sábado, abril 25, 2026

Bad Bunny, el Conejo Malo del que todos hablan

Sergio Bruni firma una columna que pone en el centro del debate el impacto político y simbólico del fenómeno Bad Bunny, el artista puertorriqueño que convirtió su presentación en el Super Bowl en un acontecimiento que trascendió lo musical.

Bajo el título “El Conejo Malo del que todos hablan”, Bruni parte de una premisa histórica: el arte y la política siempre han estado conectados. Para sostenerlo, recorre ejemplos emblemáticos como Ludwig van Beethoven, asociado a los ideales de la Revolución Francesa; Richard Wagner, cuya música fue reivindicada por el nazismo; la voz latinoamericana de Mercedes Sosa frente a la dictadura; y el mítico festival Woodstock, símbolo cultural contra la guerra de Vietnam. En ese linaje sitúa al llamado “Conejo Malo”.

Aunque el artista se define como “un tipo normal”, su aparición en el espectáculo de medio tiempo —seguido por más de 120 millones de espectadores— desató una tormenta política. Cantando íntegramente en español y desplegando símbolos puertorriqueños y latinoamericanos, Bad Bunny desafió lo que muchos consideran el canon cultural dominante en Estados Unidos.

Bruni subraya momentos clave del show: la interpretación de temas como “El Apagón” y “Café con Ron”, la reivindicación continental al enumerar países de América tras pronunciar “God bless America”, y el cierre con la consigna “Together, we are America”. Para el autor, ese gesto amplió deliberadamente el concepto de “América” más allá de las fronteras estadounidenses, en lo que describe como una mirada decolonial que cuestiona quién define la identidad cultural del continente.

El episodio incluyó también un gesto que fue leído como mensaje antiinmigratorio contra el accionar de U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), al entregar simbólicamente su premio a un niño afectado por políticas migratorias. El contexto reforzó una narrativa que ya acompañaba al artista por sus críticas a determinadas políticas de inmigración.

Las reacciones no tardaron en llegar. Desde sectores conservadores se cuestionó tanto la elección del artista como el uso del español en el evento. El entonces presidente Donald Trump, a través de Truth Social, calificó el espectáculo como “uno de los peores de la historia”, criticando que “nadie entiende una palabra” y cuestionando su puesta en escena.

Para Bruni, la controversia revela tensiones más profundas sobre migración, idioma y representación cultural en Estados Unidos. Más que un discurso partidario, sostiene, el show funcionó como una reafirmación simbólica de identidad y pertenencia. Para amplios sectores latinos y migrantes, fue la confirmación de que su cultura puede ocupar el centro del escenario global sin renunciar a su lengua ni a sus raíces.

El cierre, con un balón de fútbol americano que llevaba la frase “Juntos, somos América” y el mensaje en pantalla “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, condensó el espíritu del espectáculo.

En la lectura de Sergio Bruni, el verdadero impacto no estuvo en una proclama explícita, sino en el hecho mismo de que Benito Antonio Martínez Ocasio —su nombre real— se presentara en el escenario más influyente del entretenimiento mundial cantando en español y reivindicando una identidad latinoamericana amplia. Ese gesto, concluye el autor, fue en sí mismo un acto político.

La columna completa de Sergio Bruni

El Conejo Malo del que todos hablan

El arte y la política siempre están conectados según el clima de época. Tanto a favor como en contra de esos climas políticos, económicos y culturales. Siempre fue así y seguirá siéndolo. Beethoven fue el músico de la Revolución Francesa porque su obra y pensamiento estuvieron profundamente alineados con los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. A diferencia de compositores anteriores que trabajaban para la aristocracia, Beethoven compuso música que reflejaba la lucha humana y el espíritu de cambio de su época. Wagner, en Alemania, era el compositor favorito de Hitler. En Argentina, Mercedes Sosa fue la voz que se levantó contra la dictadura o el emblemático festival de Woodstock de 1969, que se erigió como la gran batalla cultural contra la guerra de Vietnam.

Bad Bunny (conejo malo) dice ser, a pesar de la fama, un tipo normal, pero, los “tipos normales” no suelen estar en el centro de tormentas políticas como las que ha enfrentado Bad Bunny desde que se anunció su participación en el Super Bowl. 

