HOMENAJE. Hace dos años moría el profesor Sergio Zanier, un ícono de la enseñanza universitaria, filósofo nacido en Italia pero muy arraigado en la Argentina. ¿El más querido por sus alumnos? ¡Que lo digan ellos compartiendo esta nota en redes sociales!
Un día como hoy, pero en 2024, nos dejaba Sergio Zanier.
Gran tipo, frontal, picante, gracioso. Docente de Filosofía y culTor de la materia, además, que es mucho más.
Le llamamos muchos como «El Merlí mendocino» en alusión a la serie española en donde un docente -en aquel caso de Secundaria- se involucraba afectuosamente n los problema de sus alumnos para ayudarlos y para hacerles salir adelante.
Por suerte (por acción) hay archivo de sus dichos y memoria, con una serie de videos preparados en su departamento para el diario Memo, a sus 83 años.
Sergio Zanier, el italiano que llegó en su adolescencia a Mendoza, en 1951, y se transformó con el paso del tiempo en el más aplaudido docente de filosofía en las carreras de Derecho de la UNCUYO y en la Universidad de Aconcagua, le antecede en todo: en el hecho mismo de arengar a los alumnos a aprender a pensar con sentido crítico por sí solos y también, a recoger su siembra de empatía, humor, vehemencia y pasión racional, que caracteriza al docente de la ficción y al real.
Pero como hay pocos que no hayan visto la serie, sirve para parangonar a Zanier como el «Merlí» argentino, un inmigrante italiano que vive en Mendoza, que se agrega un año cada vez que puede («Estoy por cumplir 84… ¡84!») reafirmó, con contundencia cada vez que pudo a lo largo de la charla.
Su memoria estaba intacta, y va más allá: no lo condiciona el uso de la tecnología a la que la mayoría ya le ha entregado la tarea de recordar cumpleaños vía Facebook, o números telefónicos desde el directorio de un celular. No manejaba siquiera el correo electrónico. Ajeno a todo eso que critica aunque evita demonizar, era uno de los pocos que caminaba sin mirar para abajo, teléfono en mano y que prefería «mirar a los ojos a las personas para adivinar qué piensan sobre lo que estamos hablando», según le contó a Memo en su casa, un departamento con cama, cocina y libros en Godoy Cruz.
Allí continuaba en los espacios comunes de edificio y en las cuadras circundantes la tarea iniciada en las aulas. En una breve caminata, le gritarán desde arriba, desde enfrente, se oirán saludos desde la esquina, a su paso, le harán una broma desde la entrada, le reclamará con una lista de improperios cariñosos al portero y un joven relacionista público y cronista, Agustín, lo atenderá desde la ventana de su casa/estudio, simulando una entrevista, todo, en cuestión de minutos:
política y su rol de inmigrante"/>Usaba el Metrotranvía que para en las inmediaciones de su casa para ir al Centro. Vivía y se movía solo (un tiempo después, fue alojado en una casa de acogida por la falta de movilidad). Divorciado y separado varias veces tuvo una hija, Pupi y tres nietas, que son de Boca. «A mis 13 años me preguntaron de qué club era hincha, apenas llegué a la Argentina. ¡No tenía idea! Entonces, pensé en la iglesia de mi pueblo, en Udine, Italia, y dije: ‘San Lorenzo'». Por suerte, había un equipo aquí con ese nombre, atinó, y los colores no lo abandonaron jamás. Hasta un cordel azulgrana que compró en La Alameda bordea el perchero de pared en donde cuelga y descuelga sus abrigos, según dicte el estado del tiempo.
Precisamente esa iglesia, en la Italia más germana y cercana a Austria, en el Friuli, es testigo de una contraseña que sólo él y su hija, hasta hoy, sabían que quedó marcada. Es que antes de dejar sus afectos, alegrías y pesadumbres de la niñez junto a sus padres para partir a «hacer la América», buscó en donde dejar una marca de recuerdo para volver a verla en un potencial regreso. Pensó que si lo hacía en su casa, podría perderse al pasar de mano en mano. Por eso eligió el altar de la iglesia. Detrás, su enorme estructura de madera, tiene impresas sus siglas. Hace poco volvió. Allí estaba la marca que dejó hace 70 años. Tiene un collage con las fotos de aquel viaje sobre la pared, que exhibe como único trofeo aceptado, después de tantos triunfos anónimos que ha protagonizado al conseguir que sus alumnos sepan de Filosofía, sin más que ejerciendo su máxima: preguntar, preguntarse, formular interrogantes:

No recibe mensajes por SMS ni WhatsApp. Tampoco consulta internet: va a los libros o a la memoria, que de tanto ejercitarla, mantiene musculosa, dinámica. Así, es probable que nunca lea esta nota o tal vez alguien se la cuente, del mismo modo en que manda artículos a los diarios y alguien después se lo comenta, con lo que da por cumplida su misión y verificado el rating de su análisis sobre tal o cual tema, sobre los que suele ser puntilloso, pero directo: sin meandros dialécticos.
Mejor entonces hablar con él. Sabe hacerlo. Conoce cómo mantener durante horas atento a un interlocutor, atrapado y sin ganas de cortar esos momentos.

Empezará emocionado, recordando cómo Eva Perón lo ayudó a echar raíces en Argentina. Contará su pasado como hijo de partisanos, llevando mensajes debajo de su gorra, de niño, a los antifascistas por esas montañas que «me conocía de memoria». Su militancia comunista lo llevó a discutir frente a frente con los grandes dirigentes del país y Mendoza y luego, con la democracia recuperada, tras haber sido «aguantado» por la mueblería de Grosso y Gravina como «maderero pragmático», tal como define su etapa de carpintero -de la que el fotógrafo Daniel Barraco dejara gran testimonio con una foto que dio la vuelta al mundo- se sumó al radicalismo, al que creyó más intérprete de su espíritu republicano e institucionalista.
