, entonces, no solo para quienes gobiernan, sino también para quienes narran. Porque en el relato se juega, muchas veces, el destino de lo real.
