COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Lucas Inostroza. La inteligencia artificial entra en la era del «taxímetro» y enciende alarmas por la brecha lingüística en el mundo hispano
La promesa fundacional de la inteligencia artificial generativa parecía imbatible: un buffet libre digital, inmediato y gratuito —o de muy bajo costo— capaz de democratizar el conocimiento a escala global. Sin embargo, detrás del brillo de las pantallas, la realidad material comenzó a imponer sus propias reglas. El procesamiento de datos no funciona con magia; consume energía masiva, requiere infraestructura multimillonaria y hoy se enfrenta a límites físicos y económicos que están obligando a los gigantes de Silicon Valley a empezar a racionar el servicio.
En su más reciente columna de análisis para Opinión Mendoza, el politólogo y consultor Lucas Inostroza desmitifica el paradigma del «todo incluido» tecnológico y advierte sobre un fenómeno silencioso pero crítico para nuestra región: la desigualdad ya no solo será económica, sino también lingüística. Debido a la arquitectura de los modelos actuales, interactuar con la IA en español consume hasta un 60% más de recursos que hacerlo en inglés, un factor que —sumado a los nuevos esquemas de tarifas premium y límites de uso— amenaza con consolidar una nueva élite tecnológica global y dejar a los usuarios hispanohablantes en una clara desventaja competitiva.
Leé abajo la columna completa de Lucas Inostroza
¿La inteligencia artificial ya no es para todos?
Durante años, las empresas tecnológicas nos vendieron una idea seductora: la inteligencia artificial sería infinita, inmediata y cada vez más accesible. Una especie de buffet libre digital donde cualquier persona, desde cualquier lugar del mundo, podía acceder a una capacidad de procesamiento casi ilimitada por unos pocos dólares… o incluso gratis.
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Pero la realidad empezó a golpear la puerta y cada vez son más frecuentes las quejas de usuarios que perciben respuestas peores, modelos más lentos, límites inesperados y caídas de servicio en plataformas como OpenAI, Anthropic o Google. Lo que parecía una percepción aislada terminó convirtiéndose en una conversación global: la IA está empezando a racionarse, y detrás de ese fenómeno hay una explicación mucho más profunda que un simple “error del sistema”.
La IA consume muchísimo más de lo que imaginábamos
La inteligencia artificial no funciona con magia, funciona con centros de datos gigantescos, consumo eléctrico masivo y una capacidad de cómputo que hoy empieza a mostrar sus límites físicos y económicos.
El problema central son los “tokens”: fragmentos de texto que las IA procesan para entender y responder. Cada conversación, cada análisis y cada línea de código consumen tokens. Y cuanto más sofisticado es el trabajo, más caro resulta.
Una simple consulta puede consumir cientos de tokens. Pero una sesión avanzada de programación o de IA agéntica (la nueva generación de asistentes que ejecutan tareas complejas) puede multiplicar ese consumo entre 10 y 100 veces.
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El resultado es brutal, ya que las empresas de IA están quemando miles de millones de dólares al año para sostener un modelo que, tal como está planteado hoy, parece económicamente insostenible.
Se estima que OpenAI podría perder alrededor de 14.000 millones de dólares durante 2026. Anthropic, varios miles de millones más, y aunque los usuarios pagan suscripciones, la enorme mayoría todavía utiliza versiones gratuitas subsidiadas por esas compañías, pero subsidiar inteligencia artificial a escala global cuesta una fortuna, y puede conllevar una potencial quiebra.
El problema que golpea más fuerte al mundo hispano
Hay además un detalle poco discutido, pero clave para países como Argentina: hablarle a una IA en español consume más recursos que hacerlo en inglés.
Distintos análisis técnicos muestran que un mismo texto puede requerir hasta un 60% más de tokens en español que en inglés. Dicho de otra manera: un usuario hispanohablante “gasta” más inteligencia artificial para expresar exactamente la misma idea. Esto tiene consecuencias concretas, como si los sistemas empiezan a limitar el uso, quienes usamos español llegamos antes a los topes. Si los modelos empiezan a cobrar por consumo, terminaremos pagando más por obtener resultados equivalentes. Y si las empresas priorizan eficiencia, es lógico que optimicen primero para el mercado angloparlante, que además concentra el mayor poder adquisitivo del planeta.
La desigualdad tecnológica ya no sería solamente económica, también pasaria a ser lingüística, y desde lugares como Mendoza, donde el acceso a tecnología de punta siempre llega más tarde y más caro, el impacto puede sentirse todavía más, aún cuando el uso en sí sea incipiente..
La IA entra en su etapa de “tarifas”
Lo que estamos viendo recuerda muchísimo a los primeros años de internet móvil o de la telefonía celular dónde al principio todo parecía ilimitado. Después aparecieron los límites, las velocidades reducidas, las horas pico y las diferencias entre usuarios premium y gratuitos.
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Con la inteligencia artificial está ocurriendo exactamente lo mismo, las empresas ya empezaron a restringir funciones avanzadas, limitar consultas en horarios de alta demanda y reservar los mejores modelos para quienes pagan planes de 100 o 200 dólares mensuales.
La lógica del “todo incluido” empieza a desaparecer y en su lugar aparece otra mucho más conocida: el taxímetro. Cuanto más uses la IA, más vas a pagar, y esto no responde únicamente a ambición empresarial, también responde a una realidad material, donde hoy no existe infraestructura suficiente para abastecer la demanda global de inteligencia artificial.
Los gigantes tecnológicos están invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en nuevos centros de datos, energía y chips. Pero incluso así, los cuellos de botella siguen apareciendo: falta electricidad, faltan componentes, faltan ingenieros especializados y faltan tiempos de construcción. La demanda creció más rápido que la capacidad para sostenerla.
La IA de dos velocidades ya existe
Lo más importante es entender que esta transformación ya empezó. Los usuarios gratuitos reciben respuestas más lentas y modelos menos potentes. Los usuarios premium acceden primero a las funciones avanzadas. Las empresas que pueden pagar más entrenan mejor a sus equipos, producen más rápido y toman decisiones con más información.
La inteligencia artificial empieza a convertirse en un multiplicador de desigualdad. Quien tenga acceso a mejores modelos escribirá mejor código, analizará mejor contratos, automatizará más procesos y competirá con ventajas enormes frente al resto.
Mientras tanto, millones de personas quedarán limitadas a versiones reducidas, lentas o directamente inaccesibles por costos.
La gran pregunta de fondo ya no es tecnológica, parece ser social.
¿La inteligencia artificial será un derecho o un privilegio?
Aunque existen alternativas, , ya que el crecimiento de modelos open source, especialmente impulsados desde China, abre la posibilidad de una IA más ejecutable incluso desde computadoras personales o teléfonos sin depender completamente de grandes corporaciones. Esta viene con las limitaciones que el régimen chino le pone con censuras ideológicas y de temas que consideran delicados,
También algunos gobiernos empiezan a hablar de IA pública o soberana, entendiendo que el acceso a inteligencia artificial puede convertirse en una cuestión estratégica comparable al acceso a internet o la educación.
Pero hoy la tendencia dominante va en dirección opuestam donde el que quiere más capacidad debe pagar más. Por consiguiente más restricciones para quien no puede hacerlo.
La inteligencia artificial prometía democratizar el conocimiento. El riesgo es que termine consolidando una nueva élite tecnológica global, donde el acceso a “más inteligencia” dependa simplemente de cuánto dinero puede gastar cada usuario.
Quizá el debate más importante recién está empezando y conduce a una pregunta: ¿y si la inteligencia artificial ya no es para todos?
Lucas Inostroza
Director de Opinión Mendoza

