martes, abril 28, 2026

Historia: Cómo fue la participación argentina en la Guerra del Golfo en los años ’90

A través de la Operación Alfil, la Armada Argentina integró una coalición internacional liderada por Estados Unidos para controlar el tráfico marítimo y aplicar el embargo contra Irak, en una de las misiones más exigentes de su historia reciente.

La participación argentina en la Guerra del Golfo a comienzos de los años ’90 constituye uno de los episodios más relevantes de inserción militar del país en un escenario internacional de alta complejidad. En el marco del conflicto entre Estados Unidos e Irak, y bajo resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, la Argentina desplegó unidades navales en el Golfo Pérsico como parte de la denominada Operación Alfil.

Según detalla el portal Zona Militar en un artículo del especialista Claudio Fernández Molaro, esta misión implicó la integración de la Armada Argentina a una coalición multinacional que tenía como objetivo principal garantizar la seguridad del tráfico marítimo y hacer cumplir el embargo impuesto contra Irak tras la invasión de Kuwait.

Un Chinook sobre la cubierta del destructor argentino Brown. (Foto: Veteranos del Golfo Pérsico).

En una primera etapa, el Grupo de Tareas 88.0 estuvo compuesto por el destructor ARA Almirante Brown, la corbeta ARA Spiro y helicópteros Alouette III. Estas unidades llevaron adelante tareas de control del tránsito marítimo, interceptación de buques sospechosos y verificación del cumplimiento de las restricciones comerciales impuestas al régimen iraquí.

Con el avance de la operación, el rol argentino se amplió hacia funciones más complejas, como la patrulla de áreas sensibles, la protección de líneas de comunicación marítima y la escolta de buques logísticos. Estas tareas se desarrollaron en un entorno de riesgo concreto, donde las amenazas incluían minas navales, misiles antibuque y posibles ataques asimétricos en zonas portuarias.

Las cifras finales reflejan la magnitud del despliegue: las unidades argentinas realizaron 570 interceptaciones de embarcaciones, llevaron adelante 17 misiones de escolta —protegiendo a 29 buques de la coalición— y ejecutaron 67 vuelos de helicópteros embarcados. Estos números evidencian el nivel de exigencia operativa al que fue sometida la fuerza naval en un teatro lejano y altamente tensionado.

Uno de los aspectos más relevantes de la misión fue la adaptación técnica que debieron realizar los buques antes de ingresar al área de operaciones. Entre otras medidas, se aplicaron procesos de desmagnetización (degaussing) en Italia para reducir la vulnerabilidad frente a minas navales, además de ajustes en sistemas electrónicos y armamento para mejorar la respuesta ante amenazas misilísticas.

La experiencia previa de la Guerra de las Malvinas también resultó clave, particularmente en lo referido al conocimiento sobre misiles antibuque como el Exocet. Este antecedente permitió a la Armada ajustar procedimientos y prepararse mejor frente a un tipo de amenaza que en el Golfo tenía un rol central.

Más allá de los aspectos técnicos, la Operación Alfil significó un desafío en términos de interoperabilidad. Las fuerzas argentinas debieron coordinar acciones con marinas de distintos países, adaptarse a doctrinas operativas diversas y sostener un despliegue prolongado lejos de sus bases habituales.

Como subraya Fernández Molaro, esta participación no solo representó un aporte concreto a la coalición internacional, sino también una experiencia profesional de alto valor para la Armada Argentina. En un contexto donde el objetivo era garantizar la libre navegación en una de las rutas más estratégicas del mundo, el país logró integrarse eficazmente a un esquema multinacional de seguridad.

A más de tres décadas de aquel conflicto, la Operación Alfil continúa siendo un punto de referencia para entender el rol de la Argentina en operaciones internacionales y la evolución de las amenazas en escenarios marítimos críticos.

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