martes, mayo 5, 2026

El arte de la «justa medida»: por qué la templanza es el antídoto contra el desborde moderno

COLUMNISTAS INVITADOS. El Prof. José Jorge Chade explora las raíces etimológicas y el valor filosófico de una virtud cardinal que, lejos de anular las emociones, busca afinarlas para alcanzar la armonía personal y la convivencia social.

En una época signada por la inmediatez y la estridencia, donde los tonos agresivos suelen imponerse sobre la comunicación reflexiva, la moderación parece haber quedado relegada al olvido. Sin embargo, la templanza no debe entenderse como una forma de pasividad o carencia, sino como una herramienta de dominio propio. Es la capacidad de regular nuestras pasiones mediante la razón para evitar que el desborde de los impulsos erosione nuestra identidad y nuestros vínculos con los demás.

A través de un recorrido que vincula la etimología latina, la historia del arte y la psicología, el Prof. José Jorge Chade invita a redescubrir la «justa medida». Su análisis propone que el verdadero desafío contemporáneo radica en aprender a «atemperar» nuestras emociones; es decir, en encontrar el equilibrio necesario para que la intensidad de la vida no se transforme en caos, sino en una armonía sostenible que nos permita habitar el mundo con calma y sensatez.

La columna completa de José Jorge Chade

La templanza, una virtud casi olvidada

«La única manera de evitar que los demás conozcan tus límites es no sobrepasarlos jamás». — Giacomo Leopardi.

La templanza, también conocida como tolerancia, es la virtud cardinal que modera los deseos, los instintos y las pasiones, asegurando el equilibrio, el autocontrol y la «justa medida» en el disfrute de los bienes materiales. Representa la capacidad de dominar las propias sensibilidades mediante la razón, esencial para una vida armoniosa. A menudo se la representa en el arte como una mujer vertiendo agua en el vino, y también agua fría sobre el agua caliente.

Algunos sinónimos y conceptos relacionados son:

  • Positivos: Moderación, sobriedad, autocontrol, continencia, templanza, frugalidad.
  • Opuestos: Intemperancia, desmoronamiento, imprudencia, exceso.
  • Filosofía: Se vincula con el término griego enkrateia (dominio sobre uno mismo).

Uso y áreas

  • Vida cotidiana: Practicar la templanza en la alimentación, la bebida y el uso limitado de la tecnología (teléfonos inteligentes y computadoras).
  • Ética y psicología: Dominar la agresividad y las pasiones, actuando con calma y sensatez.
  • Arte e iconografía: La pintura La Templanza de Piero del Pollaiolo muestra a una mujer mezclando agua caliente y fría, símbolo de equilibrio.

Significado cultural

En la antigüedad y en la teología cristiana, la templanza no se considera una privación, sino un «acto de fortaleza» que organiza la vida interior. Se considera necesaria para una actitud ética y mesurada ante la vida.

Templar = tem-pe-rà-re (I tem-pe-ro) Significa mitigar, moderar; armonizar, regular; afilar, enfatizar.

Etimología: Palabra culta derivada del latín temperare, que propiamente significa «mezclar en la medida justa», derivado de tempus, que significa «tiempo».

«Veo que las buenas noticias han moderado tu rigor». El problema es que uno de los usos más significativos estadísticamente de «temperar», capaz de darnos una idea aproximada de su uso general, resulta muy engañoso con respecto al significado global del verbo; y es una lástima, porque posee una gracia y versatilidad asombrosas, ampliamente exploradas a lo largo de nuestra experiencia lingüística.

Cuando afilo un lápiz, lo afilo, lo hago afilado, y tenemos sacapuntas. Pero este es un resultado muy específico comparado con un significado más amplio: uno que une la témpera con la que pintas, el clavecín bien temperado, la temperatura, la templanza, la témpera actual, el temperamento que demuestras y todo lo demás relacionado con el templado. No es poca cosa.

