viernes, julio 17, 2026

La libertad como construcción histórica: del autogobierno griego a los desafíos del siglo XXI

COLUMNISTAS INVITADOS. Entender la libertad no como una consigna simplista, sino como un complejo andamiaje moral, institucional y económico edificado a lo largo de dos mil años. Una profunda columna de Rubén de la Llana que repasa los aportes de la filosofía, el constitucionalismo de Alberdi y la doctrina social para pensar el futuro de Mendoza y el país.

En tiempos donde los debates políticos suelen reducir conceptos complejos a lemas de trazo grueso, detenerse a observar el origen de nuestras ideas fundamentales se vuelve una tarea indispensable. La libertad, lejos de ser un concepto estático o una verdad evidente surgida de la nada, es en realidad el resultado de un largo y sinuoso aprendizaje de la humanidad. Desde la democracia de los griegos y la templanza interior de los estoicos, pasando por la revolución moral del cristianismo y los límites al poder de la modernidad, cada época histórica fue añadiendo capas de sentido a una tradición que hoy sostiene nuestra arquitectura moral e institucional.

En esta lúcida columna de opinión, Rubén de la Llana, presidente de la Fundación Alberdi, traza un recorrido exhaustivo por esta evolución intelectual. Con especial énfasis en el pensamiento constitucional de Juan Bautista Alberdi —quien tempranamente advirtió que la libertad no brota de un «sablazo» sino de la civilización— y en la síntesis que ofrece la Doctrina Social de la Iglesia frente al individualismo absoluto, el autor nos invita a reflexionar sobre una libertad madura. Una perspectiva que, según argumenta, encuentra en la cultura del trabajo y la asociatividad de Mendoza un terreno fértil para consolidar ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos, dentro de un Estado que acompañe sin absorber.

La columna completa de Rubén de la Llana

La Libertad, un largo aprendizaje 

Desde el autogobierno de los griegos hasta los derechos, el constitucionalismo, el mercado y la subsidiariedad, la libertad fue adquiriendo capas que hoy forman una tradición moral e institucional.

La libertad parece hoy una idea evidente. La invocamos para defender derechos, limitar al Estado, elegir un proyecto de vida, trabajar, comerciar, expresarnos o participar en política. Sin embargo, esta amplitud es el resultado de una historia intelectual muy larga. Occidente no recibió un concepto terminado de libertad: lo fue descubriendo, corrigiendo y ampliando durante más de dos mil años.

Los griegos dieron el primer paso. Para ellos, ser libre significaba, en primer lugar, no ser esclavo y participar en la vida de la ciudad. La libertad tenía una dimensión política: el ciudadano libre no vivía sometido al arbitrio de un amo. De forma contemporánea lo filósofos descubrieron algo más profundo. Sócrates, Platón y Aristóteles comprendieron que un hombre podía ser jurídicamente libre y, sin embargo, vivir dominado por sus pasiones. La libertad empezó a relacionarse con el gobierno de sí, con la razón y con la virtud. No bastaba con poder elegir; era necesario aprender a elegir bien.

Los estoicos (Zenón de Citio, Séneca, Epicteto, Marco Aurelio) realizaron otro avance decisivo. En un mundo de imperios, guerras y jerarquías, enseñaron que existe una libertad interior que ninguna circunstancia exterior puede eliminar por completo. El hombre no controla todo lo que le ocurre, pero puede gobernar su juicio y su respuesta. Al mismo tiempo, la idea estoica de una razón universal ayudó a afirmar que todos los seres humanos participan de una dignidad común, más allá de su ciudad, origen o condición social.

El cristianismo profundizó esa revolución. La persona dejó de valer únicamente como ciudadano, miembro de una clase o pieza de un orden político. Cada ser humano fue concebido como creado a imagen de Dios, dotado de conciencia y responsable de sus actos. La libertad adquirió una dimensión moral y espiritual: no consistía solamente en liberarse de una dominación exterior, sino también del pecado, del egoísmo y de aquello que impide amar el bien.

San Agustín mostró la complejidad de una voluntad capaz de querer y, al mismo tiempo, encontrarse dividida. Santo Tomás de Aquino integró la herencia griega y cristiana: la libertad no es indiferencia ante cualquier opción, sino capacidad racional para dirigirse hacia bienes verdaderos. La ley, en consecuencia, no es simplemente la orden del más fuerte. Debe ser una ordenación de la razón al bien común.

La Escuela de Salamanca llevó estas ideas al terreno social, durante el Siglo de Oro Español, porque se habían convertido en la primera potencia global. Entre los siglos XVI y XVII, sus autores discutieron la legitimidad de la conquista, los derechos de los pueblos indígenas, los límites del rey, la propiedad, los contratos, el precio, el dinero y los impuestos. Allí comenzó a delinearse una intuición fundamental: la autoridad política está sometida a una justicia anterior y no puede disponer ilimitadamente de las personas o de sus bienes.