Mejor, escucharlo:
Con un libro sobre su pueblo de origen sobre la mesa, Zanier se dispone a afirmar su preferencia por los sofistas griegos. «Los filósofos griegos nunca me entusiasmaron demasiado», confiesa y lanza su propio canon sobre desde dónde abordar la Filosofía. «Prefiero a los sospechados», dijo:
La foto que le tomara el gran fotógrafo Daniel Barraco lo muestra en su meridiano, a los 35, en la carpintería. Refugiado allí por sus ideas que combatía la dictadura, la foto sin embargo lo mostró al mundo, porque ganó un concurso e integró un libro junto a la de otros obreros en acción, que fue editado en Suecia y traducido al inglés y el japonés. Zanier lo muestra y se emociona al recordar a sus protectores de un tiempo oscuro, a quienes cree, les debe la vida:
Siempre empezar de nuevo, esa pasión argentina. En la serie «Sostiene Zanier», diálogos con el profesor de Filosofía Sergio Zanier, abordamos el tema. ¿Por qué esa pasión por pedir primero que se vayan todos y después no aceptar a los nuevos? ¿Por qué los nuevos muchas veces terminan siendo peores que los viejos?
Una Argentina siempre en el mismo lugar, «pedaleando en el barrio», y la metáfora que surge del diálogo: la necesidad de hacer adobes que construyan algo nuevo justamente con ese barro.
¿En qué momento está la Argentina, a 20 días de cumplirse 20 años del «que se vayan todos» del 2001? Para el profesor de filosofía Sergio Zanier, «estamos en un momento peor» que aquella fecha paradigmática.
Desde su punto de vista, «en aquel momento había gente pensante en las dos grandes fuerzas nacionales, el peronismo y el radicalismo. Ambos, con las diferencias entre uno y otro que son fundamentales, sobre todo en el tema del amor a la república y el respeto a las instituciones por un lado; por el otro, un inquilinato que no ha respetado eso e invita a cometer errores a todos aquellos seguidores que tiene, sobre todo con el tema de comprarles la consciencia, de comparles el voto», analizó.
Al respecto abundó su parecer en torno a que «la gente toma la plata y hace lo que quiere con el voto».
Para Zanier, «las últimas elecciones nacionales de hace no muchos días, demuestran realmente que hubo una alerta al Gobierno para que piense en cómo reencaminar, cómo abrirlas puertas para que haya una especie de encuentro de debate de verdad».
«El Gobierno -sostuvo- es el kirchnerismo, Cristina (Kirchner) es una referente importante en todo esto. Es una de las personas más inteligentes que tiene el país, sabe de qué se trata, sabe qué hace, sabe a dónde apunta, sabe cuáles son las necesidades del país y sus necesidades personales».
Relató de la siguiente forma, como puede oírse en el video: Como sabe eso, «las injerta, una con otra; las necesidades del país con las propias y hace de eso una ideología, que es parte de un inquilinato nuevo que tiene el peronismo».
La serie «Sostiene Zanier» nos ha permitido frenar, levantar la vista y, sobre todo, escuchar. Acostumbrados a movimientos en contrario a esto, avanzamos repitiendo como loros lo que los algoritmos nos indican.
El profesor de filosofía Sergio Zanier no es solo testigo del tiempo y de la historia, próximo a cumplir 84 años de lucidez, criticismo y debate permanente con generaciones hacia arriba y hacia abajo de su parámetro personal. Es protagonista de esta historia que le tocó vivir, además.
Los videos que reflejan las largas horas de charla en su departamento/estudio han despertado inquietudes y, con ello, la misión se da por iniciada, pero no por cumplida.
Propone mirarnos a los ojos para discutir y hablar. No demoniza a la tecnología pero nos advierte que pueden condicionar con fuerza nuestra independencia de pensamiento. Y deja mojones plantados para señalizar los momentos en que la política y la sociedad cometen infracciones sin haber sido antes detectadas por el sonambulismo social.
Así, habla de los actuales dirigentes políticos como «inquilinos de ideas» y no como sus dueños, creadores o impulsores. Los relega a un rol secundario y con escaso protagonismo propio, sino solo como intérpretes de ocasión de lo que otros fundaron. Eso, dice en uno de sus diálogos que pueden repasarse más abajo, genera «una crisis de futuro».
Da cuenta en su análisis de una pulsión argentina (frenética y contradictoria, que no da resultados positivos) por lo joven y lo nuevo y, con ello, hace referencia a la «cultura del descarte», dicho de otro modo, tal vez basándose en su analógica forma de pensar, sin influencia de la internet que no tiene, ni pensando en los likes o retuits que recibiría en las redes sociales que no maneja.
Pero el Zanier protagonista pasó por la función pública, además de haber dejado huella en las aulas de la UNCuyo y Del Aconcagua. Lo hizo justamente para atender a uno de los temas más cruciales: la infancia, la adolescencia; el momento en que el ser humano se forma y carga su energía para ejercer como adulto.
Lo cuenta en este último video y, a la vez, nos permite recordar que «Merlí», aquel empático profesor de Filosofía de la serie que vimos por Netflix y que nos emocionó, tiene un antecedente en Argentina, que es real y no parte de la ficción del streaming, que nació en Italia, emigró y ahora vive en Mendoza.
