domingo, abril 5, 2026

Advertencia: Abuso de pantallas, «donde topa lo pandito» del conocimiento

COLUMNISTAS INVITADOS. El Dr. Eduardo Da Viá y una reflexión sobre el retroceso de la lectura, el pensamiento crítico y la escritura en la era digital, y su impacto en la vida cultural, educativa y cívica de la sociedad.

En un tiempo marcado por la inmediatez, la sobreinformación y el predominio de las pantallas, el acto de pensar parece haber quedado relegado a un segundo plano. En este ensayo, el doctor Eduardo Da Viá propone una mirada crítica y personal sobre un fenómeno silencioso pero profundo: la progresiva pérdida de la capacidad de reflexión en la sociedad contemporánea. A partir de su propia experiencia como lector y escritor, reconstruye el valor formativo de la lectura como puerta de entrada al pensamiento.

El texto entrelaza recuerdos, lecturas fundamentales y datos actuales para advertir sobre un cambio de hábitos que excede lo cultural. La disminución de la lectura sostenida, el reemplazo del pensamiento propio por contenidos replicados y la creciente dependencia de los dispositivos digitales configuran, según el autor, un escenario preocupante, especialmente en las nuevas generaciones pero también en los adultos.

Lejos de una postura nostálgica, Da Viá plantea una inquietud de fondo: qué ocurre con una sociedad que deja de leer, de escribir y, en consecuencia, de pensar. En esa línea, su reflexión trasciende lo individual para convertirse en una advertencia colectiva sobre el riesgo de una cultura cada vez más superficial, menos crítica y progresivamente desconectada de su propia capacidad de comprensión.

El artículo completo del Dr. Eduardo Da Viá

La progresiva pérdida de la capacidad de pensar

Uno de los libros que más impactó en mi incipiente colección de saberes extracurriculares, a la edad de 12 a 15 años, en esa edad indefinida entre la niñez y la adolescencia, fue sin dudas uno de los tantos que escribiera Azorín, seudónimo de José Martínez Ruiz, titulado “CAVILAR Y CONTAR”.

Con él aprendí algo que a las largas resultaría obvio, pero que cuando uno comienza a asomarse a la literatura universal, puede pasarle desapercibido, y es que antes de Contar, lo que casi siempre involucra escribir, es imprescindible pensar, meditar, lucubrar, imaginar, rescatar de lo ya vivido, aunque breve, por cuanto vivir implica siempre suma de experiencias, que sin advertirlo van formando el acervo cultural de cada uno. Fue publicado en 1956, lo leí cuando tenía 15 años.

El otro libro que se sumó al primero pero que lo leí antes fue “LA AVENTURA DE LEER” de Don Pedro Laín Entralgo.

Lo he contado muchas veces, yo leía desde niño, como una actitud espontánea y sumamente gratificante dado que la lectura me llevaba a lugares desconocidos o inexistentes, me revelaba aventuras extraordinarias como lo hicieron “COLMILLO BLANCO” Y “MOBY DICK”; o recorrer las pampas argentinas  sus costumbres y su idioma, de la mano de “MARTÍN FIERRO” o de “DON SEGUNDO SOMBRA”.

Y así docenas de libros que devoraba en horario de la siesta cuando cundía el silencio de los durmientes, mis padres y mi hermana.

La costumbre de leer, fue facilitándome la comprensión de lo leído a la vez que me despertaba la necesidad de adentrarme en lo filosófico con  ”LA IMPORTANCIA DE VIVIR” de Lin Yutang  y  “El SENTIDO DE LA VIDA” de Víctor Frankl. 

Este cúmulo de lecturas me produjo dos enormes beneficios, por una parte me enseñó a pensar y por otra me tentó a escribir.

Y así sucedió, pero el fenómeno fue que, diría tímidamente, comencé a escribir, pero sobre mí mismo, fruto de la introspección reveladora. Fueron en realidad breves párrafos en los que volcaba tanto mis inquietudes como mis convicciones, en especial acerca de lo que yo pensaba sería mi vida como médico, profesión a la que nunca dudé en abrazar. Por fortuna mis supuestos resultaron ciertos la mayoría de las veces y creo haberme comportado como médico tal cual yo me imaginé que lo haría.

Pero en esos años la escritura no pasó de ahí, sí en cambio la lectura, fue siempre el hobby preferido con una media de alrededor de 25 libros por año.

Actualmente, con casi 86 años, mantengo el mismo ritmo.

Según un informe publicado por Infobae, investigaciones recientes indican que, cada vez, más personas destinan menos tiempo a los libros. 

El estudio del University College de Londres y la Universidad de Florida muestra una baja sostenida en la lectura por placer en las últimas dos décadas.

La tendencia mundial indica un descenso persistente en la cantidad de personas que leen por placer; la proporción de estadounidenses que practican la lectura recreativa se redujo un 40 % en dos décadas. Una cifra que, aunque parezca un mero ejemplo, es un indicio de un fenómeno que se replica en distintas naciones.

