jueves, abril 2, 2026

Rubén de la Llana: La libertad y el Siglo de Oro

COLUMNISTAS INVITADOS. De la Universidad de Salamanca a la Escuela Austríaca, Rubén de la Llana (Fundación Alberdi) desanda una genealogía olvidada para rescatar un liberalismo con espesor moral y límites claros al poder político.

Mucho antes de que las pizarras de Wall Street o los manuales de la Escuela de Chicago dictaran las reglas del intercambio global, en los claustros de la Universidad de Salamanca ya se gestaba una revolución silenciosa. Entre los siglos XVI y XVII, un grupo de teólogos españoles —encabezados por figuras como Francisco de Vitoria y Juan de Mariana— comenzó a desentrañar los misterios del valor subjetivo, el precio justo y la libertad de comercio. No lo hacían desde la frialdad técnica de un laboratorio financiero, sino desde una profunda reflexión sobre la dignidad humana y el orden natural, estableciendo los cimientos de lo que siglos más tarde conoceríamos como liberalismo.

Esta «tradición olvidada» propone un puente intelectual fascinante con la Escuela Austríaca de economía. Lejos de ser una rebelión contra la fe o una apología del egoísmo, el pensamiento salmantino entendía el mercado como una forma de cooperación humana que requiere, necesariamente, de un suelo moral previo. Al rescatar esta conexión, se revela una genealogía incómoda para quienes reducen la libertad a una simple métrica de eficiencia, recordándonos que la economía, cuando se divorcia de la antropología, corre el riesgo de convertir al hombre en un simple engranaje de consumo o producción.

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En el contexto actual, donde el debate oscila frecuentemente entre el estatismo asfixiante y un tecnicismo despojado de raíces, volver la mirada a Juan de Mariana y sus contemporáneos resulta imperativo. Su defensa de la moneda sana y su feroz crítica a la arbitrariedad del poder no son piezas de museo, sino herramientas vigentes para cuestionar la expansión burocrática del Estado moderno. En esta columna, Rubén de la Llana nos invita a explorar cómo la libertad, cuando encuentra sus raíces en la responsabilidad personal y la justicia, adquiere una fuerza capaz de transformar no solo la economía, sino el sentido mismo de la comunidad.

El texto completo de Rubén de la Llana

Libertad con raíces: Cuando la libertad se estudió en el Siglo de Oro Español

De Salamanca a la Escuela Austríaca: la tradición olvidada que ayuda a pensar otras raíces del liberalismo

Para ubicarnos en el tiempo, el Siglo de Oro español se extiende, en términos generales, desde comienzos del siglo XVI hasta 1681; y la Escuela de Salamanca, en su núcleo más fértil, se desarrolla sobre todo entre Francisco de Vitoria (c. 1486–1546) y Francisco Suárez (1548–1617), aunque su irradiación alcanza buena parte del siglo XVII.

Mucho antes de Adam Smith, en la Universidad de Salamanca ya se discutían cuestiones que hoy parecen patrimonio exclusivo de economistas modernos: propiedad privada, libertad de comercio, valor subjetivo, precio justo, moneda sana y límites al poder político. Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta y, más tarde, Juan de Mariana no estaban improvisando un catecismo mercantil. Estaban tratando de entender, con las herramientas de su tiempo, cómo debía ordenarse la vida social cuando se toma en serio la dignidad de la persona y cuando se reconoce que el poder no puede hacer cualquier cosa.

Ahí aparece la primera aclaración importante para nuestro debate actual. El liberalismo económico, en su mejor versión, no nació como una rebelión contra toda tradición ni como una negación de la fe. Nació, en buena medida, de una reflexión sobre el orden natural, la responsabilidad personal y la justicia. Dicho de otro modo: la libertad no era valiosa sólo porque produjera eficiencia, sino porque respondía a algo más profundo acerca del hombre, su racionalidad y su capacidad de obrar.

Una genealogía incómoda

Eso cambia bastante el paisaje. Porque una cosa es defender el mercado como una simple maquinaria útil para asignar recursos, y otra muy distinta es verlo como una forma de cooperación humana que sólo puede sostenerse si existe un suelo moral previo. 

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Los salmantinos entendieron justamente eso. No hablaban desde la autosuficiencia de la razón moderna, sino desde una inteligencia que se sabía limitada y que por eso buscaba apoyarse en una verdad objetiva sobre la persona, la propiedad, el intercambio y el bien común.