La modernidad añadió nuevas capas. John Locke planteó en sus textos los derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad y entendió que el gobierno existe para protegerlos. El barón de Montesquieu advirtió que el poder debía dividirse para que nadie pudiera ejercerlo sin control. Adam Smith mostró que la cooperación social no necesita ser organizada enteramente desde arriba: el intercambio voluntario, la especialización y los precios permiten coordinar millones de decisiones dispersas.

Alexis de Tocqueville agregó una advertencia que conserva plena actualidad. Una democracia puede respetar las formas electorales y, sin embargo, caer en una tutela suave que acostumbre a los ciudadanos a delegar sus responsabilidades. Lord Acton resumió el peligro de la concentración: todo poder necesita límites porque incluso las mejores intenciones pueden corromperse.

En la Argentina, Juan Bautista Alberdi convirtió esta tradición en proyecto constitucional. Después de décadas de guerras civiles y caudillismo, comprendió que la libertad necesitaba instituciones, población, educación, trabajo, capital y apertura. La Constitución debía organizar un gobierno capaz de dar seguridad, pero incapaz de apropiarse de la sociedad.

Alberdi comprendió tempranamente que la libertad no surge de una ruptura política aislada y nos advirtió que “la libertad no brota de un sablazo. Es el parto lento de la civilización”. Una revolución puede conquistar la independencia exterior; la libertad interior exige inteligencia, trabajo, moralidad, instituciones y costumbres compatibles con el gobierno de uno mismo. Para él, la libertad económica no era un asunto secundario: trabajar, comerciar, contratar y usar la propiedad eran formas concretas de independencia personal.

En el siglo XX, la Escuela Austríaca explicó por qué una economía libre es también una arquitectura del conocimiento. Mises mostró que sin precios reales resulta imposible calcular racionalmente el uso de los recursos. Hayek destacó que la información está dispersa entre millones de personas y que ningún planificador puede reunirla completamente. Kirzner recuperó el papel creativo del empresario, que descubre oportunidades, coordina recursos y transforma necesidades en proyectos.

La Doctrina Social de la Iglesia, desde Rerum Novarum hasta Magnifica Humanitas, ha aportado un contrapunto indispensable que, en sus principios esenciales, es compatible con la tradición liberal, siempre que esta no se confunda con un individualismo absoluto. Reconoce el valor de la libertad económica, la propiedad privada, la iniciativa personal, la libre asociación y los límites a un Estado absorbente; pero recuerda que ninguna de estas libertades agota la libertad humana ni puede separarse del bien común.

La propiedad tiene una función social que opera a través de los intercambios libres; el trabajo no es solo una mercancía, es también la herramienta fundamental de la persona para actuar en sociedad; la empresa debe servir a personas reales, buscando ofrecer el mejor producto al mejor precio, en competencia y ausencia de privilegios. Los principios de dignidad, bien común, solidaridad y subsidiariedad permiten articular libertad y responsabilidad y evitar dos extremos: un individualismo indiferente y un Estado que, con el argumento de ayudar, sustituye permanentemente la responsabilidad de las familias, las asociaciones y las comunidades.

Este recorrido muestra que el concepto de libertad no evolucionó de manera lineal ni inevitable. Cada generación agregó una dimensión y también produjo excesos que debieron ser corregidos. Los antiguos recordaron el autodominio; el cristianismo, la conciencia y la dignidad; el constitucionalismo, los derechos y los límites; el mercado, la cooperación descentralizada; la doctrina social, la solidaridad y la subsidiariedad.

Por eso, reducir la libertad a una sola consigna empobrece su significado. No es únicamente que el Estado nos deje en paz, aunque ese límite sea esencial. Tampoco es que el Estado nos proporcione todas las condiciones de una vida buena, porque entonces la libertad corre el riesgo de convertirse en dependencia. Una sociedad libre necesita derechos, virtud, propiedad, justicia, moneda sana, educación, cuerpos intermedios y una cultura de responsabilidad.

Mendoza posee una tradición de trabajo, ahorro, asociatividad y esfuerzo privado que puede comprender especialmente bien esta visión. Su futuro no depende solo de nuevas leyes o inversiones, sino de conservar una cultura en la que el ciudadano, la empresa, el municipio y la comunidad asuman responsabilidades propias, dentro de reglas estables y de un Estado que acompañe sin absorber.

La libertad, entonces, no fue descubierta una vez y para siempre. Es una conquista intelectual, moral e institucional que cada generación debe aprender nuevamente. Su fórmula más madura podría expresarse como personas capaces de gobernarse, comunidades capaces de cooperar y poderes limitados que no deben pretender gobernarlo todo.

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