COLUMNISTAS INVITADOS. El criminólogo Eduardo Muñoz pone bajo análisis los perfiles del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación con el de Pablo Escobar, del Cártel de Cali. Importante nota para leer y compartir.
La muerte de un gran jefe narco suele presentarse como un punto de inflexión histórico. Las imágenes del operativo, la confirmación oficial y la reacción política construyen un relato de victoria inmediata del Estado sobre el crimen organizado. Sin embargo, la experiencia latinoamericana muestra que estos episodios, más que cerrar ciclos, suelen abrir nuevas etapas de reacomodamiento y disputa.
Desde la caída de Pablo Escobar en Medellín hasta la captura de Joaquín «El Chapo» Guzmán y, más recientemente, la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, la historia se repite con variaciones: alivio social, capitalización política y la expectativa de que la organización quedará descabezada. Pero, en la práctica, los mercados ilegales rara vez desaparecen; mutan, se fragmentan o se vuelven más flexibles.
En esta columna, el criminólogo Eduardo Muñoz propone ir más allá del impacto inmediato para analizar qué ocurre realmente cuando cae un capo: cómo se reconfiguran las estructuras criminales, por qué la violencia puede aumentar en el corto plazo y qué factores —económicos, institucionales y tecnológicos— determinan si el golpe será decisivo o apenas simbólico. Su mirada invita a una reflexión incómoda pero necesaria: si los Estados están desmantelando sistemas criminales o simplemente reemplazando rostros visibles.
La columna completa de Eduardo Muñoz
De Pablo Escobar a “El Mencho”: ¿qué ocurre cuando muere un capo del narcotráfico?
Cada vez que cae un gran capo, la reacción es parecida: alivio, celebración política y la sensación de que algo decisivo acaba de ocurrir. Pero la experiencia en América Latina muestra otra cosa. Eliminar al líder rara vez desmantela el sistema. Lo obliga a transformarse.
En 1993 murió Pablo Escobar en Medellín. Muchos creyeron que esa imagen cerraba una era. Años después, la captura y extradición de Joaquín “El Chapo” Guzmán volvió a instalar la misma expectativa: sin el jefe visible, el cartel debía desmoronarse.
Ahora, tras la muerte de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, la escena se repite. Operativo, enfrentamiento, confirmación oficial y un mensaje político claro: el Estado golpeó al máximo referente del crimen organizado en México.
La pregunta no es si el golpe fue importante. Lo fue.
La pregunta es si alcanza.
De carteles verticales a redes adaptativas
El cartel de Escobar funcionaba con una lógica más concentrada, casi personalista. Su caída fragmentó poder, pero el narcotráfico colombiano no desapareció. Se atomizó.
Con el Cártel de Sinaloa ocurrió algo distinto. Tras la caída de El Chapo, la organización no colapsó. Se dividió en facciones, redistribuyó liderazgos y mantuvo su presencia global. Ya era una estructura menos dependiente de un solo hombre.
El CJNG representa una etapa aún más compleja. No es solo una organización violenta. Es una red con autonomía regional, nodos financieros internacionales y mandos capaces de operar sin contacto permanente con la cúpula. Esa arquitectura no es improvisada. Está diseñada para resistir presión.
Por eso la muerte de El “Mencho” no define automáticamente el futuro del cartel. Define el inicio de una reconfiguración.
El mercado ilegal no se detiene
El crimen organizado en México no es solo una suma de nombres. Es un sistema económico ilegal con demanda internacional, rutas consolidadas, proveedores químicos, redes logísticas y estructuras de lavado.
Mientras ese ecosistema exista, la sustitución de liderazgos es una variable prevista.
Tras la muerte de un capo suelen abrirse dos escenarios. Sucesión ordenada y continuidad operativa. O fragmentación y disputa interna con aumento de violencia en el corto plazo.
Ambos caminos comparten algo: el mercado no desaparece.
La estrategia de decapitación tiene impacto simbólico y táctico. Puede generar incertidumbre y fisuras internas. Pero es estructuralmente limitada si no se intervienen finanzas, corrupción y redes transnacionales.
Del territorio a la percepción
Hay además una variable nueva. En tiempos de Escobar, la batalla era territorial. En la era actual también es informativa.
Durante el operativo que terminó con la muerte de El Mencho circularon imágenes generadas con Inteligencia Artificial mostrando supuestos ataques aéreos y aeropuertos incendiados. Se viralizaron alertas falsas sobre tomas de hospitales. Se activaron redes automatizadas amplificando el pánico.
La desinformación no es ruido. Es un multiplicador de inestabilidad.
En contextos de alta tensión, puede alterar decisiones operativas, generar cierres innecesarios y amplificar la sensación de colapso. El poder ya no se disputa únicamente en la calle. También se disputa en la percepción pública.
Si el Estado no gestiona el frente digital con la misma seriedad que el territorial, cualquier crisis puede expandirse más allá de los hechos reales.
¿Y Argentina?
Argentina no tiene carteles con la capacidad paramilitar del CJNG. La escala es distinta.
Pero la lógica de resiliencia también aparece. Cuando líderes de Los Monos cayeron en Rosario, la estructura no se evaporó. Se fragmentó y dio lugar a nuevos actores.
Eso confirma algo central: el crimen organizado no es un nombre propio. Es una arquitectura adaptable que ocupa espacios donde encuentra rentabilidad y baja capacidad de control.
Lo que realmente está en juego
Escobar cayó y el narcotráfico continuó.
El Chapo fue extraditado y el sistema se reconfiguró.
Ahora El “Mencho” murió.
Puede haber sucesión ordenada. Puede haber disputa interna. Puede haber más violencia en el corto plazo.
Pero la pregunta estructural sigue intacta: ¿se está interviniendo el sistema o solo sus rostros visibles?
Celebrar la caída del “jefe” es comprensible.
Creer que eso resuelve el problema es otra cosa.
