COLUMNISTAS INVITADOS. Entre el compromiso de salvar vidas y el inicio del «averno» político: el testimonio en primera persona de un médico, Eduardo Da Viá, de guardia en Maipú, Mendoza, durante el fatídico día que cambió la historia argentina para siempre.
A cincuenta años de una de las fechas más dolorosas del calendario argentino, la memoria se vuelve un ejercicio de justicia y reflexión. En esta columna, el Dr. Eduardo Da Viá nos transporta a los pasillos del Hospital Diego Paroissien aquel miércoles 24 de marzo de 1976. Mientras el país se sumergía en una penumbra política y social que duraría años, un grupo de médicos libraba su propia batalla contra la muerte, la pobreza y la urgencia, ajenos —en esa primera instancia de guardia— al quiebre institucional que se gestaba fuera de los muros del nosocomio.
Con una prosa cargada de ética profesional y desencanto cívico, Da Viá entrelaza su experiencia en la salud pública con una crítica punzante a las deudas pendientes de nuestra democracia.
El texto completo del Dr. Eduardo Da Viá
24 de marzo de 1976
Seguramente el día más nefasto de la historia política Argentina, no tanto en sí por haber sido el día del derrocamiento de Isabel Martínez de Perón, sino por el infierno que ese mismo día se desató, a espaldas de la población en general y que durara hasta 1983, año del retorno de la democracia.
En lo personal tiene un significado muy especial por cuanto yo era médico de guardia de los días miércoles en el Hospital Diego Paroissien, sito en la ciudad de Maipú.
Y miércoles fue del día de la insurrección.
Inicialmente cada día tenía un solo médico de guardia, que debía atender todo tipo de patología, incluidos niños y adultos y especialmente Obstetricia, dado que la Maternidad del Hospital era la segunda en Mendoza por número de partos mensuales, detrás de la Maternidad José Federico Moreno que se ubicaba en el Hospital Lagomaggiore.
CLIC AQUÍ Eduardo Da Viá, salvahumanos profesional, desde niño
Larga fue la lucha para lograr que el Ministerio de Bienestar Social, dotara a cada guardia de especialistas en las cuatro ramas clásicas de la medicina: Obstetricia, Pediatría, Clínica Médica y Cirugía, lo que finalmente logramos, para bien de la población al ser atendidos por médicos idóneos en cada caso.
En nuestro caso tuvimos la suerte de formar un sólido gripo de amigos, que nos apoyábamos mutuamente en la dura tarea de tener que atender entre 300 y 400 pacientes en las 24 h.
Ese fatídico día fue precisamente miércoles, día que nos tocaba hacer guardia, y dado que no teníamos ni radio ni televisión, de nada nos enteramos hasta el día siguiente cuando ya era noticia el derrocamiento de Isabel Perón, y la toma del mando del país por la Junta Militar.
Mucho después supimos que ese mismo día, y a espaldas de la ciudadanía que inicialmente había festejado el fin de un período político desastroso, se produjeron detenciones de miles de argentinos, que fueran luego sometidos a encierro, torturas y muerte.
Y nosotros, en el otro extremo del espectro espantando a la muerte y a la enfermedad con todas nuestras energías, cubriendo a una población de gente mayormente pobre y de muy bajo nivel cultural porque la vida les había negado la oportunidad de estudiar y los había condenado a la ignorancia, la pobreza y la dependencia de malvados patrones dueños de los viñedos y huertas donde trabajaban de sol a sol.
CLIC AQUÍ Elia Bianchi de Zizzias y «la Argentina que duele»
Nada más maravilloso que un niño con respiración agitada, febril y desnutrido, que merced a nuestra magnífica pediatra, horas después dormía con una respiración calmada, en una cuna limpia y habiendo tomado un biberón completo con ansias de la que dan días de hambre acumulada.
E incluso algún malhechor simple o un guerrillero encubierto, que enfermo o herido venía en busca de curación, y se la dábamos como correspondía porque nuestra misión era salvar vidas sin presunción de merecimientos.
