COLUMNISTAS INVITADOS. No solo se trata de opinar sobre cuestiones políticas, económicas y sociales. La expresión libre, a traves de la ficción, es más válida que nunca. Aquí, un texto de Antonio Romeo.
En este cuento breve y de atmósfera inquietante, Antonio Romeo sitúa al lector en un bar de pueblo donde la rutina de los encuentros semanales se ve alterada por la aparición de un extraño visitante. Lo que comienza como una conversación más entre parroquianos deriva en una experiencia desconcertante, donde el tiempo, la memoria y la identidad se vuelven difusos.
Con un tono sencillo y evocador, el relato explora la fragilidad de la percepción humana y la posibilidad de que, en cualquier instante, la realidad cotidiana se quiebre y revele algo inexplicable. La historia avanza hacia un desenlace abierto, cargado de misterio y melancolía.
La mesa, por Antonio Romeo
Como todos los sábados, nos juntamos un grupo de parroquianos en el bar para hablar e intercambiar opiniones; la última juntada fue especial y extraña.
En el salón estábamos los mismos de siempre, hasta que llegó un viejo bien vestido que marcaba la diferencia con nosotros. Eligió la mesa donde el sol no llegaba y pidió, a viva voz (para que notáramos su presencia), que le sirvieran la bebida más espirituosa que tuvieran en ese bar. Claro que captó nuestra atención: dejamos de hablar y nos miramos. Todos pensamos al mismo tiempo en invitarlo a que se sumara a la mesa y, utilizando su estilo, le gritamos: “Véngase, buen hombre, a nuestra mesa para que no esté solo y, de paso, hablamos de bueyes perdidos”. Él, con buenos modales, aceptó y se sumó.
Nos presentamos y, cuando llegó su turno, solo dijo: “Soy un viajero que por azar llegó a este lugar”. En un par de horas ya era uno de nosotros. Con educación nos pidió la palabra; para nosotros, acostumbrados a hablar superponiéndonos y a los gritos, fue toda una novedad. Como no quedaba otra, le cedimos la palabra y nos dijo que nos iba a contar una historia sobre un pueblo que había quedado atrapado en el tiempo. Sus habitantes vivían el presente, sin pasado ni futuro, en un constante rulo. Nadie se daba cuenta hasta que llegaba un forastero que, con el don de la palabra, rompía ese rulo constante y volvían a tener una vida donde el pasado, el presente y el futuro tomaban forma. Él dijo: “Aclaro que esto era doloroso y alegre: doloroso por las pérdidas y alegre por los encuentros, como la vida misma. Nacemos, morimos, ganamos, perdemos” y otras yerbas.
Nosotros estábamos tan concentrados en el relato, y su voz nos había atrapado tanto, que no nos dimos cuenta de que ya no estaba entre nosotros. Llegó la hora de pagar y seguir con nuestras vidas. Cuando salíamos del bar, nos vimos en un espejo: estábamos más viejos, canosos, con arrugas, encorvados.
La luz del sol eran alfileres que pinchaban nuestros ojos. Uno dijo: “¿Qué nos pasó?”. Cosa de mandinga. Salimos a la calle y la gente del pueblo susurraba: “¿Quiénes son esos viejos? ¿De dónde salieron?”. Nosotros, en silencio, caminamos y en nuestras cabezas queríamos encontrar la respuesta que nunca tuvimos. Como la vida manda, fuimos desapareciendo de a uno del pueblo.

