jueves, abril 2, 2026

¿Hay una crisis antropológica mundial?


COLUMNISTAS INVITADOS. El Prof. José Jorge Chade y una mirada profunda sobre la crisis de sentido que atraviesa la humanidad contemporánea, marcada por la primacía de lo económico y tecnológico sobre la dignidad humana, y la urgente necesidad de reconstruir valores, ética y comunidad.


En un contexto global atravesado por tensiones sociales, económicas y culturales, emerge con fuerza una pregunta esencial: ¿qué significa hoy ser humano? La denominada “crisis antropológica” interpela no solo a las estructuras del mundo moderno, sino también a la conciencia individual y colectiva.

Lejos de tratarse únicamente de un fenómeno económico o político, esta crisis revela una transformación profunda en la manera en que las personas se perciben a sí mismas, a los demás y al entorno. La pérdida de referencias éticas y el predominio de una lógica centrada en el consumo y la productividad han generado un creciente malestar y una sensación de vacío existencial.

En este marco, la reflexión se vuelve imprescindible. Repensar el sentido de la vida, el valor de la comunidad y el lugar de la ética constituye un desafío urgente para reconstruir una sociedad más humana, equilibrada y consciente de sus límites y posibilidades.

La columna completa de José Jorge Chade

Crisis antropológica mundial: una reflexión necesaria

El domingo pasado, en un encuentro entre amigos, uno de ellos, muy querido por mí, planteó un tema particular y, a su vez, muy actual: la reflexión sobre la “crisis antropológica” que estamos atravesando.

Con el Domingo de Ramos comenzó la Semana Santa y, realmente, considerando el mundo de hoy, esto debería servirnos para reflexionar como personas, “de aquellas que debemos ser, y no parecer”. Esta sería una buena ocasión, y me quedé preocupado por lo que cada uno, por sí mismo, habrá pensado frente a este tema, si entendieron lo que se quería decir. Porque no se trata de ser “santos”, sino de aprovechar algunos mensajes para acercarnos a nosotros mismos.

La crisis actual podría interpretarse como una búsqueda de libertad que no ha tenido en cuenta las consecuencias para los derechos universales. Ha conducido a la humanidad a los conflictos internacionales actuales, a la división social y económica y a los actos de violencia que presenciamos a diario, lo que nos lleva a preguntarnos: “¿por qué?”.

En diversos momentos de la historia, los seres humanos han sentido la necesidad de buscar, en el principio del placer, el descubrimiento y la revolución, algo que aún no existía, incluso a través del desorden, el caos y el cuestionamiento del orden establecido.

La crisis antropológica es una profunda transformación cultural y de identidad en la que se niega la primacía del ser humano, sustituida por la lógica económica y tecnológica. Se manifiesta en la alienación y en una “cultura del usar y tirar”, donde la persona se convierte en un medio de consumo en lugar de un fin, lo que pone de manifiesto una pérdida de sentido y de valores fundamentales.

Esta es, quizás, una nueva fase evolutiva de la humanidad que, mediante la negación del bien común y la moral tradicionalmente reconocida, intenta desarrollar su propia ética individual y compartida, libre de preceptos, dogmas y moralismos. Esto dará lugar a una nueva forma de coexistencia evolucionada, donde la cuna del cambio será una nueva educación basada en el reconocimiento del valor antropológico de la persona.

Por ejemplo, la negación de la dignidad humana, donde las personas son valoradas en función de su productividad o consumo, y ya no por su valor intrínseco, lo que conduce a la exclusión social. La cultura del consumismo y del despilfarro es un concepto respaldado firmemente por el papa Francisco, que pone de relieve el hecho de que quienes no son considerados “productivos” son marginados.

La tecnocracia y la economía predominan sobre los intereses humanos y relacionales. Esta mutación antropológica, junto con los cambios epocales rápidos (tecnológicos y sociales), dificulta la comprensión de nuestra identidad actual.

Esto provoca un malestar profundo y generalizado debido a la pérdida de puntos de referencia estables y de una visión unificada de la humanidad. No se trata solo de un problema económico, sino de un cambio civilizatorio que afecta la propia visión de la humanidad. Algunas interpretaciones, como la de Javier Melloni (antropólogo de Barcelona, España), ven la crisis como una “discontinuidad necesaria” para la evolución, por difícil que sea, mientras que las perspectivas religiosas abogan por una “cultura del cuidado” como respuesta.

Estamos experimentando una crisis civilizatoria (o antropológica) sin precedentes, una crisis que no solo concierne a la economía o la ecología, sino que también afecta los fundamentos más profundos de nuestra identidad cultural y antropológica. Cada vez resulta más evidente que el sistema en el que vivimos ya no puede reformarse mediante intervenciones puntuales ni con meros cambios legislativos o económicos. Esta crisis antropológica se manifiesta a través de un malestar generalizado, una sensación de alienación y una pérdida de sentido.

El modelo de desarrollo dominante se basa en una premisa aparentemente simple: el crecimiento económico es el objetivo primordial de la sociedad y la clave del bienestar humano. La expansión económica, inicialmente vista como un medio para garantizar la prosperidad colectiva y mejorar la calidad de vida, se ha transformado progresivamente en un fin en sí misma. Hoy estamos inmersos en una sociedad en la que el crecimiento ya no responde a las necesidades auténticas de las personas, sino que alimenta un círculo vicioso de consumo y deseos artificiales. Este paradigma, basado en un aumento continuo de la producción y el consumo, ha paralizado nuestra civilización ecológica y socialmente.

