Lo pensó desde la televisión y su influencia y yo, en aquellos tiempos, recordé como ejemplo al programa de Marcelo Tinelli y su llegada masiva, seguida de imitación en los hogares. Me reuní en 1998 con Giovanni Sartori en el Círculo de las Bellas Artes de Madrid cuando presento por primera vez su libro «Homo videns». Aquí reconstruyo y adapto aquello.
Hace muchos años, precisamente en 1998, se presentaba al mundo hispanohablante una obra/provocación del italiano Giovanni Sartori: Homo videns: la sociedad teledirigida. El hecho me encontró allí, en el Palacio de las Bellas Artes de Madrid junto al «maestro», y otros comparables a su talla: el catalán Romá Guvern, historiador y reconocido crítico de cine; Enrique Gil Calvo, catedrático de la Universidad Complutense, al igual que Julián Santamarina; Adela Cortina, especialista en Ética y Filosofía de la Universidad de Valencia; la presentadora Victoria Prego y el también periodista Manuel Campo Vidal.

¿A qué viene el recuerdo? No se trata de simple melancolía, sino de emergentes. En aquel momento, 1998, Internet comenzaba a hacerse lugar a los codazos entre la desconfianza y el éxtasis. Por lo tanto, que un filósofo y cientista político italiano viniera a anoticiarnos de que se había acabado la era del homo sapiens para empezar a vivir en la del homo videns generó que muchos, en principio, lo acusaran de «telefóbico» y otros, de apresurado, mientras aguardaban que la Red de Redes enterrara en una tumba catódica a los televisores.
Mi charla con el autor fue breve y anecdótica y se centró en Menem, que gobernaba por entonces, y que él veía más que como «un turco» como un compatriota suyo, terrible y simpático a la vez. De hecho, Sartori me hizo más preguntas de las que yo le dejé hacerle… Preocupado por la influencia negativa de la televisión —no en tono moralista, sino en el sentido de su poder hipnótico y anestésico—, el debate en Madrid se centró en una sola pregunta: «¿Prohibiría usted a un niño ver televisión?». No hablaba de pornografía ni de violencia: hablaba de moldeamiento del pensamiento. Homogeneización, en todo caso.
Conté, con la primera edición de Homo videns en español en la mano, que el libro plantea esencialmente que el avance de las tecnologías multimedia llevará a un triunfo de la imagen por sobre la palabra. Y esto, apocalípticamente, redundará en «el fin de lo inteligible y la primacía de lo visible». Este empobrecimiento intelectual de la raza humana que proclama Sartori tiene su origen en la televisión, pero se profundiza con la revolución digital que otros, como Nicholas Negroponte con Being Digital, anunciaban como revitalizadora de la vida sobre la tierra.

Sartori no teme descalificar a los optimistas tecnológicos y se defiende de quienes lo acusan de retrógrado. Les dice que «el progreso tecnológico no se puede detener, pero no por ello se nos puede escapar de las manos, ni debemos darnos por vencidos negligentemente». El hecho de «informarse viendo» es para él la génesis de este cambio: la imagen de un hombre sin trabajo no nos lleva a comprender la causa del desempleo; la figura de un pobre no nos explica la pobreza; la imagen de un enfermo no nos hace entender qué es la enfermedad. De allí su afirmación de que el niño que pasa horas frente a la TV crece cultivado en ese caldo. El «video niño» pasa a ser un adulto sordo —según su análisis— a los estímulos de la lectura y del saber transmitidos por la cultura escrita, camino a un adulto empobrecido, «marcado por una atrofia cultural».
Sartori ya auguraba que la televisión seguiría siendo el ombligo del planeta y que Internet, lejos de sustituirla, podía reproducir y amplificar los vicios tele-dirigidos: un público empobrecido culturalmente que traslada a la Red la misma superficialidad aprendida frente a la pantalla. Es importante subrayar que Homo videns pudo anticiparse a las redes cuando Internet aún era incipiente: su alerta no era solo contra el aparato televisivo, sino contra la lógica de la imagen y la visibilidad que las nuevas plataformas podían heredar.
En el libro, dividido en tres capítulos, el primero —La primacía de la imagen— centra su polémica; el segundo —La opinión teledirigida— hace añicos la primacía de las encuestas en la democracia actual y cuestiona a la TV como manifestación de la opinión pública: «La televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que en realidad es el eco de regreso de su propia voz». Los sondeos, señala, no son expresión pura de la democracia sino auscultación de una falsedad que nos engancha y manipula. El tercer capítulo (¿Y la democracia?) analiza el futuro de la democracia víctima final del proceso de alienación por la imagen: las campañas se personalizan, los candidatos se eligen por visibilidad y no por propuestas, y la «video-dependencia» hace que políticos y ciudadanos se relacionen más con acontecimientos mediáticos que con realidades públicas complejas.

El debate en Madrid fue intenso. Gil Calvo calificó a Homo videns de «panfleto de la telefobia» y negó una guerra entre palabra e imagen; Adela Cortina interpretó la teoría de Sartori como una advertencia de que la democracia es difícilmente sostenible mientras subsista la cultura de la imagen; Julián Santamarina habló de «homenaje a la provocación»; Romá Guvern distinguió a Sartori de Bourdieu y dijo que el libro descalifica al medio (la TV) porque «no produce conocimiento, sino sensaciones». Sartori, por su parte, mantuvo su postura pero ofreció una salida: no todo está perdido; es posible un matrimonio virtuoso entre palabra e imagen si antes se logra formar al niño en la lectura y la escritura, antes de su educación a través de pantallas.
Hoy, con la omnipresencia de pantallas de todo tipo —televisores, computadoras, smartphones— y con redes sociales basadas en imágenes y formatos breves (Instagram, TikTok, YouTube, reels, historias) que amplifican lo inmediato, lo visual y lo viral, las preocupaciones de Sartori no solo siguen vigentes sino que se han transformado. Las plataformas de hoy aceleran la economía de la atención: priorizan lo llamativo, lo emotivo y lo compartible sobre lo complejo y argumentado. Algoritmos que optimizan tiempo de visualización refuerzan burbujas, simplifican contextos y favorecen la polarización. Los formatos de microcontenido reducen la paciencia para el análisis y la lectura prolongada; la combinación de imágenes, sonidos y edición rápida crea experiencias intensas pero a menudo descontextualizadas. Las encuestas, las métricas de engagement y la visibilidad en estas plataformas funcionan como nuevos mediadores de la opinión pública, muchas veces amplificando rumores y contando más como espectáculo que como deliberación informada.
No todo es negativo: las pantallas y las redes permiten acceso masivo a información y a voces diversas, fomentan aprendizajes prácticos y multiplican formas de expresión. Pero la advertencia de Sartori sigue siendo pertinente: sin una educación que priorice la alfabetización crítica —lectura atenta, pensamiento argumental y comprensión profunda—, las sociedades corren el riesgo de sustituir el pensamiento por la reacción, la deliberación por la viralidad, y la ciudadanía por la audiencia.
Para cerrar, vuelvo a la frase de Sartori citada entonces: «Si el niño aprendiera a leer y escribir antes de ser educado a través de la televisión, funcionará de una forma muy distinta que el niño que empieza por la televisión, y va al colegio cuando ya está condicionado por ese tipo de impronta». Cambiemos «televisión» por «pantallas» y la advertencia sigue siendo clave: formar antes de exponer, enseñar a pensar antes de acostumbrar a mirar.