El informe reunió datos de la Encuesta sobre el Uso del Tiempo en Estados Unidos, que desde 2003 hasta 2023 consultó a más de 236.000 participantes. En 2004, el 28 % de las personas afirmó haber leído por placer en un día determinado; en 2023 esa cifra descendió al 16 %, consolidando un proceso de baja anual del 3 %.

Como se dijo, este fenómeno no es exclusivamente estadounidense. Los hábitos de lectura se modifican a escala global, aunque las cifras y tendencias varían entre países. En España, el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2024 indica que el 65 % de la población lee libros en su tiempo libre, situando al país entre los de mayor índice lector. El 75,3 % de los jóvenes españoles de 14 a 24 años leen por placer, lo que refleja un entorno favorable.

En contraste, Argentina muestra un panorama más desafiante: la Encuesta Nacional de Consumos Culturales señala que en 2022 sólo el 51 % de la población leyó al menos un libro en el año, y el consumo lector se encuentra fuertemente concentrado en adolescentes, especialmente por motivos escolares.

A nivel mundial, la plataforma World Population Review posiciona a Argentina entre los 15 países con menor promedio de libros leídos por persona cada año, con una cifra que no supera los dos ejemplares anuales. Esto contrasta no solo con su tradición literaria, sino con eventos culturales masivos como la Feria del Libro de Buenos Aires.

De esta manera, el descenso registrado en Estados Unidos se enmarca en una tendencia más amplia, aunque en algunos países —como España— los índices aún se mantienen elevados, gracias al fomento estatal y social del hábito lector.

A pesar de esto, la baja resulta relevante y preocupante, porque incluye a lectores de plataformas electrónicas y audiolibros, descartando como explicación única la migración hacia soportes digitales.

El uso intensivo de redes sociales y la presión económica figuran entre los factores que desplazan la lectura por placer.

El tiempo de ocio tiende a desplazarse hacia actividades en línea, plataformas de video o consumo rápido de contenido digital, reemplazando a la lectura prolongada y reflexiva.

En países como Argentina, el consumo de lectura también se encuentra sesgado por la edad y los contextos educativos. La mayoría de los adolescentes leen por exigencia escolar, pero la continuidad del hábito lector en la adultez se diluye. 

La comprensión lectora en Argentina es lamentable y ha sido motivo de amplia difusión por los medios.

La culpabilidad de la indiferencia parental, más el acceso irrestricto al soporte  digital son los causantes sin dudas de este peligroso retroceso.

Pero más me preocupa el rápido paso de la lectura de libros a las digitales y en especial la casi desaparición de la escritura en el rango etario entre 40 y 80 años.

Integro dos grupos de amigos por guasap y me he tomado el trabajo de verificar al día de hoy, cuántos de ellos escriben y cuántos transcriben noticias y escritos de terceros, al parecer sin pasar mayormente por el análisis crítico de esas lecturas, muchas de ellas falsas e incluso mal intencionadas

En un día cualquiera de nuestras comunicaciones, la cantidad de “transcriptores” duplica o triplica la de los escritores.

Uno debe suponer que concuerdan con las expresiones elegidas, pero no son producto de sus cerebros sino de la oferta digital que es infinita.

Y vuelvo al principio con el ejemplo de Azorín, escribir requiere previamente pensar, y ese ejercicio tomado como hábito resulta muy beneficioso para la conservación de las habilidades de nuestros cerebros, y está demostrado que demoran la aparición de la amnesia del anciano, que ligeramente se considera normal, cuando muchos octo o nonagenarios mantienen una memoria envidiable; y tienen un factor común: leen libros, hacen anotaciones al margen, aprobatorias o desaprobatorias, es decir emiten en la soledad de sus lecturas, un juicio de valor, que acertado o no significa haber repensado lo leído.

Tengo por fortuna un par de amigos que hacen lo contrario de la moda, escriben de su propio coleto y como yo soy escritor, no siempre coinciden con mis puntos de vista, lo que me trae un beneficio extra: me señalan que no soy poseedor de la verdad sino un mero intérprete de la realidad.

Este traspaso del soporte papel al digital no solo implica un cambio físico sino desgraciadamente un cambio actitudinal y es la adicción, enfermedad que afecta a millones de norteamericanos, y los menciono porque son los que realizan estudios estadísticos finalmente aplicables a nuestro país.

En Argentina, no existe una única cifra oficial «aceptada» de adictos digitales, pero estudios recientes indican que la mitad de los niños, niñas y adolescentes (NNA) percibe tener un uso problemático de internet, celulares y videojuegos. Además, el 36% de los adultos en Buenos Aires admite tener problemas de dependencia al celular. 

Adolescentes: El 54% de los estudiantes de 15 años admite distraerse en clase con dispositivos, el nivel más alto entre 80 países.

Adicción percibida: Aproximadamente el 50% de los jóvenes considera que su uso es excesivo o problemático.

