domingo, mayo 3, 2026

UNCUYO: Entre la excelencia del pasado y la grieta política del presente

COLUMNISTAS INVITADOS. Desde su «mirada drónica», Eduardo Da Viá analiza el complejo escenario electoral de la Universidad Nacional de Cuyo, advirtiendo sobre el avance de la lógica partidaria por sobre el prestigio académico que alguna vez la distinguió a nivel mundial.

El proceso eleccionario de la Universidad Nacional de Cuyo ha entrado en su fase decisiva, y el seguimiento minucioso realizado a través de Contenidos ha permitido desglosar cada alianza, cada interna y las tensiones que subyacen en la elección de las nuevas autoridades. Sin embargo, más allá de la danza de nombres y el despliegue territorial de las agrupaciones, surge la necesidad de una pausa reflexiva que analice no solo quiénes compiten, sino qué modelo de institución se está construyendo entre las facultades y el Rectorado.

En este contexto, la pluma de Eduardo Da Viá aporta una perspectiva singular: la del «observador no participante». Con la distancia que le otorga su condición de egresado y jubilado, pero con la cercanía emocional de quien dedicó su vida a la medicina y a la docencia, Da Viá propone un análisis que él mismo denomina «drónico». Su mirada sobrevuela la coyuntura para identificar un fenómeno que parece haber permeado los muros universitarios: la traslación de la polarización política nacional al ámbito del conocimiento.

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A través de un relato que recupera anécdotas de prestigio internacional —como el vínculo histórico con el Instituto Karolinska de Suecia—, el autor confronta la meritocracia del pasado con el pragmatismo militante del presente. Su diagnóstico es una advertencia necesaria en tiempos de urnas universitarias: cuando la filiación partidaria se convierte en una condición sine qua non para la gestión, el riesgo latente es el empobrecimiento de la excelencia que siempre definió a la UNCUYO.

La columna completa del Dr. Eduardo Da Viá

Apostillas sobre las elecciones universitarias de la UNCUYO

Por Eduardo Da Viá

Ya definidas las duplas que ansían entronizarse en el poder de nuestra Universidad, mi condición de egresado, jubilado, observador no participante y apolítico, para colmo, me permite tener una visión, diría, «drónica» —si me permiten el neologismo que acabo de parir, vinculado a los drones, por cierto, en lugar del tradicional «a vuelo de pájaro»—.

Si bien es cierto que esta postura no garantiza una absoluta equidad, es seguramente la que más se le acerca. Por otra parte, voy a expresarme sobre nombres y hechos concretos que poco se prestan a los sesgos del que escriba sobre ellos.

Para comenzar, digamos que sorprende la precandidatura de cuatro duplas, dado el reducido muestreo de titulares y adjuntos que están en condiciones de acceder. Es decir que, una vez más, esa palabra que detesto, «la grieta» —pero que evidentemente grafica la realidad a lo largo y ancho de nuestro país—, se hace presente también en un ámbito tan selecto como lo es el de las universidades nacionales, supuestamente dirigidas por los mejores cerebros. Sobre esto poco disenso puede haber, dado que los colegas saben muy bien los quilates que intelectualmente calza cada uno de sus pares.

Pero la grieta, lamentablemente, no es académica sino política, cuya injerencia ha ido in crescendo a lo largo de los años. En la actualidad, hablar de un libertario o de un kirchnerista delante de un radical se toma directamente como un insulto. Lamentable pero cierto, y debemos manejarnos con certezas y no con esperanzas.

Tener una filiación política declarada y conocida no es necesariamente malo, por cuanto de cualquier agrupación pueden surgir los cerebros idóneos para los cargos en juego. Pero, a su vez, tienen la contra de la atadura que significa la feligresía y, sobre todo, lo difícil que les resultará establecer consensos con los no elegidos pertenecientes a otros partidos políticos, lo cual redunda inevitablemente en un empobrecimiento de la gestión cuando el elegido prefiere satisfacer al partido antes que a la institución que dirige.

Es de destacar que la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, tradicionalmente la más politizada, haya mostrado este año una exacerbación de los diferendos para el cargo de decano, siendo la que definió sobre la hora de cierre las duplas para el gobierno de la casa. Esto demuestra hasta qué punto la política domina por sobre los quilates académicos, dado que todo el mundo sabe quién es quién en lo intelectual dentro del claustro docente.

Otro punto clave que, en mi experiencia, nunca se tuvo en cuenta, es el hecho de que la promoción ingresante —fenómeno que sucede cada cuatro años— ignora, una vez definida la elección, cuáles serán las autoridades que habrán de tener al menos durante los primeros cuatro años de cursado.

