COLUMNISTAS INVITADOS. A partir de la lectura de Fernando Bermúdez sobre Julián Marías, Domingo R. Godoy propone una defensa del pensamiento como experiencia vital: alegre, encarnada y compartida, en contraste con la erudición vacía.
En su columna “El beneficio de pensar lo que otros pensaron”, Domingo R. Godoy retoma una inquietud tan antigua como vigente: qué significa realmente pensar y para qué sirve en la vida cotidiana. Lejos de una reflexión abstracta, el autor se apoya en el trabajo del Dr. Fernando Bermúdez sobre Julián Marías para explorar el pensamiento como un oficio que exige apropiación, cercanía y sentido.
Godoy destaca la tensión entre dos modos de relación con el conocimiento: por un lado, la erudición estéril, acumulativa y desvinculada de la experiencia; por otro, un pensar vivo que se nutre de maestros, se contagia en comunidad y se orienta hacia la verdad, la belleza y el bien. En esa línea, recupera la crítica de Marías a la tristeza intelectual y reivindica la alegría como condición necesaria para un pensamiento fecundo.
La columna propone, en definitiva, una ética del pensamiento: conocer no es almacenar datos, sino encarnar ideas hasta transformarlas en criterio de vida. Así, el autor invita a sus lectores a abandonar la pasividad informativa y asumir el desafío de pensar con otros, como camino hacia una sabiduría que no solo ilumina, sino que también humaniza.
La columna completa de Domingo R. Godoy
El beneficio de pensar lo que otros pensaron
Domingo R. Godoy
Muchas veces he pensado que eso de pensar no es lo mío. Paradójicamente, y siguiendo a mi maestro Chesterton, eso ya estaba pensándolo. Y lo mejor es que otros grandes también lo habían considerado y perfeccionado. El documento sobre Julián Marías y el pensar como oficio, del Dr. Fernando Bermúdez —referido al gran escritor español— es la piedra basal que apoyará nuestra breve y modesta reflexión en la línea del pensar.
Marías es la inspiración para “matizar, distinguir y apropiar aquellos conocimientos que se han podido pensar”, dice Fernando Bermúdez (ordenándolos a la verdad, agregaría con descaro yo). En ese orden, él es nuestro calificado facilitador y cumple el rol que, entiendo, debemos asumir quienes —sin ánimo de establecer comparaciones— tenemos el atrevimiento de escribir. Nos sirvió de escalón hacia él mismo, lo cual es muy valioso, y hacia el gran Marías, que considero aún más significativo, y en ese recorrido, hacia lo bueno.
Rescatamos algunas ideas presentadas en ese documento de Bermúdez, haciendo hincapié en algunas de ellas. Una es la alegría. Señala que a Marías “le llama mucho la atención la actitud de estos intelectuales, cuyo pesimismo, hastío y desilusión —es decir, la falta de alegría— es una marca cada vez más recurrente ante el pensamiento”. Otro aspecto que destaca es el riesgo de la erudición, entendida como aquella actitud intelectual que mutila el goce ante la verdad por un conocimiento sin alma ni sentido; que suprime el pensar por el hecho de incorporar información sin orden, jerarquía ni vitalidad; que se jacta de hablar de las cosas sin llegar a saborearlas ni disfrutarlas; que baraja problemas y teorías como realidades distantes, sin arraigo ni cercanía con el pensamiento intelectual.
Es lógico, a nuestro modo de ver, que la soberbia del erudito le produzca tristeza, al no poder encontrar, alcanzar, contemplar o engrandecer lo bello.
Con el atrevimiento del autorreferenciamiento, hemos dicho que la alegría de servir del escritor es el resultado de haber estado en contacto con lo bueno, reconociendo lo positivo de compartir con otras personas y experiencias bienhechoras. Así, en mis propuestas, induzco al contagio epidérmico positivo.
Bien dice Fernando que el pensamiento, además de matizar y distinguir, implica o supone la apropiación de aquello que se va pensando o reflexionando. “Para adueñarse el pensamiento de ámbitos históricos o sociales distantes, no hay más remedio que pasar por la ejemplaridad de un pensamiento creador cercano, perteneciente a la misma sociedad en la que habita el intelectual”. Hablamos de personas —como lo hace Bermúdez— porque, al empaparse de sus saberes, uno se encarna con los autores y logra conocerlos.
Ese pensamiento, agrega, “germina a partir del maestro y su ejemplar motivación”. En este sentido afirma: “El contagio intelectual tiene sus requisitos: solo se produce en la cercanía personal o cuando hay una comunidad de supuestos”. Así, el conocimiento se profundiza e incrementa el pensamiento, porque el verbo conocer tiene un sentido mucho más profundo que el mero saber intelectual. No se trata solo de acumular información, sino de una experiencia existencial, relacional y transformadora; un conocimiento que se traduce en sabiduría y en vida nueva.
El sabio no solo acumula datos o cultura, sino que los convierte en criterio vital y prudencia. El sabio es quien sabe vivir, no solo quien conoce. Está un paso más allá que el erudito. El informado, ilustrado o culto pueden ser estados de conocimiento; sabio es un estado de juicio y de vida.
Este artículo nos permite rescatar la necesidad y la lógica de la alegría en el camino del pensar y que, al estar en las cosas, al conocer a los autores, podemos servir y avanzar hacia la sabiduría, un paso más allá de la simple erudición.