Desde una perspectiva antropológica, esto que está sucediendo ha desconectado a los individuos de sus necesidades reales y de la dimensión comunitaria. El impulso hacia la acumulación y la competencia por los recursos económicos ha creado un vacío de significado, alimentando una sensación de aislamiento y confusión. En lugar de mejorar la calidad de vida, el crecimiento por el crecimiento mismo ha generado un malestar generalizado, fragmentando las comunidades y llevando a los individuos a un estado de alienación de sí mismos y del mundo que los rodea.

Para comprender plenamente la magnitud de esta crisis, debemos reconocer cómo la economía ha colonizado nuestra imaginación colectiva. Cada aspecto de nuestras vidas —desde las relaciones humanas hasta el ocio, desde la cultura hasta la educación— se ha subordinado a la lógica de la acumulación y el lucro. La imaginación cultural, una vez fundada en valores de compartir, solidaridad y bienestar colectivo, ha sido progresivamente reemplazada por una cosmovisión basada en la mercantilización de cada aspecto de la vida humana.

Esta colonización de la imaginación es una de las principales razones de nuestra incapacidad para imaginar alternativas creíbles al modelo actual. Liberarnos de esta influencia —es decir, descolonizar la imaginación— se convierte en un paso esencial para salir de la crisis. Significa recuperar la capacidad de imaginar el mundo no solo en términos económicos, sino a través de valores que reconozcan a los seres humanos como fines y no como medios, como entidades capaces de relaciones auténticas y significado compartido.

La propuesta no es simplemente una evasión del crecimiento, sino una reconstrucción de la sociedad sobre bases radicalmente diferentes, privilegiando lo “societal”: ese tejido de conexiones auténticas y significativas que constituye la verdadera riqueza de una comunidad. Desde esta perspectiva, la sociedad ya no se organiza en torno a la producción y el consumo ilimitados, sino en torno a la satisfacción de las necesidades auténticas de las personas, el respeto de los límites ecológicos y la promoción de relaciones humanas profundas.

Esto implica una serie de transformaciones: el retorno a las necesidades esenciales. Reconocer y valorar lo que es verdaderamente importante para los seres humanos, como la alimentación, la salud, la educación y las relaciones humanas significativas. El propósito de la sociedad ya no debe ser generar deseos infinitos, sino responder a necesidades auténticas.

Nuestra cultura debe redescubrir los valores humanistas, aquellos que reconocen al ser humano como un fin en sí mismo y no como un medio. En cierto sentido, debemos recuperar una visión del mundo que valore a los seres humanos por lo que son, no por lo que poseen (¿ser o parecer?). Esta revolución cultural es un retorno a los principios que históricamente han promovido una visión integral del individuo, como parte de una comunidad y un ecosistema.

La crisis antropológica y sistémica que estamos viviendo no es solo una crisis de recursos o sostenibilidad, sino una crisis de valores y de sentido. El paradigma del crecimiento ilimitado ha llevado a nuestro sistema a un punto de no retorno, y solo un profundo cambio cultural puede ofrecer una salida. Debemos imaginar una sociedad diferente, en la que la economía vuelva a ser una herramienta al servicio de la humanidad, y no el objetivo principal de la existencia humana.

Este cambio no será fácil ni inmediato, pero representa un desafío fundamental para la humanidad. Emerger de una sociedad del crecimiento implica redescubrir el valor de las relaciones auténticas, el respeto por la naturaleza y el compartir. Solo a través de una revolución cultural que vuelva a poner a la humanidad y la comunidad en el centro podremos construir una civilización capaz de reconciliarse con los límites del planeta y redescubrir el profundo sentido de nuestra existencia.

Al cuestionar ciertos dictados de la moral, la ética secular o religiosa en la búsqueda de algo nuevo, es necesario encontrar referencias éticas para la vida. Pero no podemos negar un principio moral interno: la ética del comportamiento que todos llevamos dentro, un mapa interno de significados y valores que guía nuestras decisiones. Reconocer que existe una “libertad de” que, sin embargo, nos expone a un caos disfuncional que no favorece la evolución, y una “libertad para” que, al preservar las referencias morales y éticas en el trasfondo de la acción, conduce a la evolución y la mejora.

Si la ética religiosa o secular sirve para gestionar el ego que encapsula y bloquea el desarrollo personal, es bienvenida como un camino a seguir.

La ética es la capacidad de encontrar el propio marco de significado en la vida, que responde a lo que es bueno y a lo que nos hace sentir bien, y que corresponde a la evolución personal y colectiva. Una teoría de la vida de la que no hay necesidad de liberarse, sino que, por el contrario, libera de la dictadura y la esclavitud del ego, que aprisiona al individuo creyendo liberarlo. Lo pervierte, llevándolo a tomar decisiones sin sentido, impulsado por instintos, impulsos y deseos que ignoran lo que es mejor para sí mismo y para los demás.

Una esperanza permanece siempre: no nos dejemos superar por esto, ya que en toda crisis bien gestionada puede gestarse un auténtico renacimiento, un crisol de valores individuales y universales, nacido de la conciencia de que, para ser libre, uno debe saber gobernarse a sí mismo mediante una creciente responsabilidad y permanente evaluación de las consecuencias de sus decisiones.

Fuente consultada: Artículo de Emanuela Megli, La Gazzetta di Mezzogiorno, Bari, 2026.

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