COLUMNISTAS INVITADOS. Antonio Romeo nos ofrece con este texto otro de sus cuentos, para desinfoxicarnos. Leelo e imagimate el contexto. En «La única función», el escritor Antonio Romeo nos sumerge en una distopía urbana que explora los límites de la conciencia, el agobio de la hiperconectividad y el inquietante umbral entre lo humano y lo sintético.
La literatura de ciencia ficción ha funcionado, históricamente, como el mejor termómetro para medir las crisis de la experiencia humana. En un mundo donde las ciudades crecen hasta volverse organismos inabarcables y el ruido tecnológico satura los sentidos, la búsqueda de un refugio suele conducir a los lugares más inesperados. El cine, antiguo templo de la empatía colectiva, se transforma aquí en el escenario de una revelación silenciosa y perturbadora.
En el siguiente relato, Antonio Romeo despliega con maestría una atmósfera asfixiante donde el verdadero misterio no radica en lo que parpadea sobre el ecran, sino en la mirada de quien observa. Una pieza breve y punzante que dialoga con los grandes mitos de la identidad artificial y nos devuelve una pregunta incómoda: en una sociedad automatizada, ¿qué nos define realmente como humanos?
Leé el cuento completo de Antonio Romeo
La única función
La ciudad había dejado de contar habitantes hacía décadas. Ya no tenía sentido. Las calles eran un solo organismo de bocinas, pantallas, respiraciones y pasos. Todo estaba lleno, siempre. El ruido no cesaba nunca.
Él caminaba con la cabeza baja, sintiendo que cada voz ajena le rozaba los nervios. No era solo el volumen: percibía el murmullo de la multitud como si pudiera distinguir cada sonido por separado. Aquella precisión lo agotaba.
Buscaba un lugar donde el mundo, aunque fuera por un instante, dejara de empujarlo.
Encontró un antiguo complejo de cines.
Todas las boleterías estaban desbordadas. Filas interminables serpenteaban por los pasillos. Los carteles anunciaban funciones agotadas, mientras nuevas personas hacían cola para las siguientes.
Todas, menos una.
La última boletería permanecía vacía.
Sobre ella, el nombre de la película aparecía borroso, como si las letras se resistieran a permanecer inmóviles.
—¿Qué están dando? —preguntó.
El empleado levantó la vista, consultó la pantalla de su terminal y frunció el ceño.
—No lo sé.
Esperó unos segundos, como si el sistema fuera a responder.
—No figura.
Él compró el boleto.
Mientras esperaba que se abriera la puerta, intentó recordar cuándo había ido al cine por última vez. Encontró escenas sueltas, vestíbulos, butacas, luces apagándose. Ninguna fecha. Ningún rostro. Le pareció extraño, aunque no lo suficiente como para detenerse en ello.
La sala estaba completamente oscura. No distinguía una sola butaca ocupada. Avanzó despacio hasta que un leve chistido rompió el silencio.
—Shhh…
Se detuvo.
No supo de dónde había venido.
Se sentó.
La pantalla se iluminó.
Un bebé.
Luego un niño.
Después un adolescente.
Un joven.
Un adulto.
Un anciano.
No había música ni diálogos. Solo el paso del tiempo detenido en una secuencia de imágenes.
Apareció una frase.
**»Fuimos lo que somos.»**
Luego otra.
**»Somos como somos.»**
Y finalmente:
**»Terminaremos como somos: humanos.»**
Él permaneció inmóvil.
Aquellas palabras no despertaban en él ninguna emoción definida. Más bien una incomodidad difícil de nombrar, como quien contempla una fotografía cuya importancia comprende sin llegar a sentirla.
Se encendió una tenue luz detrás de la pantalla.
Dos voces conversaban.
—Otra falla en los sintéticos.
—¿Cuál es esta vez?
—El de la sala siete. Llegó solo.
Hubo una breve pausa.
—Cada vez tardan más en advertirlo.
Las luces volvieron a apagarse.
Entonces comprendió por qué no recordaba con claridad su pasado. Por qué el ruido de la ciudad le resultaba insoportable. Por qué aquella película le había parecido tan ajena.
No era un homenaje a la humanidad.
Era un registro.
Un archivo destinado a quienes habían sido creados para reemplazar el esfuerzo de los hombres: levantar estructuras, descender a las minas, limpiar zonas donde nadie podía vivir. Con los años aprendieron a hablar, a decidir y a confundirse entre la multitud.
Miró sus manos.
Durante un instante creyó reconocerlas.
La pantalla volvió a encenderse.
