El analista e influencer Luis Ferraro Lara advierte que el fin de la inflación como “cobertura” obliga a los empresarios a competir de verdad en un nuevo escenario donde la eficiencia ya no es opcional.
El cambio de régimen económico dejó al descubierto una realidad incómoda: durante años, la inflación funcionó como un mecanismo que disimuló ineficiencias estructurales en buena parte del entramado empresarial. Con precios más estables, ese “disfraz” desaparece y obliga a repensar de raíz cómo se construyen negocios competitivos.
Así lo plantea el analista económico Luis Ferraro Lara, quien sostiene que la Argentina atraviesa una etapa de transición en la que tanto empresas como consumidores deben adaptarse a nuevas reglas. “Antes la inflación te ayudaba y te tapaba un montón de cosas; hoy está quieta y no sabemos qué hacer”, resume, al describir el desconcierto que atraviesa el sector privado.
El fenómeno no es menor. Durante años, muchos modelos de negocio se apoyaron más en la dinámica inflacionaria que en la eficiencia real. Comprar barato y vender caro, con ajustes constantes de precios, permitía sostener márgenes sin necesidad de mejorar procesos, innovar o competir en serio. Ese esquema, según Ferraro Lara, generó una falsa sensación de competitividad.
Hoy, en cambio, el escenario es otro. Con consumidores más racionales, que comparan precios y postergan decisiones, el margen de error se reduce. “Si aumento un 5% me quedo afuera del mercado”, le transmiten empresarios al analista, reflejando una lógica donde el precio ya no se puede fijar unilateralmente.
Este cambio también redefine el comportamiento del consumidor. Ya no compra por urgencia ante la expectativa de aumentos, sino que evalúa, busca oportunidades y optimiza su gasto. En ese contexto, la competencia se intensifica y obliga a las empresas a ofrecer valor real.
El problema de fondo, según Ferraro Lara, es que muchos empresarios no estaban compitiendo en términos genuinos. La inflación permitía financiarse indirectamente, trasladar costos y sostener estructuras poco eficientes. “¿Competía de verdad? No. Compraba barato y vendía caro”, sintetiza.
La nueva etapa exige un cambio de mentalidad. La rentabilidad rápida deja de ser el objetivo central y pasa a ser clave la sostenibilidad del negocio en el tiempo. En ese sentido, advierte sobre el riesgo de priorizar ganancias inmediatas a costa de destruir valor a largo plazo.
Para el analista, competir implica pensar constantemente cómo mejorar, cómo diferenciarse y cómo satisfacer mejor al cliente. En una economía más estable, los márgenes tienden a reducirse y la única forma de sostenerse es siendo más eficiente que el resto.
En ese marco, Ferraro Lara plantea una definición contundente: “Los países son competitivos por sus empresas, no por sus gobiernos”. La afirmación desplaza el foco desde la política hacia la capacidad del sector privado de generar valor, innovar y adaptarse.
El diagnóstico también cuestiona argumentos habituales, como la dependencia de subsidios o la presión impositiva como explicación excluyente de la falta de competitividad. Según su mirada, incluso en contextos favorables del pasado, no se logró construir un tejido empresarial más sólido.
El desafío, entonces, es estructural. Sin inflación que oculte errores, las empresas deben aprender a operar en un entorno donde el cliente elige con mayor libertad y donde la supervivencia depende de la eficiencia. “Nos sacaron los andadores y tenemos que caminar solos”, grafica.
En definitiva, el nuevo escenario económico no solo cambia las reglas del juego: expone quiénes estaban realmente preparados para competir y quiénes dependían de un sistema que ya no existe.