Todo esto mientras en los centros de detención clandestinos se segaban vidas de culpables e inocentes.
O la parturienta proveniente de una recóndita finca y que hubo de caminar kilómetros hasta la ruta por donde pasaba el ómnibus que la trajo al hospital, abrazando sobre su pecho a una bella criaturita fruto de un parto hábilmente conducido por nuestra experta partera.
Y así como nosotros cada día de cada hospital argentino tenía personal de guardia para atender demandas de pacientes que no pudieron o no quisieron concurrir en horario habitual de atención.
En las zonas del país con máxima actividad subversiva, el trabajo en las guardias hospitalarias era agotador, decenas de heridos por una cobarde bomba que hería sin distingos niños y adultos, pero que por fortuna hallaban al médico de guardia con todo su personal y sin dormir, atendiendo sin descanso ni discriminación alguna.
CLIC AQUÍ Qué más, además del horror de la dictadura
Antes de trabajar en emergencia los miércoles, estuve alternativamente un sábado y un domingo durante 9 años; día en que la demanda era mayor porque el resto del hospital no trabajaba esos días y además sólo, con la excepción de haber tenido la ayuda de un alumno de 4º año que concurría gratis en calidad de Practicante.
Intertanto la Argentina se desangraba por una absurda lucha entre hermanos, secuestros seguido de tortura y muerte, bombas que quitaban vidas a justos y culpables, jóvenes soldados que teóricamente cumplían con el deber de aprender a defender la patria, se supone que de hipotéticos enemigos externos, y que de buenas a primera debieron apuntar sus armas contra ciudadanos que trocaron la palabra por hechos criminales.
Más de una ve, en mis consultas nocturnas fui detenido a punta de ametralladoras en calidad de sospechoso y en realidad acudía a tratar de salvar una vida o al menos de calmar un dolor.
Sin embargo, a ningún médico se le dio por abandonar la profesión ante el peligro por el que eventualmente pasábamos y seguimos fieles a la palabra del Gran General «Serás lo que debas ser o no serás nada» Expresa un firme llamado a la responsabilidad, el deber y la determinación, sugiriendo que el valor de una persona radica en cumplir su propósito vital.
El 24 de marzo de 1976 no dimos el salto liberador, todo lo contrario, el país se sumió en un símil Divina Comedia, arrastrados todos al averno en manos de asesinos fundamentalistas de uno y otro bando, pero médicos y enfermeras, personal de apoyo y administrativos, seguimos vistiendo nuestros níveos atavíos sin camuflarnos ni calzar cascos cumpliendo con nuestro deber oportunamente juramentado.
Protestamos en silencio cuando desarticularon el congreso y borraron a la Suprema Corte, pero hoy que ambos estamentos funcionan según la constitución, los legisladores trabajan para ellos y los jueces, no todos por suerte, aceptan gustosos sobornos de criminales que debieran poner entre rejas.
Pero pareciera que no llegaré al final de mi vida, ya próximo, sin ver que cundan ejemplos como el de un congreso que apruebe leyes que ayuden a la gobernabilidad y beneficien al pueblo, y jueces que encierren a encumbrados malhechores como Bento y la ex vicepresidenta.
CLIC AQUÍ Contra todo Estado terrorista, como el que ya había antes del 24 de marzo de 1976
Y médicos como aquellos de la década del setenta que sigan haciendo guardia en el Hospital público y practicando su sagrado arte con honestidad sin verse tentados por los retornos que el uso de la maravillosa tecnología actual ofrece graciosamente a los usuarios, cuando de la actividad privada se trata especialmente.
Los médicos tenemos la obligación moral de trabajar en el Hospital público, porque es ahí donde más nos necesitan los desvalidos por una sociedad indiferente a la injusticia de la distribución de la riqueza.
EDUARDO ATILIO DA VIÁ
MÉDICO DE GUARDIA EN EL TRISTEMENTE RECORDADO 24 DE MARZO DE 1976
MARZO DE 2026
