jueves, abril 2, 2026

Sucedió mañana

En 1992 se editó un libro contra la pena de muerte propuesta por el gobierno y participe, con 22 años. Se llamó «¿Pena de muerte?» y participamos 46 escritores latinoamericanos reunidos por Ediciones La Sopaipilla. La lista: Ramón Abalo, Luis Ábrego, Lucy Agrelo, Rosa Antonietti Filippini, Carmen Apicella, Olga Arcidiagono, Olga Ballarini, Elda Boldrini, Rodolfo Braceli, Nora Bruccoleri, Ariel Bumbalo, Ángel Bustelo, Elías Calle, Luis Ricardo Casnati, Cora Cejas, Gabriel Conte, Sacerdote Jorge Contreras, Gustavo Corrales, Roberto Chediak, Dante Di Lorenzo, Hugo Omar Escudero, Rosa Fader de Guiñazú, Mercedes Fernández, Andrés Gabrielli, Juana Juri, Diego Jorge Lavado, José Enrique Marianetti, Jorge Marziali, José Luis Menéndez, Aldo César Montes de Oca, Rafael Morán, Rubén Darío Romani, Marisa Ruiz, Celia Sáenz, Marcelo Santangelo, Mary Sclar, Norma Sibilla, Jorge Luis Sosa, Roberto Suárez, Susana Tampieri, Armando Tejada Gómez, Luis Triviño, María Celia Triviño, Carlos Varela Álvarez, Roberto Vélez, Luis Alfredo Villalba.

Y los buitres revolotean la azotea de mis libertades.

Gritos de manos que alguna vez escribieron, de labios que pulsaron al compás de otros tantos que no sufrieron las consecuencias de la maldición de los abrojos de épocas castrenses, bajarán rodando, rebotando contra las paredes del campanario que sólo tiene una campana: la de «The best», jefe de jefes, omnipatrón.

Hojas secas, amarillas, quejosas de diarios se descuelgan -suicidas- desde los árboles que aún no recogieron sus raíces rumbo a lejanos bosques donde -sin embargo- The best los verá a cada uno antes que al resto, a los que por otra parte, se «banca».

Ya no palpo otras intenciones que no sean atroces -paranoia del momento- desde cada mirada eléctrica del 20 pulgadas color 110 canales, Pal N, en su siempre rincón.

«Es nessario», desafía al idioma, aquél. Primer plano de madre llorando vejación de hija, menor. Paneo de lágrimas de vírgenes que alguna vez fueron violadas… y extrañan, orando, portando palos cruzados por las calles -tentación fálica- incubando palabras apócrifas que quieren decir lo que se quiera que digan, según la situación y el momento. «Caiga quien caiga», rebuzna al horizonte sin sol, sin nadie desesperado a su alcance salvador, The best.

«Es nessario», repiten los ojos descolocados de los tibios harto vomitados por Dios, o por quien sea. «Es nessario», caen las letras de una vieja canción recién cantada en el altar de los sacrificios de The best.

Y, a pesar de que giro lechuza en busca de una liana puente transpesadilla, la torre de mis ideas trazadas en desprolijos apuntes de papel usado, tirita bombardeada por cassettes uniformes, unisonoros.

El jardín que alguna vez prometió florecer de alegría de vida, hoy se surca y flagela de sus propios antónimos multiplicándose provocadores. Miles de penas de muerte ya son dueñas de los miedos, las indisciplinas, y señalan -botonas- a los aventurados, a los que -contrariando a The best- no lograron repetir tres veces primero infantil, a pesar de sus esfuerzos en tal sentido.

Apocalipsis de los arco iris. Ni busquen la olla de las monedas de oro.

¿Cómo intentar desaforar la risa, siquiera?

¿Cómo pensar en desencadenar los sueños, si en instantes me toca la muerte?

¿Cómo agitar la pluma para que escape la tinta aromosa de las musas, si ni las musas se han salvado de la hambruna sexual de aquél?

Sólo vagas imágenes -antena insostenible- quedan en mi memoria del día en que las urnas aullaron su última victoria, en ese incalificable ’93 de sangre y fuego en que The best se salió una vez más con la suya.

Pero sí percibo -maldita clarividencia- las pesadas puertas de mis culpas, que se cierran tras mi paso por las galerías donde aún cientos de bufones no comprenden -irascibles- que en este mundo también ¿vivimos? otros, y otros, y más otros. Que estamos llenos de otros, por lo cual nunca seremos uno, como gusta delirar en las tardes de abulia The best.

Y a mi paso, una tras otra se desenganchan -impunes- las cortinas y telones de las vanidades y tozudeces que alguna vez me impidieron calcular esta tragedia, y caen.

Y ya no hay luces. Ni palabras. Ni otros. Todos son «ellos». A las 3 en punto leerán mi decreto.

Dragones meriendan mil libros que yo leí. Eructan penas que no inventé. Anuncian parcas oficialistas.

Hoy no hay indultos para mí.

Hoy no almuerzo mi almuerzo. Me almuerza The best. (Nunca debimos servir la mesa).

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