Temperanza, de Piero del Pollaiolo (1470), intenta miscelar agua calda e fredda, según la iconografía común a otros dipintos. Combinar en las proporciones adecuadas: esta es la témpera original, la latina, que, sin embargo, ya se despliega en una cascada de significados específicos que, a partir de esta combinación —inicialmente referida al vino mezclado con agua—, se convierten en mitigar y regular (el vino de la época se elaboraba mediante un proceso diferente, que aumentaba considerablemente su contenido alcohólico, y nunca se bebía puro).

La témpera se diluye, el instrumento musical se regula (o mejor dicho, se afina), el equilibrio entre calor y frío determina la temperatura, la templanza es la virtud de la moderación y el control, la témpera es el clima, el templado modera rápidamente la temperatura del metal incandescente fortaleciéndolo, y el temperamento es, entre otras cosas, un conjunto complejo de rasgos.

Dadas estas premisas y esta breve exploración de la deducción y la inducción, la moderación se nos presenta en todo su esplendor. Es precisamente el sentido de la proporción el verdadero invitado de piedra en el banquete de las relaciones sociales de nuestro tiempo. Los tonos agresivos se imponen a la comunicación moderada e interlocutoria, del mismo modo que los arrebatos dominantes se imponen a la capacidad de controlar la turbulencia del alma.

Esta parece ser la percepción más común, como si se hubiera convertido en una actitud predominante en nuestra forma de presentarnos, de la que nos percatamos especialmente cuando la experimentamos, hasta el punto de generar ansiedad y temor. No se trata solo de un problema contemporáneo, sino más bien de un modo de expresión recurrente en la naturaleza humana, casi un elemento constitutivo y ontológico de su complejidad estructural, compuesta de impulsos y racionalidad, de sentimientos y estados de ánimo contrapuestos.

Hablamos de la templanza que Cicerón definió como el dominio firme y moderado de la razón, el control de las pasiones y la justa medida de todas las cosas. ¿Es una actitud que heredamos de una buena educación o que desarrollamos mediante nuestras decisiones y convicciones internas? Ambas son ciertas. La cuestión reside en si esta capacidad de ejercer control y moderación, así como de poseer autocontrol y sentido de la proporción entre las consecuencias de nuestras acciones y sentimientos y las circunstancias de la vida, es útil, posible y relevante.

No debemos, ni podemos, ignorar el valor positivo y enriquecedor de las emociones y la amplia y sorprendente gama de sentimientos. Una vida desprovista de emociones es una vida sin sentido, vacía e insignificante. Pero una existencia dominada exclusivamente por emociones e impulsos, por excesos, nos alejaría de ese estado de equilibrio, calma y racionalidad que nos permite establecer una identidad positiva, estable y reconfortante en el universo de las relaciones interpersonales.

Sentimos la necesidad, y en cierto modo incluso el deber, de moderar las formas y circunstancias de nuestras expresiones y —aún más— de practicar la buena regla del respeto a uno mismo, para evitar esas «desorientaciones» internas que producen tensión, duplicación, frustración y sentimientos de culpa. Controlar adecuadamente los impulsos, manteniendo en la medida de lo posible una sensación de paz interior y ofreciendo a los demás el respeto que merecen, podría ser una solución honesta y sensata.

Además de buscar la armonía espiritual y el equilibrio interior, vivir con sentimientos y emociones significa «atemperar», precisamente, esa mezcla de tensiones, tonos exagerados, arrebatos e instintos desmedidos en la búsqueda del autocontrol y la sobriedad. La característica distintiva de una persona templada es la discreción como autoimagen y forma de presentarse, un símbolo de un estilo de vida personal centrado en la moderación.

Quien pierde de vista este valor agregado demuestra una falta de esa capacidad de dirección, a veces firme y resuelta, a veces suave y discreta, que gobierna lo interior y lo exterior, la emoción y la imagen, el ser y la apariencia. La virtud de la templanza consiste, por lo tanto, en la capacidad de modular y equilibrar el claroscuro, los matices, los timbres, los tonos y los registros de ese flujo de emociones, sentimientos, comportamientos y estados de ánimo con los que interactuamos incesantemente con el mundo de las personas, buscando dentro y fuera de nosotros mismos la medida justa de armonía sostenible.

Fuente consultada: Francesco Provinciali, ensayista, editorialista y columnista, Start Magazine, Roma, 2025.

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