domingo, abril 19, 2026

Contate un cuento: «Encierro», la ciudad donde nadie se va

COLUMNISTAS INVITADOS. Un viajero, una ciudad sin nombre y una advertencia inquietante: el nuevo cuento de Antonio Romeo construye una atmósfera asfixiante donde el tiempo y la salida parecen no existir.

En este relato breve, Antonio Romeo sumerge al lector en un escenario despojado y perturbador: una ciudad anónima, vacía de referencias y cargada de presencias invisibles. Desde la llegada de un forastero bajo la llovizna, el clima se vuelve opresivo, casi irreal, y anticipa que algo no funciona según las reglas conocidas.

A medida que el protagonista avanza, la lógica se diluye. Las calles se repiten, las salidas desaparecen y las voces emergen desde la oscuridad, configurando un espacio que parece atraparlo tanto física como psicológicamente. El autor construye así una tensión creciente con elementos mínimos, apoyado en silencios, sombras y frases breves que resuenan como advertencias.

Con un final circular y ominoso, el cuento propone una reflexión inquietante sobre el tiempo, el destino y la imposibilidad de escapar. Romeo logra, en pocas líneas, una historia que remite a lo fantástico y lo existencial, donde el verdadero encierro no es solo espacial, sino también humano.

El cuento completo de Antonio Romeo

Encierro

La ciudad no tenía nombre, como si alguien la hubiese borrado. El forastero llegó con la llovizna cayendo fina y constante. No había luces ni voces, solo el eco de sus pasos.

Buscó refugio. Todas las puertas estaban cerradas.

—Solo una noche —murmuró.

Las calles se estrechaban, los callejones no tenían salida. Las sombras se movían. La ciudad empezaba a sentirse como una trampa.

Entonces vio una figura bajo un farol apagado.

—¿Un lugar para pasar la noche?

Silencio. Luego, un susurro desde todas partes:

—Nadie se va.

El forastero retrocedió.

—No vine a quedarme.

—Nadie viene a quedarse… pero todos se quedan.

La figura desapareció.

Corrió. Todo se repetía. Las mismas esquinas, las mismas puertas cerradas. Hasta que vio una única puerta entreabierta.

Entró.

Adentro no había nada. Solo oscuridad… y voces.

—Llegó otro.

Quiso salir, pero la puerta ya no estaba. Las sombras tenían rostro. Rostros cansados, como el suyo.

—Mañana sigo viaje —susurró.

Las voces rieron.

—Mañana no existe aquí.

Afuera, la llovizna seguía cayendo. Y bajo un farol apagado, otra figura esperaba.

A otro viajero.

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