COLUMNISTAS INVITADOS. En vísperas del Día Mundial de la Poesía, José Jorge Chade presenta su nuevo poemario “La vida me cuenta…” y propone una mirada sobre Gabriele D’Annunzio, símbolo de una época donde arte, política y vida se entrelazaron sin límites.
En la antesala del Día Mundial de la Poesía —que se celebra cada 21 de marzo desde su proclamación por la UNESCO— la figura del poeta vuelve a ocupar un lugar central, no solo como creador, sino como intérprete de su tiempo. En ese marco simbólico de renovación y creatividad, el escritor José Jorge Chade propone un recorrido por una de las personalidades más complejas y fascinantes de la literatura europea: Gabriele D’Annunzio.
Poeta, político, esteta y provocador, D’Annunzio encarnó como pocos la idea de que la vida misma puede convertirse en una obra de arte. A través de su figura, la columna invita a reflexionar sobre el rol del artista en tiempos de cambio, en una tensión constante entre la belleza, el poder y la construcción de una identidad que trasciende la escritura.
El teto completo de José Jorge Chade
El poeta, el político y el espía Gabriele D’Annunzio
Considerando que el 21 de marzo es el día El Día Mundial de la Poesía que se celebra desde 1999, cuando la UNESCO lo proclamó con el objetivo de promover la poesía como una forma de expresión cultural, fomentar la diversidad lingüística y apoyar a los movimientos poéticos en todo el mundo. La elección de esta fecha coincide con el equinoccio de primavera en el hemisferio norte, y el equinoccio de otoño en el hemisferio sur, un símbolo de resurgimiento, preparación, renovación, crecimiento y creatividad.
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Es por ello que pensé en Gabriele D’Annunzio (1863-1938) que es el protagonista indiscutible del decadentismo italiano. Un artista total: poeta, novelista, dramaturgo, político, soldado y figura pública. Vivió según la idea de que la vida debía convertirse en una obra maestra. Su imagen, sus palabras, su hogar, sus amores: todo era espectáculo. No existía separación entre obra y vida.
D’Annunzio veía la belleza en la poesía; la belleza era sinónimo de superioridad y, por lo tanto, un rasgo privilegiado de la clase aristocrática (visión decadente). Reaccionaba contra la mercantilización y la burguesía del arte: la belleza estaba por encima de todo.
D’Annunzio buscaba la popularidad entre las masas, a las que despreciaba, comportándose como un aristócrata y viviendo según valores estéticos.
«Ciertos recuerdos bastan para perfumar un alma para siempre». (Cita de El Placer)
El vestuario del poeta hacía honor a su apodo, «animal de lujo», dotado de una elegancia y refinamiento impecables. Creó un nuevo estilo, el de la fina sastrería italiana, que sentó las bases del «Made in Italy».
Un entorno suntuoso en el que el poeta se desenvolvía como un príncipe renacentista, un ejemplo supremo y un incansable artífice de su propia leyenda. Encarnó su grandeza y suprema elegancia al vivir y decir: «Nativo, severo, reverente, modesto».
«Extraje de mí mismo al hombre que llevo dentro. ¿Cuántos pueden hacer eso?«.
Pues bien, sin entrar en detalles sobre su obra literaria en este artículo, transcribo a continuación un fragmento de su vida, tomado de El Gran Poeta de Marco Catania.

Nacido en Pescara en 1863, Gabriele d’Annunzio fue uno de los pocos escritores italianos del siglo XX que alcanzó fama europea, el último de los grandes poetas italianos capaz de erigirse como un modelo esencial. Según Eugenio Montale, todos los escritores posteriores tuvieron que «enfrentarse a él», es decir, comprender su obra.
Su refinado esteticismo lo convirtió en uno de los exponentes más renombrados del decadentismo europeo.
El esteticismo se refiere a la actitud que lleva a buscar aspectos artísticos incluso en la vida cotidiana; es decir, vivir la propia existencia como una obra de arte, siguiendo el culto a la Belleza como valor supremo, definición tomada de su novela más famosa, El Placer. El esteta se expresa a través de su producción artística, pero también a través de su comportamiento, su estilo de vida, su vestimenta y los lugares que frecuenta. D’Annunzio se abrió camino en la alta sociedad romana con un estilo de vida meticulosamente calculado, desde su vestimenta hasta sus amoríos, diseñado para despertar el interés de la prensa. Incluso los poemas y obras que publicó parecían concebidos específicamente para generar expectación. Fue, por lo tanto, el primero en Italia en comprender la importancia de la nueva comunicación de masas. Incluso a una edad muy temprana, al comienzo de su éxito, difundió la noticia de su propia muerte para conseguir obituarios en los periódicos. En las dos últimas décadas del siglo XIX, el decadentismo se desarrolló en Europa, un movimiento artístico y literario que alcanzó su apogeo oficial en 1883, cuando Paul Verlaine publicó el soneto «Languor» (Langueur) en la revista Le Chat Noir (El Gato Negro).
El término «decadentismo» tiene un doble significado: el negativo, empleado por la crítica en sentido peyorativo, refiriéndose a la nueva generación de «poetas malditos» que escandalizaban al contraponerse radicalmente a la sociedad burguesa; y el positivo, posteriormente reivindicado por los propios poetas, entendido como una nueva forma de pensar.
En el complejo panorama cultural y literario de finales del siglo XIX, el decadentismo surgió de un momento de crisis, de una decadencia social debida a la desconfianza hacia el positivismo y la ciencia. Intelectuales y escritores reaccionaron sin prejuicios. En sintonía con esta crisis, compartían la conciencia fundamental de su insalvable distanciamiento de las masas. El gran poeta francés Charles Baudelaire se sentía completamente marginado y desarraigado de su tiempo, obligado a lidiar con la nueva condición del artista que había perdido su aura poética en una sociedad que había degradado el arte a una mercancía, atribuyéndole valor únicamente por su éxito comercial. Incluso un autor como Émile Zola era consciente de esta degradación; d’Annunzio, sin embargo, parecía rechazarla, reafirmando el valor absoluto y supremo de la Belleza. El deseo de pertenecer al grupo de los privilegiados y exitosos era precisamente lo que ocultaba su negativa a reconocer la degradación social que sufría el artista en la sociedad burguesa moderna.