No hace falta forzar la historia para ver el parentesco con algunas tesis que siglos después desarrollaría la Escuela Austríaca. En Salamanca ya aparecen intuiciones sobre el valor subjetivo, críticas a la manipulación monetaria y una defensa del intercambio voluntario que anticipan, con otro lenguaje, desarrollos posteriores de Menger, Mises o Hayek. Desde luego, no se trata de convertir a los teólogos españoles en austríacos prematuros. Sería una caricatura. Pero sí de reconocer una continuidad intelectual que durante demasiado tiempo fue ignorada, cuando no directamente barrida debajo de la alfombra.

Hay, además, un punto decisivo: Salamanca no separó economía y moral como si fueran compartimentos estancos. Ese corte, tan característico de la modernidad tardía, todavía no se había producido. Por eso su legado resulta hoy tan valioso. 

Nos recuerda algo que el debate contemporáneo suele olvidar: cuando la economía se emancipa por completo de la antropología, termina reduciendo al hombre a productor, consumidor o contribuyente. Y cuando la moral se divorcia de la realidad económica, corre el riesgo de convertirse en un catálogo de buenas intenciones sin eficacia social.

Mariana y los límites del poder

Uno de los nombres más potentes de esa tradición es Juan de Mariana. Su figura incomoda porque no encaja en los estereotipos fáciles. Fue jesuita, teólogo, historiador y, al mismo tiempo, un crítico feroz de la arbitrariedad del poder. En sus escritos sostuvo que el rey no es dueño de la sociedad, que la autoridad tiene límites y que la tiranía no merece obediencia indefinida. 

No hablaba como un agitador. Hablaba como alguien que tomaba en serio la ley natural. El poder legítimo, para Mariana, no se funda en la mera fuerza; se funda en el derecho. Y cuando se divorcia de la justicia, pierde autoridad moral.

Ese argumento no quedó encerrado en una disputa del Siglo de Oro. Sigue teniendo una actualidad notable. También hoy, aunque con modales más burocráticos, el poder político tiende a expandirse, a colonizar espacios que no le corresponden y a presentarse como fuente exclusiva de orden, ayuda y sentido. 

En América Latina conocemos demasiado bien ese mecanismo. El Estado se agranda en nombre de los pobres, de la igualdad o de la emergencia permanente, y termina produciendo dependencia, privilegios y una sociedad civil cada vez más débil.

El puente hacia Austria

La discusión sobre libertad económica en nuestra región suele quedar atrapada entre dos errores simétricos. De un lado, el populismo estatista, que desconfía de la iniciativa privada, idolatra el gasto público y convierte a la política en repartidora compulsiva de favores. Del otro, un liberalismo de laboratorio que sabe mucho de incentivos, precios y equilibrio fiscal, pero a veces dice poco sobre cultura, deberes, comunidad o responsabilidad moral. 

El primero asfixia a la sociedad. El segundo corre el riesgo de adelgazarla hasta dejarla sin espesor humano. Por eso el diálogo entre Salamanca y la Escuela Austríaca sigue siendo tan fecundo. 

Los austríacos aportan herramientas potentes para entender el mercado, la dispersión del conocimiento, la función empresarial y los daños de la planificación central. Su crítica al intervencionismo conserva una vigencia impresionante, sobre todo en países como la Argentina, donde el Estado lleva décadas castigando la inversión, deformando precios y confundiendo gobierno con tutela permanente. 

Pero ese edificio analítico, cuando se lo despega de una noción fuerte de persona, puede deslizarse hacia un individualismo que no siempre sabe responder qué hacer con la fragilidad, la pobreza o la obligación moral hacia el otro.

Ahí es donde la tradición cristiana no anula la libertad, sino que la ordena. La Doctrina Social de la Iglesia, en sus mejores textos, no propone una economía administrada desde arriba ni un progresismo piadoso con lenguaje religioso. 

Propone algo más exigente: una sociedad libre en la que la propiedad, el trabajo, la iniciativa y la solidaridad tengan un encuadre moral. Juan Pablo II lo dijo con bastante claridad en Centesimus Annus al reconocer la eficacia de la economía de mercado, pero recordando que no todo puede medirse con la vara del beneficio ni dejarse librado a un mecanicismo impersonal.

Todo esto puede sonar a discusión de biblioteca. No lo es. En países como la Argentina, donde el debate económico suele oscilar entre el estatismo sentimental y un liberalismo sin raíces, volver sobre esta genealogía importa bastante más de lo que parece. Porque la pregunta de fondo ya no es sólo de dónde viene la idea de libertad, sino qué tipo de libertad estamos dispuestos a defender cuando el cansancio social abre una ventana de cambio. Esa ya es la discusión de la segunda parte.

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