jueves, abril 2, 2026

Rubén de la Llana y las raíces de la libertad: por qué el equilibrio fiscal no basta para reconstruir la Nación

COLUMNISTAS INVITADOS. En esta segunda entrega, Rubén de la Llana, de Cátedra Alberdi, analiza la urgencia de dotar al proceso de cambio en Argentina de un «espesor moral». Desde la síntesis entre el pensamiento de Alberdi y la Doctrina Social de la Iglesia, el autor advierte que la libertad económica, sin una ecología de virtudes y cuerpos intermedios, corre el riesgo de ser solo una «revancha contable» sin destino social.

La discusión sobre el rumbo de la Argentina ha dejado de ser un ejercicio de arqueología intelectual para transformarse en una demanda áspera y urgente. Tras décadas de inflación crónica y degradación institucional, conceptos que antes se señalaban como herejías —el equilibrio fiscal, el respeto por los contratos y la reducción del gasto— hoy forman parte del sentido común de una sociedad agotada. Sin embargo, este giro histórico plantea un interrogante decisivo: ¿alcanza con la técnica macroeconómica para sanar un tejido social roto?

En la siguiente columna, se explora la necesidad de una «libertad con raíces». Una visión que, inspirada en la laboriosidad alberdiana y el principio de subsidiariedad, propone que la salida de la crisis no depende solo de una «motosierra presupuestaria», sino de la reconstrucción de las mediaciones sociales —familias, escuelas, iglesias y empresas— y de una ética del esfuerzo que el mercado, por sí solo, no puede generar.

La segunda parte de la columna de Rubén de la Llana

Libertad con raíces: Parte 2 | La Argentina necesita una libertad con raíces

Doctrina Social de la Iglesia, Alberdi y la reconstrucción de un orden libre con espesor moral

La discusión ya dejó de ser arqueología intelectual. En la Argentina actual, la pregunta por la libertad es concreta, áspera y bastante urgente. Después de décadas de inflación crónica, deterioro institucional, captura corporativa del Estado y expansión de una pobreza que dejó de ser una excepción para convertirse en paisaje, una parte importante de la sociedad volvió a valorar ideas que durante mucho tiempo fueron tratadas como herejías: equilibrio fiscal, moneda estable, respeto por los contratos, reducción del gasto improductivo y límites al poder de la burocracia. 

Ese giro no garantiza por sí mismo un buen resultado, pero marca una oportunidad histórica. Y las oportunidades históricas, si no tienen orientación, también pueden degradarse.

La técnica es la primera parte

La primera tentación sería creer que alcanza con la técnica. No alcanza. La macroeconomía importa, desde luego. Importan el déficit, la inflación, la presión tributaria, la desregulación y la seguridad jurídica. Pero una sociedad no se recompone sólo con instrumentos. También necesita una idea de hombre, una idea de autoridad y una idea de bien común. 

Sin eso, el ajuste del Estado puede terminar siendo solo una revancha contable; y la apertura económica, una simple descompresión sin cultura productiva, sin responsabilidad y sin tejido social.

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Dicho más simple: el mercado no es enemigo de la justicia, pero tampoco la reemplaza. Funciona mejor cuando está sostenido por hábitos, reglas y virtudes que él mismo no produce de manera automática. 

Confianza, cumplimiento de la palabra, disciplina, esfuerzo, previsión, respeto por la ley, valoración de la familia, prestigio del trabajo bien hecho: nada de eso sale de un decreto, pero nada de eso es irrelevante para una economía sana. Quien crea que la libertad se mantiene sola, sin una ecología moral alrededor, se está contando un cuento demasiado optimista.

También por eso conviene desconfiar de otra simplificación habitual: la idea de que la pobreza se resuelve sólo con transferencias o sólo con crecimiento. Las dos fórmulas, tomadas aisladamente, son cortas. La pobreza argentina es material, pero también educativa, cultural e institucional. Hay familias quebradas, trayectorias laborales interrumpidas, barrios capturados por organizaciones que administran escasez, escuelas que no enseñan, adicciones, violencia y una pedagogía del subsidio que en muchos casos premió la pasividad mientras castigaba el esfuerzo. 

Sería incompleto pensar que semejante deterioro se corrige únicamente con una motosierra presupuestaria. Por el otro lado es muy peligroso creer que se corrige expandiendo un Estado que ya demostró ser muy generoso para crear clientelas y muy torpe para generar autonomía.

La reconstrucción social

La salida exige reconstruir mediaciones sociales. Familias, escuelas, iglesias, mutuales, asociaciones, cooperativas, redes barriales, empresas y oficios. Todo eso que durante demasiado tiempo fue desplazado por un Estado que quiso ocuparlo todo y terminó haciendo mal casi todo. 

