El cruce entre Arturo Lafalla y Martín Kerchner expone mucho más que una diferencia de diagnósticos: pone en juego la memoria política de Mendoza. Mientras el exgobernador intenta instalar la idea de una provincia “desnuda”, la respuesta del senador radical le devuelve el espejo y reabre el debate sobre las responsabilidades del pasado y la legitimidad de ciertas voces para dar lecciones en el presente.
Hay metáforas que, cuando se usan mal, terminan volviéndose en contra de quien las invoca. Arturo Lafalla apeló a la conocida fábula del rey engañado por sastres para describir a una Mendoza supuestamente “desnuda” en términos institucionales y económicos. Pero la respuesta del senador Martín Kerchner no solo desarma esa construcción: la devuelve con una precisión quirúrgica y la reubica en el lugar que la historia le reserva.
Porque si de desnudez se trata, el problema no es quién la señala hoy, sino quién dejó al rey sin ropa en primer lugar.
El oportunismo del “niño que grita”
Lafalla intenta pararse en el rol del niño valiente (y por lo tanto, puro e inocente) que dice lo que otros callan. Se apoya en opiniones de figuras respetadas para construir un diagnóstico grave: una Mendoza con instituciones degradadas, sin controles eficaces y con un manejo cuestionable de recursos clave como el agua.
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El recurso literario es efectivo. Pero también es cómodo. Porque el exgobernador no habla desde afuera del sistema ni desde una posición ingenua. Habla desde la historia política de una provincia que él mismo ayudó a conducir en una etapa donde, como recuerda Kerchner, se tomaron decisiones que dejaron consecuencias profundas.
Ahí es donde la metáfora empieza a resquebrajarse.
Kerchner no entra en la discusión abstracta ni se pierde en analogías. Hace algo más incómodo: trae memoria. Y en política, la memoria suele ser el antídoto más eficaz contra los intentos de reescritura.
El senador pone sobre la mesa hechos concretos: el deterioro de herramientas clave como los bancos provinciales, el desorden fiscal, la expansión estatal sin sustento, el uso discrecional de recursos y la falta de planificación estratégica durante años de gestiones justicialistas.
Puede ser también -conociendo a los bueyes con los que estamos arando- un contraataque retórico. Pero también es un cambio de eje. La discusión deja de ser si hoy Mendoza está “desnuda” y pasa a ser quién la desvistió.
El punto más fuerte de la respuesta de Kerchner es político, no técnico: cuestiona la autoridad moral de quien critica. Y eso a Lafalla le hace mella, porque ha intentado toda su vida reescribir la historia de aquel que gobernó Mendoza y, aun, de sus compañeros del «Equipo de los mendocinos», en donde José Octavio Bordón evolucionó y logro colocarse por encima de los partidos, Rodolfo Gabrielli siguió activo hasta anteayer, no más, ocupando cargos en los gobiernos que lo convocaron, mientras que Lafalla se quedó esperando una reivindicación histórica que no le llega, por más que haya creado hasta un diario para florearse.
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El asunto es que no se puede —o al menos no sin dar explicaciones— erigirse en defensor de la institucionalidad después de haber sido parte, o haber guardado silencio, en etapas donde esas mismas instituciones se debilitaron.
Ese señalamiento es clave. No niega que haya problemas actuales, pero pone en duda la legitimidad del mensajero.
Y en ese cruce, Lafalla deja de ser el niño de la fábula para quedar más cerca de otro personaje: alguien que, viendo el resultado de lo que ayudó a construir, ahora intenta despegarse con una frase ingeniosa.
La desnudez incómoda
Kerchner va más allá y amplía el foco, en su afán por defender a su soporte político, Alfredo Cornejo: no se trata solo de Mendoza, sino de un modelo nacional que durante años promovió desequilibrios fiscales, inflación, presión tributaria y pérdida de incentivos para producir.
Según su planteo, muchos de los que hoy levantan la voz no solo fueron parte de ese proceso, sino que lo acompañaron o lo toleraron sin mayores objeciones.
Ahí aparece la “verdadera desnudez” a la que alude: no la de una provincia actual con dificultades —que nadie niega— sino la de una dirigencia que ahora pretende hablar como si no tuviera pasado.
Entonces, la intervención de Kerchner no es simplemente una réplica. Es una frenada de carro en toda regla.
El debate es válido, incluso necesario, pero exige coherencia y memoria. No alcanza con frases efectistas ni con metáforas bien elegidas si no hay un reconocimiento del propio recorrido político.
En ese sentido, la discusión deja una enseñanza más amplia: en tiempos donde muchos intentan reconfigurar su imagen pública, la historia sigue siendo un terreno difícil de esquivar.
