sábado, abril 25, 2026

Contate un cuento: «¿Quiénes son ellos?», de Antonio Romeo

COLUMNISTAS INVITADOS.Antonio Romeo nos confía lo que ha calificado como «un cuento híbrído». Lecturas como recreo, pero tambien como oportunidad para hacernos preguntas.

En ¿Quiénes son ellos?, Antonio Romero construye un relato híbrido donde la contemplación de una fotografía antigua se transforma en una indagación filosófica sobre la memoria, el tiempo y la identidad. A medio camino entre la prosa poética y el ensayo íntimo, el texto parte de una imagen detenida —una foto pintada a mano, de colores ajados— para abrir una reflexión que desborda el marco y se adentra en aquello que las imágenes no pueden decir: lo que quedó fuera del encuadre, lo que el tiempo borró, lo que la imaginación reconstruye.

El cuento avanza desde la nostalgia hacia una inquietud contemporánea: si antes éramos nosotros quienes interrogábamos las fotos, hoy parecen ser las imágenes —digitales, archivadas, clasificadas por algoritmos— las que nos devuelven la mirada. Así, Romero enlaza pasado y futuro en una misma pregunta suspendida, convirtiendo la fotografía en metáfora de la fragilidad humana frente al paso del tiempo y frente a una memoria que ya no sólo es recuerdo, sino también registro tecnológico.

El texto completo de Antonio Romeo

¿Quiénes son ellos?
¿Quiénes respiran —si es que aún respiran en algún lugar— en esa vieja foto,
foto pintada a mano,
de colores vencidos por el tiempo?

Esa foto muda que apenas muestra gestos,
gestos atrapados en un segundo que nunca termina.
Me pregunto qué estarían pensando,
qué ocurría más allá del borde del encuadre,
qué ruido había detrás de esa sonrisa inmóvil.

¿Esos niños habrán crecido
o quedarán condenados a esa edad perpetua,
rehenes de un verano que no avanza?

Lo que siento es la paz que transmite esa foto vieja,
una paz sospechosa,
como si el pasado hubiera decidido maquillarse.
Esa foto que nos recuerda —o nos obliga a imaginar— recuerdos,
que nos habla de un tiempo que corre
como agua entre las manos,
mientras en el papel el tiempo no corre:
se coagula.

Allí permanece inmóvil,
suspendido,
guardando silencios que ya nadie sabe traducir.
Esa foto vieja no pide vida,
no exige luz,
no suplica ser entendida:
simplemente resiste.

Quizás hoy, al detenerme un minuto,
no le di vida a la foto,
sino que encendí una habitación olvidada en mi memoria.

Ellos no me miran.
No me hablan desde el papel.
No hay almas atrapadas en la emulsión gastada,
solo luz antigua fijada para siempre.
Son parte de una historia que existió,
que fue carne y voz,
y que el tiempo redujo a superficie.

Tal vez crecer sea comprender eso:
que las imágenes no guardan espíritus,
sino instantes;
y que al mirarlas no resucitamos el pasado,
sino que medimos la distancia que nos separa de quienes fuimos.

Pero a veces imagino otra cosa.
Imagino que un día las fotos nos observarán de regreso,
que archivarán nuestros gestos en alguna nube sin cielo,
que un algoritmo clasificará nuestras sonrisas
y decidirá qué recuerdos merecen permanecer.

Entonces no seremos nosotros quienes miren las fotos viejas.
Seremos las fotos —digitales, eternas, vigilantes—
las que nos miren a nosotros,
preguntándose en silencio:

¿Quiénes eran ellos?
¿En qué momento dejaron de moverse?
¿En qué instante el tiempo también los dejó atrás?

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