No debemos olvidar que el estudiantado está también altamente politizado, incluso con facciones caracterizadas por la tendencia a la violencia y al accionar partidario antes que a su condición de alumno de la carrera de sus sueños. Son más que alumnos: soldados aguerridos de huestes aliadas u opositoras pero irreconciliables. De tal suerte, el futuro de la vida universitaria está por verse dependiendo de la filiación de los directivos y de los grupos mayoritarios de alumnos.

Lo malo es que, en tren de asegurarse la continuidad dentro de cuatro años, la actitud de los directivos suele ser de tolerancia hacia actitudes deletéreas por parte de grupúsculos cuyo desiderátum no es aprender sino alterar, desobedeciendo las normas conocidas de antemano para sembrar el caos, tal como nuestros distinguidos legisladores lo hacen desde el Congreso.

En realidad, son punta de lanza de un anarquismo que pretende imponerse en todos los ámbitos del país y cuyas conductas son bien ostensibles cada vez que surge una movilización en pos de mejoras salariales o de otras necesidades insatisfechas. Les asisten razones para la protesta, que por lo general se inicia pacíficamente hasta la aparición de los mencionados grupúsculos, armados y muy violentos, que obligan a la necesaria contención por parte de las fuerzas de seguridad. Pero cuando los disturbios se suceden en la intimidad del seno universitario, el manejo de los desmanes se torna más dificultoso por la sencilla razón de las jurisdicciones: la universidad es nacional y las fuerzas de seguridad provinciales no pueden tener injerencia en los conflictos. Eso lo saben muy bien los agitadores, pero por lo general procuran que los actos de vandalismo se produzcan en la vía pública para mayor resonancia de los mismos, dado que, de lo contrario, al no tomar estado público, el efecto desestabilizador es mucho menor.

Es muy triste que estas situaciones se originen en las entrañas de la Universidad y sean causadas por las irreconciliables posiciones políticas entre el mismo alumnado y el cuerpo docente, pasando ambos estamentos por encima de la razón de ser de la institución, que no es otra que la adquisición de conocimientos especializados tan necesarios para la población que los financia, y no la imposición de una franja identificatoria del color que sea.

En fin, es muy triste para los cientos de jóvenes que hace casi setenta años abrazamos con emoción y orgullo alguna de las carreras cuyas puertas nos abría la Universidad; que cursamos en paz, respetando y siendo respetados, sin que nuestros destinos estuvieran sesgados por la política, para finalmente recibirnos como profesionales en distintas áreas del saber y luciendo ufanos en nuestras solapas el escudo de la UNCUYO, destacándonos como egresados de la misma, tanto a nivel local como nacional e internacional.

Como ejemplo paradigmático de esto último, incluyo una anécdota que relato a continuación:

En el año 2002, la Universidad Karolinska de Suecia —una de las más prestigiosas del mundo, en especial en lo que a medicina se refiere— decidió ampliar sus relaciones internacionales, esta vez con América Latina. Diseñó un modo de acercamiento consistente en el envío del Decano de Currículum de la Facultad de Medicina, primero a Chile, a efectos de verificar en el terreno el modus operandi de su par chilena en lo que a calidad de enseñanza universitaria en medicina se refiere.

Allí permaneció el delegado un mes y, al final, les ofreció la posibilidad de intercambio a dos egresados y dos alumnos del último curso, financiados por el gobierno sueco. La convivencia en el país hermano le sirvió para asesorarse acerca de cuál sería la Facultad de Medicina más prestigiosa de Argentina para una experiencia similar. Nuestros colegas chilenos no vacilaron en responder por unanimidad que la mejor era la de la Universidad Nacional de Cuyo.

Para ser más escueto, el proceso se cumplió tal cual lo previsto y fuimos elegidos por el Dr. Nordstrom —apellido del delegado— los doctores Héctor Perinetti, lamentablemente desaparecido, y quien escribe estas líneas, para viajar a Suecia. Nuestra performance en el escandinavo país fue tan satisfactoria para las autoridades suecas que el sistema se perpetuó varios años y más médicos mendocinos tuvieron el honor de ser becarios del Instituto Karolinska.

Nunca nos preguntaron nuestras autoridades —quienes, en definitiva, debían dar el consentimiento a los propuestos por el Dr. Nordstrom— a qué partido político pertenecíamos. Hoy hubiese sido condición sine qua non ser de la misma bandería para acceder a la beca.

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