Un fragmento de una de las entrevistas más polémicas de la historia en la que la potente italiana le dijo las cosas en la cara al exlider supremo de Irán. Sirve hoy en que una revolución, con las mujeres como protagonistas, intenta separar a la religión de los asuntos del Estado y voltear a la teocracia gobernante.
Antes de ir al punto, sobre todo por el paso del tiempo y su manía borradora de la historia, hay que explicar que Oriana Fallaci fue una de las periodistas más picantes y controvertidas de Occidente (en el mundo no libre, es imposible). Nació en 1929 en Florencia, Italia y comenzó su carrera en los medios en la década de 1950 como reportera para el diario Il Mattino dell’Italia Centrale, cubriendo eventos políticos y sociales.
Fallaci entrevistó a algunos de los personajes más prominentes de la época, desde líderes políticos como Henry Kissinger y Muammar Gaddafi hasta figuras culturales como Federico Fellini y Salvador Dalí. Por supuesto, también a Leopoldo Fortunato Galtieri y al Ayatola Jomeini de Irán.
A este último queríamos llegar, ya que Jomeini encabezó la revolución (o involución) contra un Irán que era parte de Occidente y lo llevo a ser una teocracia fanátíca, en donde todo se rige de acuerdo a lo que decide la religión, siendo las mujeres tratadas poco menos que como animales.
Hoy son ellas las protagonistas de una nueva revolución, reprimida sangrientamente por los ayatolás.
Pero todo esto viene al caso por una puntualización que realizó el periodista italiano Marco Fattorini, quien extrajo, recordó y difundió un tramo de una histórica entrevista de Fallaci al Líder Supremo de Irán, Ruhollah Jomeini. Corriere della Sera, 26 de septiembre de 1979, que (¡alerta spoiler!) terminó mal, como muchas de las notas de la notable comunicadora.
Abajo, el párrafo y la foto del momento:

Oriana Fallaci: «Por favor, imán, todavía tengo muchas preguntas que hacerle. Sobre este ‘chador’, por ejemplo, que me ponen para venir a verlo, y que usted impone a las mujeres. Dígame: ¿por qué las obliga a esconderse como fardos bajo una prenda incómoda y absurda que les impide trabajar y moverse? Sin embargo, incluso aquí, las mujeres han demostrado ser iguales a los hombres. Como los hombres, lucharon, fueron encarceladas, fueron torturadas; al igual que los hombres, hicieron la revolución…».
Jomeini: «Las mujeres que hicieron la revolución fueron y son mujeres vestidas con ropa islámica, no mujeres elegantes y maquilladas como ella, que andan con el torso desnudo, siguiendo a una multitud de hombres. Las mujeres coquetas que se maquillan y salen a la calle luciendo cuello, cabello y curvas no lucharon contra el Sha. Nunca hicieron nada bueno. Nunca supieron cómo hacerse útiles: ni social, ni política, ni profesionalmente. Y eso se debe a que, al descubrirse, distraen y molestan a los hombres. Luego, también distraen y molestan a otras mujeres».
Fallaci: «Eso no es cierto, imán. Y, en cualquier caso, no me refiero solo a una prenda, sino a lo que representa: la segregación a la que se vio sometida la mujer tras la revolución. El hecho mismo de que no pueden estudiar en la universidad con hombres, por ejemplo, ni trabajar con hombres, ni nadar en el mar o en la piscina con hombres. Tienen que bucear por separado con sus chadores. Por cierto, ¿cómo se puede nadar con un chador?».
Jomeini: «Nada de esto te concierne. Nuestras costumbres no te conciernen. Si no te gusta la vestimenta islámica, no tienes por qué usarla. Porque la vestimenta islámica es para mujeres jóvenes y respetables».
Fallaci: «Muy amable. Y ya que lo dices, me quitaré inmediatamente este estúpido trapo medieval. Listo.»

En italiano también, el idioma original en que la nota fuera publicada:
Oriana Fallaci: «La prego, Imam, devo chiederle ancora molte cose. Di questo “chador” a esempio, che mi hanno messo addosso per venire da lei e che lei impone alle donne. Mi dica; perché le costringe a nascondersi come fagotti sotto un indumento scomodo e assurdo con cui non si può lavorare né muoversi? Eppure anche qui le donne hanno dimostrato d’essere uguali agli uomini. Come gli uomini si sono battute, sono state imprigionate, torturate, come gli uomini hanno fatto la rivoluzione…»
Khomeini: «Le donne che hanno fatto la rivoluzione erano e sono donne con la veste islamica, non donne eleganti e truccate come lei che se ne vanno in giro tutte scoperte trascinandosi dietro un codazzo di uomini. Le civette che si truccano ed escono per strada mostrando il collo, i capelli, le forme, non hanno combattuto lo Scià. Non hanno mai fatto nulla di buono quelle. Non sanno mai rendersi utili: né socialmente, né politicamente, né professionalmente. E questo perché, scoprendosi, distraggono gli uomini e li turbano. Poi distraggono e turbano anche le altre donne».
Fallaci: «Non è vero, Imam. E comunque non mi riferisco soltanto a un indumento ma a ciò che esso rappresenta: cioè la segregazione in cui le donne sono state rigettate dopo la rivoluzione. Il fatto stesso che non possano studiare all’università con gli uomini, ad esempio, né lavorare con gli uomini, né fare il bagno in mare o in piscina con gli uomini. Devono tuffarsi a parte con il “chador”. A proposito, come si fa a nuotare con il “chador”?».
Khomeini: «Tutto questo non la riguarda. I nostri costumi non vi riguardano. Se la veste islamica non le piace, non è obbligata a portarla. Perché la veste islamica è per le donne giovani e perbene».
Fallaci: «Molto gentile. E, visto che mi dice così, mi tolgo subito questo stupido cencio da Medioevo. Ecco fatto».