Aunque evitó hacer declaraciones directas, su orgullo puertorriqueño fue evidente en cada segundo. Canciones como “El Apagón” y “Café Con Ron” sirvieron como banda sonora mientras ondeaba la bandera de Puerto Rico y decía unas palabras que quedarán marcadas: “Dios bendiga a América… ya sea Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia, Venezuela, Guyana, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México, Cuba, República Dominicana, Jamaica… Estados Unidos, Canadá, y mi patria, mi barrio, Puerto Rico, seguimos aquí”.

Bad Bunny no solo actuó por su música, sino que presentó un espectáculo profundamente enraizado en la cultura puertorriqueña y latinoamericana. Al cantar todo en español, en un evento masivo con más de 120 millones de espectadores, el show desafía normas no escritas sobre qué es “cultura estadounidense”, al poner el español y tradiciones latinas al centro del escenario.

Aunque no fue un discurso explícito sobre una política específica, el cierre con la frase “God bless America” (dios bendiga a américa) seguido por la enumeración de países de todo el continente americano y la frase “Together, we are America” (juntos somos América) se ha interpretado como una reexpansión del concepto de “América” más allá de las fronteras de EE. UU. 

Desde una perspectiva académica, esto se ve como un gesto decolonial: afirmar que la cultura y la identidad no deben definirse solo desde el canon estadounidense tradicional —incluyendo múltiples historias, lenguas y experiencias— sino desde una mirada continental.

Hubo un claro mensaje anti ICE cuando le entregó el Grammy que había obtenido apenas días antes, a un niño de 5 años que había sido detenido por las fuerzas de ICE en Minneapolis. 

El show provocó críticas desde los sectores conservadores que cuestionaron la selección de Bad Bunny por cantar en español y traer temas culturales diferentes al “mainstream americano” o “tendencia dominante” 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a través de la red social Truth Social, expresó su rechazo al show, afirmando: “¡El espectáculo del medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, uno de los peores de la historia!” El mandatario añadió que “nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo y el baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños que lo ven en todo Estados Unidos y en el resto del mundo”.

Esta reacción también reflejó tensiones más profundas sobre migración, idioma y quién “representa” la cultura estadounidense, algo que ya se venía discutiendo en torno a su persona por sus críticas previas a políticas migratorias. 

Parte de las críticas surgieron no tanto por declaraciones explícitas, sino por el contexto: un artista que habla de temas como la infraestructura de Puerto Rico (El Apagón), la migración y el derecho a pertenecer. 

Para algunos críticos, incluir estos símbolos y narrativas en un espectáculo tan masivo fue, por sí mismo, un acto político inevitable.

Para muchas personas de comunidades latinas y migrantes, el show fue una afirmación de que su cultura importa, que puede estar en el centro de eventos globales sin tener que “cambiarse” de idioma o identidad. 

Más allá de Estados Unidos, este show se leyó como un momento de orgullo continental, donde el latino, tradicionalmente marginado, se vio representado en el centro de la cultura pop mundial. El halftime show de Bad Bunny fue cultural y políticamente significativo, precisamente, porque no fue una declaración política tradicional, sino una reafirmación estética y simbólica de identidad y pertenencia.

Más que un mensaje explícito de protesta, su espectáculo redefinió quiénes son los protagonistas de la cultura contemporánea y quiénes pueden reclamar el orgullo de ser “americano” en un sentido amplio y múltiple. La energía del show fue tan fluida que todo se sintió como un día cualquiera en la vida de un artista que, a pesar de su fama mundial, sigue siendo ese “tipo normal que hace música”, como él mismo se autodefine.

Después de eso, cerró con un breve fragmento de Fotos y celebró el final lanzando al piso un balón de fútbol americano que decía “Juntos, somos América”. En la pantalla, apareció el mensaje: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.

El simple hecho de que Bad Bunny o por su nombre real, Benito Antonio Martínez Ocasio, se presentara en el escenario más importante del mundo, ya era un acto político. Su mensaje, como un artista mundialmente famoso, que canta en español y es abiertamente pro-inmigración, fue claro y contundente.

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