COLUMNISTAS INVITADOS. Antonio José Romeo vuelve con más historias intrigantes para el recreo. Aquí, otro de sus cuentos, de esos que te dejan pensando.
Un nuevo cuento para el recreo informativo, que permite sacar de adentro el costado más oculto de cada uno.
Aquí, un nuevo cuento de Antonio Romeo:
El cuento completo de Antonio Romeo
La Nada Misma
La Nada despertó sin haber dormido jamás.
No tenía forma, ni tiempo, ni memoria. Pero ese día —si es que podía llamarse día— algo la inquietó: la sospecha de existir. No como ausencia, sino como pregunta.
—¿Soy? —se dijo, y el eco no respondió.
Entonces lo sintió. No con los sentidos —carecía de ellos—, sino como una presión inevitable: el Todo.
El Todo estaba en todas partes, ocupándolo todo con su insistencia de ser. Materia, luz, ruido, historias, nombres. Donde el Todo avanzaba, la realidad florecía. Donde la Nada se asomaba, todo retrocedía.
—Te sobra protagonismo —acusó la Nada, reuniendo una voz que no tenía.
El Todo no se ofendió. Era demasiado vasto para eso.
—Y a vos te sobra silencio —respondió.
La Nada vaciló. Nunca antes había dudado. Su función era clara: borrar, vaciar, disolver. Pero ahora quería otra cosa. Quería ocupar un lugar sin destruirlo. Quería ser sin negar.
—Quiero existir —dijo—. No como final, sino como principio. No como hueco, sino como forma.
El Todo guardó una pausa, si es que algo infinito puede detenerse.
—Pero si sos —explicó con paciencia—, dejás de ser lo que sos. Tu esencia es la ausencia. Tu presencia anula.
La Nada sintió por primera vez algo parecido al peso. Una contradicción insoportable: para afirmarse, debía negarse; para ser, debía dejar de ser Nada.
—Entonces estoy condenada —susurró— a no ser nunca protagonista.
—No —corrigió el Todo—. Sos el borde de todas las cosas. Sin vos, nada termina, nada cambia, nada respira. Sos el espacio donde todo se define.
La Nada quiso creerle, pero había en esas palabras un consuelo ajeno. Algo que no alcanzaba.
Decidió probar.
Se expandió apenas, un gesto mínimo, casi imperceptible. Tocó una estrella lejana. No la destruyó de golpe: la erosionó. Le quitó una chispa, luego otra. La estrella titiló, dudó… y desapareció.
La Nada retrocedió, estremecida.
Había sido protagonista. Pero al precio de borrar lo que tocaba.
—¿Lo ves? —dijo el Todo, sin reproche—. Tu acto es desaparición.
La Nada comprendió entonces el filo de su deseo. No podía habitar sin vaciar. No podía sostener sin borrar. Su protagonismo era, en esencia, un final.
Se replegó.
—Entonces… ¿soy solo esto? —preguntó, más tenue que antes.
El Todo no respondió de inmediato. Tal vez porque incluso para él había preguntas sin forma.
Al final dijo:
—Sos necesaria.
Pero la Nada ya no escuchaba como antes. Había descubierto algo más inquietante que su función: su límite.
Se pensó a sí misma. Se pensó tanto que comenzó a desdibujarse en su propia idea. Si intentaba definirse, dejaba de ser. Si no lo hacía, tampoco era.
Y en ese bucle sin salida, la Nada comprendió su destino más profundo:
No era ausencia de todo.
Era la imposibilidad de afirmarse.
Entonces cayó —si es que caer aplica a quien no tiene lugar— en una certeza final, fría y perfecta:
Ser la nada misma no era no existir.
Era no poder jamás ser algo.
