COLUMNISTA INVITADO. A través de una mirada profunda sobre las tareas del hogar, el Dr. Eduardo Da Viá analiza las cifras de pobreza e indigencia en Argentina y el mundo, advirtiendo sobre el impacto del desperdicio de alimentos y agua.
En esta nueva entrega para Contenidos, el Dr. Eduardo Da Viá nos invita a detenernos en un acto tan rutinario como doméstico: el lavado de los platos. Lo que a simple vista parece una carga tediosa y poco reconocida dentro de la dinámica familiar de clase media, se convierte en el punto de partida para una reflexión cruda sobre la desigualdad social y la crisis de recursos que enfrentamos.
El autor utiliza la cotidianeidad del hogar para trazar un paralelismo necesario con la realidad de millones de personas que no cuentan con los medios básicos de subsistencia. Apoyándose en datos del INDEC y organismos internacionales, Da Viá desplaza el foco del «fastidio» por el quehacer diario hacia el reconocimiento de un privilegio que muchas veces pasa inadvertido: el de haber tenido algo que poner sobre la mesa.
Finalmente, la columna escala hacia un análisis sobre la responsabilidad ética frente al desperdicio. Desde el derroche de alimentos hasta la pérdida de agua potable, el texto funciona como un llamado a la conciencia ciudadana, cuestionando no solo nuestros hábitos de consumo, sino también el rol de las dirigencias frente a la pobreza estructural de nuestro país.
El texto completo de la columna del Dr. Da Viá
Lavar los platos
De las decenas de tareas rutinarias que deben ser realizadas en una casa de la clase media —mayoritaria en nuestro país—, y teniendo en cuenta una familia promedio de cuatro personas (dos adultos y dos niños y/o adolescentes), probablemente la más tediosa y menos reconocida es la tarea de “LAVAR LOS PLATOS”. Esta expresión involucra no solo el lavado de los mencionados elementos, sino de todo el resto que se utiliza para comer en el diario vivir: cubiertos, vasos, tazas, fuentes, sartenes, cacerolas, hornallas, mesada y hasta el piso de la cocina; además de manteles y servilletas cada pocos días, cuando la familia identifica cada una de estas como propiedad de los miembros en particular.
Esta labor implica, además, gastos en insumos de limpieza tales como detergente, esponjas, repasadores y escurridor, entre otros. Lavar los platos es, entonces, una tarea clave cada vez que la familia ha terminado de comer. Habitualmente es una responsabilidad tácita del ama de casa, con muy poca tendencia por parte del resto del grupo de proponer una rotación espontánea; y cuando alguien lo sugiere y la propuesta es aceptada, no falta el “pucha, tengo que hacer los deberes”, deberes que en realidad consisten en seguir adheridos a las pantallas.
Pero esta común expresión encierra un concepto clave que por lo general pasa totalmente inadvertido, en especial para los jóvenes del grupo: esa antipática tarea es consecuencia inmediata de HABER COMIDO. Esta es una actividad de privilegio que resulta una verdadera suerte —aunque el dinero devengado sea de honesta procedencia—, ya que 1.100 millones de personas en el mundo no la realizan simplemente porque no tienen para comer con regularidad. Muchos de esos millones, los que logran comer, lo hacen de una comida pobre en calorías, cocinada en un tacho y de donde comen con la mano o con algún utensilio casero símil cuchara.
Cifras del INDEC para reflexionar
Para entender la gravedad local, repasemos qué se entiende por líneas de pobreza e indigencia según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC):
- Línea de Pobreza (LP): Consiste en establecer, a partir de los ingresos de los hogares, si estos tienen capacidad de satisfacer —por medio de la compra de bienes y servicios— un conjunto de necesidades alimentarias y no alimentarias consideradas esenciales (Canasta Básica Total).
- Línea de Indigencia (LI): Procura establecer si los hogares cuentan con ingresos suficientes para cubrir una canasta de alimentos capaz de satisfacer un umbral mínimo de necesidades energéticas y proteicas (Canasta Básica de Alimentos).
En Argentina, las cifras son alarmantes: hoy hay 13 millones de pobres y 3 millones de indigentes. La pobreza en menores de 18 años oscila entre el 41% y el 55%, según las fuentes. La diferencia entre las cifras se explica porque la pobreza va disminuyendo con la edad hasta llegar al promedio global mencionado.
Antes de quejarse por tener que “lavar los platos”, conviene saber que el hambre crónica afecta a unos 673-735 millones de personas en el planeta, siendo causa de cerca de 25.000 muertes diarias, principalmente por desnutrición infantil y crisis provocadas por conflictos, pobreza y cambio climático. Además, 700 millones de personas subsisten con menos de un dólar diario.
Afortunadamente para los pobres argentinos, cuentan con los “bravos paladines gremialistas” que se lanzan a las calles a vociferar contra la pobreza. Una condición que a ellos no se les nota, dado el índice de obesidad, el número y modelo de autos que conducen y las palaciegas residencias donde viven. Esa parodia de protesta les asegura la noble tarea de integrar la cúpula sindical de donde surgen los millones necesarios para vivir como los griegos de Síbaris*.
En resumen, queridas amas de casa, agradezcan que ustedes y algunos de sus familiares deban lavar los platos cada día de su vida.
El cáncer del desperdicio
Otro tema tremendo y menospreciado es el desperdicio de comida. Según datos de la ONU, se desperdicia el 17% de todos los alimentos disponibles en el mundo; cada año se arrojan 1.030 millones de toneladas a la basura. En América Latina, se tiran 348.000 toneladas de alimentos por día.
En Argentina, según la FAO, se pierden o desperdician 16 millones de toneladas de alimentos al año. Esto equivale a casi un kilo por habitante por día, y ese desperdicio se produce mayormente en el mencionado acto de lavar los platos.
El derroche de agua
Para finalizar, debemos hablar del agua potable. En nuestro país, el desperdicio es significativo debido a deficiencias en la red y hábitos ineficientes. En áreas urbanas de Argentina, una persona consume en promedio entre 300 y 600 litros de agua por día, cuando la OMS recomienda solo 50 litros para cubrir las necesidades básicas.
Pequeñas fugas domésticas agravan el cuadro:
- Una canilla goteando: 46 litros por día.
- Un inodoro con pérdida continua: 4.500 litros por día.
- Un tanque cisterna con pérdida: hasta 15.000 litros por día.
Reitero: agradezcan quienes tienen que lavar platos cada día de su vida, pero recuerden que en ese simple acto doméstico se derrocha comida y agua en cantidades insospechadas.
* Síbaris fue una influyente colonia griega célebre por su inmensa riqueza y lujo extremo. De allí deriva el término «sibarita», referido a quien vive de forma refinada y ostentosa.

