viernes, agosto 7, 2026

¿La poesía nos protege?

COLUMNISTAS INVITADOS. En una nueva columna para reflexionar sobre la condición humana, el escritor José Jorge Chade explora la naturaleza inefable de la poesía como un refugio frente al caos, el dolor y la soledad. A través de un recorrido que entrelaza la memoria, la trascendencia y la mirada de San Agustín sobre lo indefinible, el autor sostiene que el acto poético no busca retratar la realidad tal como es, sino reinterpretarla y revestirla de símbolos para darle voz al alma.

Sí, así es, la poesía protege el espíritu humano. Es como un refugio del dolor, de la soledad y del caos del mundo real. La poesía cotidiana, desde la voz hasta el duelo, crea un espacio seguro entre las palabras, uniendo a las personas en un sentimiento único, íntimo y sin pudor. Algo que debe protegerse y respetarse, pero que al mismo tiempo se entrega extendiendo una palabra y una mano entre uno mismo y los demás, impulsados ​​por el deseo de compartir un destino común. La poesía es una revelación hecha de palabras que expresan la fragilidad humana, pero que también saben vestir el cuerpo desnudo restante con una prenda que reconforta y calienta. En la poesía aparece la memoria de lugares, personas y también momentos que emergen como una memoria compartida, no solo autobiográfica sino también individual. La tarea del poeta es precisamente dar cabida a la conexión entre uno mismo y sus orígenes, cuyo motor secreto reside precisamente en el intento constante de dar voz a la propia alma sin descuidar la de la tierra. 

A San Agustín le preguntaron una vez: ¿Qué es el tiempo? El obispo de Hipona respondió: Sé lo que es, pero si me pides que te lo explique, no lo sé. En muchos sentidos, lo mismo podría decirse de la poesía.

La frase de Agustín puede parecer paradójica, pero expresa un concepto relacionado con la inefabilidad. Con aquello que se siente, se percibe, se experimenta, pero que, al ser llevado a un nivel de conciencia, percepción y teorización, resulta impalpable, esquivo a la definición.

Sabemos que definir es establecer límites, delimitar un territorio, y donde hay límites, también están las Columnas de Hércules, que no deben cruzarse, y que, en realidad, como los límites y las fronteras, están hechas para ser cruzadas, al menos desde que el hombre existe sobre la faz de la Tierra: siempre ha tenido en sí mismo el impulso de cruzar y de trascenderse a sí mismo.

Todo esto para decir que la poesía debe tener el valor de adentrarse en un campo —la definición de la poesía— que ya de por sí es una operación contradictoria, pues la poesía es indefinible por definición, valga la redundancia, porque pertenece al reino de lo inefable, intolerante a los límites y la finitud, y que escapa a cualquier intento de definición.

Se puede decir de la poesía lo mismo que del Espíritu: sopla donde quiere (y añadiríamos: cuando quiere); la poesía, pero también el arte en general, y en última instancia la ciencia, se ocupa de la chispa de lo divino y del anhelo de trascendencia, consciente o inconsciente, que reside en el ser humano. Y desde los poemas homéricos, donde el poeta recurrió a las Musas, que en última instancia eran diosas, y al invocarlas esperaba que la inspiración que emanaba de ellas lloviera sobre él o inflamara su alma.

Estoy convencido de que un texto poético , desde mi punto de vista, nunca alcance su “culminación”, pero quizás sea yo que entrelazo la poesía con los hechos de la vida y no tengo puntos fijos de partida y tampoco de llegada. La concibo como una obra en construcción abierta, explorando el lenguaje y la forma, buscando maneras de adoptar un estilo propio, etc. 

Para el poeta, la realidad en sí misma tiene poco interés. Lo que le interesa es revestirla de símbolos, reinterpretarla. Por eso la poesía «realista» (política o de cualquier otro tipo) carece de sentido: porque al poeta no le interesa la realidad tal como es. Siempre la ve a través de los símbolos que crea.

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