Uso del celular: 6 de cada 10 adolescentes usan su celular más de 5 horas diarias.

Contexto: Más del 90% de los hogares tiene acceso a internet, potenciando el alto consumo digital.

Para mayores y escalofriantes datos:

Los datos surgen del informe “Kids Online Argentina 2025”, elaborado por UNICEF

El 47% de este universo tuvo contacto con desconocidos online y el 24% de adolescentes apostó dinero en internet, práctica más común entre varones y que aumenta con la edad.

El 96% de este universo tiene acceso a internet en el hogar y el 88% usa celular para conectarse diariamente. El 58% ha utilizado herramientas de IA, principalmente con fines escolares.

El adicto se transforma en un IDIOTA, pero no en el sentido de la disminución de su capacidad mental sino en la interpretación aristotélica, de la palabra original.

La palabra «idiota» proviene del griego antiguo ἰδιώτης (idiṓtēs), que no significaba «tonto», sino «ciudadano privado» o «particular». Se refería a una persona que se centraba exclusivamente en sus propios asuntos (raíz idios), sin participar en la vida pública, política o común de la polis. 

No era un insulto intelectual: Originalmente, no se relacionaba con la inteligencia o capacidad mental, sino con la actitud cívica.

Contraste político: Se oponía a polites (ciudadano activo). En la democracia griega, la participación en el ágora era fundamental; por tanto, el idiotes era quien se mantenía al margen.

Connotación negativa: Aunque neutral al principio, pasó a ser un término peyorativo para quien ignoraba sus deberes públicos o se mostraba inmaduro en política.

Tan es así que se desinteresan por el devenir de su propio país y hasta de su propio entorno social, a menos que se  trate de los que se comportan de la misma manera.

Por ello las actitudes que nos sorprenden al resto de los ciudadanos, digamos de los no adictos, sin necesidad de no usar en absoluto lo digital sino que lo hacemos con sentido utilitario.

Los adictos se nutren de lo exótico, de lo nuevo, de lo irreverente, de lo fugaz, de lo cambiante, de lo absurdo, de la constante superposición de imágenes, luces, colores, música y propuestas explícitas o subliminales que los aíslan del resto de la sociedad y más que nada de la pornografía,  son por tanto solitarios y les molesta que pretendamos interactuar con ellos, en especial si se trata de padres que pretenden comunicarse con sus hijos aún en la presencialidad.

El libro es todo lo contrario: eterno, inmóvil, yace dentro de la caparazón de las tapas que no se abren espontáneamente ni te muestra parte de su contenido en forma atractiva; cuando usamos marcadores de página y volvemos a ellas, están en la misma donde los dejamos y así lo harán hasta el final de su existencia.. No están diseñados para llevarlos permanentemente consigo porque por lo general son mucho más grandes, gruesos y pesados que un móvil, y por cierto mucho más aburridos.

Los alumnos de hoy dejan de entender las palabras y se manejan con ideogramas, de ahí la dificultad de la lectura comprensiva que les resulta un jeroglífico inentendible.

Todo en ellos es fugaz y no deja sedimento constructivo y perfeccionador; cuanto duró el furor de los “therians” por ejemplo, semanas tan solo, ya casi ni se habla de ellos, pero la maldad de la tecnología les está preparando seguramente docenas de nuevas atracciones y actitudes para alimentarles malignamente su adicción.

Lo que no comprenden estos pobres seres atrapados por la tecnología, es que están cautivos, que hacen lo se espera que hagan y para lo cual son inducidos.

Ignora el adicto que lo que le llega a su móvil está especialmente diseñado para él, porque los registros lo tienen catalogado y lo conocen en su intimidad.

Una sociedad que no lee, no escribe, no piensa, está más cerca del analfabetismo de lo que cree. 

Manejarse con ideogramas es volver miles de años atrás; a la humanidad les costó mucho llegar a tener idiomas hablados y escritos, en los que cada palabra tenía un significado constante, en cambio el ideograma depende de la interpretación que le dé el lector y eso llevará al aislamiento o a la agrupación de los que interpretan de determinada manera, lo que atomizará a los pueblos, tal como ocurre en los países con dialectos como en Italia o con idiomas propios como los países vascos, andaluces, catalanes etc. en España.

Sin cavilar no hay nada para contar y menos para escribir.

En las escuelas primarias debería existir una hora diaria de lectura en voz alta y comentarios pertinentes.

Yo les pregunto a las autoridades de la DGE, ¿qué es más necesario para un alumno de primaria, saber leer y comprender o aprender la tabla del 9 que está a la mano en los diabólicos celulares?

Para pensarlo señores.

PD: Recomiendo enfáticamente ver la película «EL DILEMA DE LAS REDES SOCIALES», está en Netflix y es una documental en la que entrevistan a ex empleados jerárquicos de los gigantes de internet. Es escalofriante saber el poder que ejercen sobre nosotros, sin que lo advirtamos.

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