lunes, julio 13, 2026

Argentina – Inglaterra/ La madurez de separar el fútbol de la historia

COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe César Cattaneo. Ante la inminencia de un nuevo choque mundialista contra Inglaterra, una invitación a honrar la memoria de Malvinas desde las aulas y el compromiso ciudadano, liberando al deporte de una carga geopolítica que no le corresponde llevar.

El fútbol en Argentina nunca es un juego inocente; es un espejo que devuelve, amplificadas, las pasiones de una identidad forjada tanto en la gloria como en el dolor. En vísperas de un nuevo y crucial enfrentamiento mundialista ante Inglaterra en este 2026, la vieja cicatriz de Malvinas vuelve a latir en el pecho colectivo.

Sin embargo, el verdadero desafío de nuestra generación no es reactivar el rencor en el campo de juego, sino alcanzar una madurez cívica capaz de separar las aguas: comprender que una pelota no resolverá un conflicto de soberanía ni reparará la herida de una guerra injusta. La defensa de la patria y el homenaje a nuestros héroes no se juegan en el césped, sino en las aulas, en la participación ciudadana y en la construcción cotidiana de nuestro propio futuro.

A continuación, se presenta la columna completa de César Cattaneo (Profesor de Cs. Sociales en CEBJA y Diputado Provincial por la UCR)

Malvinas y el fútbol: la memoria y su madurez

En el marco de un mundial que ya ilusionó a todo un país, con la inminencia del próximo partido (Argentina-Inglaterra) es natural que las emociones afloren. El mundo lo sabe, y es que el fútbol, en nuestra cultura, funciona como un espejo donde se reflejan nuestras alegrías, historia, identidad y nuestras heridas más profundas.

Con un rival como Inglaterra, es inevitable llegar a Malvinas. Recordar nuestra historia y el rol que tuvieron diversos actores, y, sobre todo, el sacrificio de quienes dieron todo por nuestra soberanía. Frente a ello, es necesario realizar un ejercicio de madurez colectiva y reflexión sobre lo que genera este partido.

“…No las hemos de olvidar”, “…de los pibes de malvinas que jamás olvidaré”. No olvidar y hacer memoria son dos decisiones colectivas que Argentina decide sostener con una causa como Malvinas. Pero la memoria no tiene que ser un ancla que arrastramos y nos pesa. Una cicatriz es la prueba física de que las heridas sanan, y justamente la marca es una prueba física de lo vivido.

Pero hoy, en 2026, es necesario hacer una lectura del presente. Ser capaces de separar las aguas: un partido de fútbol no resolverá el conflicto geopolítico de Malvinas, ni nos devolverá a quienes perdieron su vida por nuestra soberanía en una guerra injusta.

Depositar esta responsabilidad en el deporte con tanta liviandad es quizás una manera de eludir el trabajo real que nos toca como sociedad. Nuestra soberanía no se defiende exclusivamente con una pelota, sino en las aulas, rememorando un 9 de julio, defendiendo la educación pública y de calidad, y participando tanto electoral como mediante cualquier otro canal ciudadano.

El desafío de esta generación es convertir el dolor en un aprendizaje estratégico. Honremos a nuestros héroes con la inteligencia necesaria para no repetir los errores del pasado, y usemos esa memoria no como una justificación del rencor, sino como el motor para construir un futuro donde seamos, de una vez por todas, dueños de nuestro propio proyecto.

Que el fútbol sea, por un momento, solo fútbol. Y que nuestra energía, nuestra inteligencia y nuestro compromiso estén volcados en lo que realmente va a cambiar nuestra realidad: el trabajo, la educación y la responsabilidad política de quienes les toca representar a nuestro país en el mundo.

Ahora, más allá de las reflexiones, somos argentinos y el fútbol nos corre por las venas. Este miércoles se define si nuestro equipo llega o no a la final de la copa. Tenemos razones de sobra para ilusionarnos: esta Selección no solo defiende un título, sino que sostiene una mística que pocos equipos en el mundo pueden igualar. Scaloni ha logrado un equilibrio táctico envidiable y contamos con un Messi que, más allá de los años, sigue siendo ese factor diferencial que puede romper cualquier estructura defensiva. Los medios del mundo nos miran con respeto, y también con miedo, porque saben que Argentina no se rinde, que tiene esa garra para sufrir en los momentos agónicos y la jerarquía necesaria para dar el golpe de gracia cuando el partido se cierra.

Si finalmente la victoria es argentina, la celebraremos como corresponde: con alegría, con orgullo y con la convicción de que el deporte puede unirnos sin reemplazar aquello que nos corresponde construir y defender como sociedad. Es necesario reconocer que la grandeza de un país no se mide solo por los títulos que levanta, sino también por la madurez con la que honra su historia y trabaja por su futuro.

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