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martes, enero 20, 2026

La Bodega Santa Ana y la burbuja que cambió la historia del vino argentino

En la vasta geografía vitivinícola de Argentina, donde Mendoza se erige como un icono global del vino, hay un capítulo que muchas veces pasa desapercibido pero que marcó un antes y un después en nuestra tradición vitícola: la aparición del primer espumante argentino. Según el historiador Pablo Lacoste, esta historia comenzó en el corazón de Guaymallén, en la ahora centenaria Bodega Santa Ana, en un rincón de tierras mendocinas que hoy reivindica con orgullo su papel fundacional. Aquí, el video del estado de las instalaciones desde afuera en diciembrte de 2025, como registro para la historia.

A finales del siglo XIX, la inmigración europea alimentaba el desarrollo productivo en Argentina. Fue en 1890 cuando Carlos Kalles, un inmigrante de origen alemán, fundó la Bodega Santa Ana en Guaymallén. Con visión, pasión y conocimientos técnicos importados de Europa, Kalles no tardó en interesarse por elaborar un vino espumante local, hasta entonces desconocido en el país; una bebida que, por entonces, solo llegaba desde Francia o Europa Central junto con la élite que la consumía. 

Dos años después de fundar la bodega, Kalles comenzó a trabajar con variedades europeas, especialmente Pinot Noir, que trajo consigo para probar métodos de vinificación adaptados a las condiciones de Mendoza. El resultado de ese esfuerzo fue el producto que un 15 de noviembre de 1902 presentó en sociedad: el primer espumante producido en la Argentina, etiquetado y servido ante periodistas, clientes y funcionarios en Buenos Aires. Hasta ese momento, cualquier espumante que se consumía en el país era exclusivamente importado. Memo+1

Del “champagne” argentino a un legado duradero

En aquella época se hablaba indistintamente de “champagne” para referirse a cualquier vino espumoso, debido al peso cultural europeo del concepto. Pero la iniciativa de Kalles marcó la primera vez que una bebida con burbujas y fermentación natural se producía de forma sistemática dentro del país. La repercusión que tuvo fue significativa: en el mismo contexto histórico, otros productores, como el alemán Hans von Toll en San Martín, comenzaron a experimentar con espumantes, pero Santa Ana fue la primera bodega en presentar y dar a conocer el producto argentino

El historiador Lacoste ha subrayado que esta innovación no solo fue técnica sino también simbólica: permitió a Mendoza y a Guaymallén insertarse en un circuito cultural más amplio, donde el vino dejó de ser una simple mercancía agrícola para transformarse en un producto con identidad propia. Además, esas primeras campañas de difusión, incluso en revistas de alta circulación nacional como Caras y Caretas, ayudaron a consolidar una cultura del espumante en Argentina que perduraría durante décadas. 

Identidad, tradición y futuro

Hoy, más de un siglo después, Guaymallén ha sido oficialmente declarado Capital del Vino Espumante por la Municipalidad local, y el legado de ese primer espumante sigue vigente. Más de veinte bodegas de la zona producen espumantes de calidad, integrando la tradición vitivinícola con eventos culturales, festivales enoturísticos y una identidad que se ha convertido en atractivo turístico. 

La propuesta de muchos productores, investigadores y autoridades es que, así como otros productos vitivinícolas consiguen denominación de origen, el espumante argentino —y especialmente el de Guaymallén— pueda recibir un reconocimiento formal que refleje su historia única y singular. Es un proyecto que mira tanto al pasado como al futuro, respetando el trabajo pionero de quienes, en 1902, agitaron las primeras burbujas que hoy simbolizan celebración, cultura y tradición nacional.

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