Más accesibles de lo que el imaginario dicta, un a obra de arte de autores reconocidos, por ejemplo, del gran ecosistema mendocino, es un regalo recordado toda la vida. Se usó mucho en el pasado y la moda vuelve.
Las artes plásticas no son solo para verlas: sus autores viven de su venta. Pero les ha pasado como al vino, en el sentido de que en algun momento o ámbito se lo mostró como tan lujoso e inaccesible, que mucha gente creyó que no es para ellos.
Pero no es así.
¿Cuántos recuerdan haber visitado alguna casa y verla decorada con hermosas obras de autores mendocinos, más conocidos y más desconocidos, pero obras auténticas, no copias? Esas salas con cuadros únicos o esculturas que no se consiguen en Temu, o en cualquier negocio chino, seriadas, sino que surgieron de la creación de un artista.

Pues bien, hubo un tiempo en el que como regalo de casamiento, por ejemplo, o de aniversario de bodas, o fechas importantes, en las familias se acostumbraba a encargarle al artista una obra o se recurría a sus atelieres a ver qué había disponible.
Mejor que una plancha o un reloj de pared, con carácter inimitable, único, propio, un cuadro, una escultura resultaba (y lo sigue siendo) un obsequio notable y, aunque no se pueda creer, a veces más económico que un artefacto del que seguramente recibirán muchos iguales, o hasta mejores y que irán a cambiar.

A los artistas les viene bien que la moda se haya reinstaurado, porque no viven de la admiración o del aplauso de la gente que los admira, sino que aguardan que ese aprecio evolucione a la categoría de compradores, para sí o para otros, coleccionistas o primerizos.
Es cuestión de animarse y preguntar. Y es posible que toda una casa cambie con ese obsequio o adquisición. Hay que probar el placer de tener una obra de arte en casa o de regalarla, como legado.