D’Annunzio (Sergio Castellitto) en sus últimos años en Il Vittoriale degli Italiani, un monumental palacio compuesto por un complejo de edificios y jardines que encargó al arquitecto Giancarlo Maroni en 1921.
D’Annunzio respondió con un concepto más moderno en el que el poeta era un «superhombre» en virtud de sus cualidades como esteta, un hombre refinado y mundano. El término proviene de Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos favoritos de d’Annunzio. El superhombre es a la vez un modelo de la humanidad futura y, especialmente en la idea de D’Annunzio, el individuo capaz de realizarse plenamente, siguiendo su propia ética personal, en contraposición a la sociedad.
A D’Annunzio se le llamaba «Vate», entendido como un modelo a seguir e imitar que muestra al pueblo, guiándolo como una luz, el camino correcto, ya que tiene acceso a un mundo superior a través de la poesía. La diferencia esencial radica en que el vidente es incomprendido por la sociedad en la que vive y termina convertido en un marginado, un poeta maldito, mientras que el vate logra guiar a las masas hacia el futuro.
Vida
Proveniente de una familia burguesa acomodada, D’Annunzio destacó desde la adolescencia por su extraordinaria capacidad poética. Tras terminar el bachillerato en Prato, se trasladó a Roma para matricularse en la Facultad de Letras, a la que asistió sin graduarse. Mientras tanto, vivía sus primeras experiencias románticas, marcadas por su deseo de integrarse en los círculos aristocráticos. También buscó establecer relaciones no solo con figuras literarias, sino también con pintores y músicos, con el fin de crear una obra de arte total que sintetizara las formas artísticas más importantes. Comenzó a colaborar con varias publicaciones periódicas como periodista literario y columnista social, logrando establecer contacto con la aristocracia de la capital. Durante estos años, su fuga con la duquesa Maria di Gallese, con quien d’Annunzio se casó en 1883 y con quien tuvo tres hijos, causó un escándalo. Sin embargo, en 1887, inició un nuevo romance con Elvira Fraternali Leoni, conocida como Barbara, al que siguieron otras mujeres y otros amores, como Maria Gravina Cruyllas, con quien tuvo una hija en 1893. Durante este período, se acercó a nuevas lecturas, especialmente a la filosofía de Nietzsche.
Al año siguiente, en Venecia, conoció a la gran actriz Eleonora Duse, con quien desarrolló una larga relación, en parte debido a su afinidad artística. Vivían juntos en Settignano, cerca de Florencia, en una lujosa villa conocida como «Capponcina». Estos años representaron uno de los periodos artísticos más exitosos de d’Annunzio, ya que compuso los tres primeros volúmenes de los Laudi (Maia, Elettra y Alcyone) y la novela Il fuoco (El fuego) en 1900. En 1903, escribió una de sus obras de teatro más exitosas, La figlia di Iorio (La hija de Iorio). Durante esos mismos años, también se involucró en la política, siendo elegido diputado por el partido de derecha.
Su nacionalismo, esa ideología que exalta el concepto de nación, lo convirtió en precursor del fascismo y encontró expresión concreta no solo en su intervención en la Primera Guerra Mundial, sino también en la campaña de Fiume. Esta consistió en una rebelión del ejército italiano cuyo objetivo era ocupar la ciudad de Rijeka, situada en lo que hoy es Croacia, entonces territorio en disputa entre el Reino de Italia y el Reino de Yugoslavia.

Il Vittoriale, Lago de Garda, Gardone Riviera, Brescia, Italia
En 1921, se retiró a Gardone Riviera, a su suntuosa villa conocida como «Il Vittoriale degli Italiani», un auténtico museo dedicado a su vida y obra, donde pasó sus últimos años recluido, sin renunciar a nuevos romances. Falleció la noche del 1 de marzo de 1938.
