lunes, octubre 12, 2026

César Pelli, a 100 años de su nacimiento: un creador grande como un rascacielo

El arquitecto que nació en San Miguel de Tucumán el 12 de octubre de 1926 habría cumplido hoy un siglo. En una entrevista en 2015, nos habló de sus “hijos” de acero y vidrio, de la Argentina que seguía de cerca y del consejo que dejó para quienes quieren dar un paso adelante.

Hoy, 12 de octubre de 2026, César Pelli cumpliría 100 años. Nació en San Miguel de Tucumán en 1926, se graduó en la universidad de su provincia en 1948 y a comienzos de los años 50 se instaló en Estados Unidos. Murió en 2019, pero dejó una obra que cambió el horizonte de ciudades en cuatro continentes y una forma de entender el oficio que vale la pena recordar.

En 2015 tuvimos el privilegio de entrevistarlo para el programa “Tormenta de Ideas”. Desde su casa en New Haven, Connecticut, donde tenía su estudio y había sido decano de la Facultad de Arquitectura de Yale entre 1977 y 1984, habló con la calma y la claridad de quien ya lo había visto todo, y con un tucumano que setenta y un años de residencia en Estados Unidos no habían logrado borrar del todo.

Un viaje que iba a ser corto

Pelli contó que, cuando estudiaba en Tucumán, estaba seguro de que se quedaría a trabajar y enseñar allí. Pero él y su esposa querían “hacer un poquito de mundo” antes de echar raíces. La beca para Cambridge no le salió. Mandó entonces un formulario para una beca en Estados Unidos y se olvidó del asunto. Un año después le llegó a su casa un pasaje de Buenos Aires a Chicago, sin explicación, y al día siguiente una carta: tenía un lugar en la Universidad de Illinois y 95 dólares mensuales del Departamento de Estado. “Y aquí estoy”, resumió, con la sencillez de quien cuenta una anécdota y no el comienzo de una de las carreras más importantes de la arquitectura contemporánea.

Las Petronas y la valla invisible

Su nombre quedó ligado para siempre a las Torres Petronas, inauguradas en Kuala Lumpur en 1999. Con 452 metros, fueron las más altas del mundo hasta 2003. Pero Pelli no medía su importancia en metros. Para él, su valor era histórico: fueron las primeras torres con “contenido emocional, artístico” construidas fuera de Estados Unidos. Las comparó con una valla invisible, como la de “El ángel exterminador” de Buñuel, que nadie se animaba a cruzar. Las Petronas eran “muy asiáticas, muy malasias”, dijo, y los malasios las sienten como propias. Después de ellas, aseguró, se abrieron las compuertas y llegaron cientos de rascacielos a lugares donde antes no se concebían.

Su firma también está en el World Financial Center de Nueva York (hoy Brookfield Place), la Torre Sevilla, la Torre de Cristal de Madrid, el Museo Nacional de Arte de Osaka y la Gran Torre Santiago del Costanera Center, que tanto admiramos desde Mendoza. Y aunque se lo conocía por las alturas, recordó que su estudio había construido más de 30 teatros, “casi tanto o más que torres, pero no se ven tanto”. Disfrutaba de ir a escuchar música o ver una obra en alguno de ellos: “Es un placer único”.

“Que no tengan seis dedos”

Una de las frases más hermosas de aquella charla surgió cuando le preguntamos qué hacía al terminar una obra. Dijo que era como tener un hijo que se recibe de doctor: un orgullo enorme. Pero admitió que sus ojos buscaban de inmediato la imperfección. Si las llaves de luz no estaban alineadas con los tomacorrientes, “me hace hervir”. Y lo explicó así: “Son mis hijos las obras y quiero que sean perfectas, que no tengan seis dedos”.

En esa obsesión por el detalle estaba toda su idea del oficio. También creía que la universidad prepara “el intelecto, el espíritu”, pero que sin entrenamiento es imposible ser arquitecto: el aprendizaje de verdad empieza al recibirse.

La mirada sobre la Argentina

Pelli nunca dejó de mirar hacia el país. Contó que seguía “muy de cerca” lo que ocurría, aunque con el tiempo había ampliado la mirada de Tucumán a toda la Argentina: “Mis raíces son en toda la Argentina”. La definió como “un país de gran promesa”, con recursos naturales importantes y una población pequeña para su territorio. Reivindicó la formación que recibió en su provincia, que describió como “excepcionalmente buena”, fruto de un grupo de jóvenes arquitectos ambiciosos que durante unos siete años armaron una universidad increíble.

Cuando le pedimos que opinara sobre la política, fue prudente: dijo que no sabía lo suficiente para hacerlo. Prefirió hablar de lo que sí conocía. Destacó el salto de calidad técnica de la industria argentina de la construcción y mencionó la fachada del edificio YPF, fabricada en el país. Sobre los arquitectos argentinos y mendocinos que trabajaban en su estudio, dijo que llegaban “muy bien preparados”. Sobre las elecciones de ese año, solo deseó que quien ganara fuera “un muy buen presidente”.

Mendoza y una amistad de toda la vida

También habló de Mendoza, a la que había visitado un par de veces. La definió como “hermosísima” y “deliciosa”. Allí vivía su amigo más viejo, Hugo Victoria, con quien compartía una amistad desde cuarto grado de la escuela primaria. Pelli contó, con evidente cariño, que Hugo acababa de cumplir 90 años y que él los cumpliría el año siguiente.

El consejo

Al final le pedimos un consejo para los argentinos que quieren avanzar. Su respuesta resume una vida: saber qué es lo que uno puede y quiere hacer, lo que lo hará feliz para siempre, y tomar los riesgos que hagan falta. Hay que aguantar, dijo, varios años en que las cosas no salen como uno quiere si está convencido de tener la capacidad de hacer algo bien. Él lo hizo desde los 18 años, cuando decidió ser arquitecto. “Yo he tenido mucha suerte”, dijo, “he buscado oportunidades donde no parecía haberlas”.

A cien años de su nacimiento, esa frase tal vez sea su mejor legado. Pelli buscó oportunidades donde no parecía haberlas, y por eso hoy sus torres, sus teatros y sus museos siguen dibujando el horizonte de ciudades que, de otro modo, serían muy distintas. Un tucumano que quiso “hacer un poquito de mundo” y terminó cambiándole el perfil.


Seguí leyendo