Subsidiariedad, en este punto, no es una palabra decorativa. Es un criterio práctico: aquello que la persona, la familia o la comunidad pueden hacer, no debe ser absorbido por una estructura superior. Y aquello que una estructura superior debe hacer, debe hacerlo para fortalecer, no para reemplazar, la responsabilidad de los cuerpos intermedios.

Alberdi como bisagra

En ese cruce entre libertad económica, límite al poder y espesor moral aparece con una fuerza singular Juan Bautista Alberdi. No hace falta convertirlo en algo que no fue. 

No fue un escolástico ni un austríaco fuera de época. Pero entendió un punto esencial que hoy conserva toda su vigencia: la riqueza de una nación no brota mágicamente del subsuelo, ni del presupuesto, ni de la voluntad declamada del gobernante. Brota del hombre en libertad, de su trabajo, de su ingenio, de la cooperación y de las reglas que hacen posible que ese esfuerzo fructifique.

Alberdi vio con claridad que los recursos naturales, por sí solos, no salvan a ningún país. Sin capital, sin trabajo, sin conocimiento, sin instituciones y sin seguridad jurídica, la abundancia geológica puede seguir durmiendo durante décadas bajo tierra. 

Es una observación particularmente útil para la Argentina, tan acostumbrada a fantasear con la salvación automática: ayer la tierra, después la industria protegida, más tarde la soja, luego Vaca Muerta, mañana el litio. Cambian los nombres; persiste la superstición. Alberdi pone los pies sobre la mesa: sin una población educada, laboriosa y libre, la riqueza potencial sigue siendo potencial y nada más.

Por eso su defensa de la libertad no es retórica. No habla de una libertad adolescente, entendida como simple ausencia de frenos. Habla de capacidad efectiva, de condiciones materiales e institucionales para producir, intercambiar, invertir, aprender y progresar. 

En su lenguaje, gobernar no equivale a repartir; equivale a crear un marco en el que la sociedad pueda desplegar energía propia. Ahí hay un puente muy fértil con esta tradición de libertad con raíces: el Estado de Derecho como garante del orden y no como empresario universal; la política como arquitecta de reglas y no como sustituta de la vida económica y social.

Un programa más exigente

Ese punto debería ser central en cualquier proyecto serio para la Argentina. Reducir el Estado es necesario, pero no suficiente. Abrir la economía puede ser saludable, pero no basta. 

Hace falta, además, repoblar moral e institucionalmente el país. Formar capital humano, proteger la familia, dignificar el trabajo, premiar el mérito, volver a valorar el ahorro, reconstruir confianza y ofrecer seguridad estable a quienes producen. En términos empresariales, haría falta dejar de gestionar la decadencia y empezar a recomponer los activos de base del sistema: cultura del trabajo, calidad educativa, moneda confiable, justicia previsible, infraestructura razonable y densidad social.

No hay nada particularmente romántico en esto. Es, más bien, realismo duro. Los países prósperos no son los que repiten consignas más ingeniosas, sino los que logran articular libertad, instituciones y cultura. Cuando una de esas tres patas falta, el modelo se desequilibra. 

Con libertad económica sin reglas, aparece el abuso. Con reglas sin libertad, aparece la parálisis. Con ambas cosas, pero sin cultura moral ni cuerpos intermedios fuertes, la sociedad se fragmenta y termina pidiendo nuevamente un poder tutelar que la contenga. Y así vuelve a empezar el ciclo.

La Argentina tiene hoy la posibilidad de cortar, al menos en parte, esa repetición. Pero sólo lo hará si entiende que la libertad no puede sostenerse como una moda ni como un reflejo de hartazgo. Necesita doctrina, instituciones y una narrativa más profunda que la mera administración de la urgencia. 

Salamanca recuerda que la libertad no nació huérfana de verdad. La Escuela Austríaca recuerda que el orden económico no puede ser diseñado desde un escritorio estatal. La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que el hombre es más que un consumidor o un contribuyente. Y Alberdi recuerda, con una claridad que asombra, que la riqueza nace del hombre cuando se lo deja trabajar, crear y asociarse en paz.

Tal vez la tarea de fondo sea justamente esa: salir del falso dilema entre estatismo sentimental y liberalismo desarraigado. La Argentina no necesita una religión del mercado ni una nueva versión del Estado providencia. Necesita un orden libre con responsabilidad moral, instituciones firmes y confianza en la capacidad creadora de la sociedad. Menos tutela, menos relato, menos parasitismo. Más libertad, sí, pero una libertad con raíces.

Porque, al final, la pregunta no es sólo cuánto Estado o cuánto mercado queremos. La pregunta decisiva es otra: qué idea de tipo de habitante de la Argentina estamos dispuestos a defender. Y de esa respuesta depende bastante más que un programa económico. Depende el tipo de país que todavía estamos a tiempo de reconstruir.

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