COLUMNISTAS INVITADOS. Antonio Romeo: Entre la saturación de ideas y la rigidez de las creencias, el relato explora la fragilidad de lo real cuando desaparece el espacio para la duda, el silencio y el encuentro. Una tensión persistente que no estalla, pero que transforma todo.
En un mundo donde el exceso de sentido convive con la ceguera de las certezas, la realidad comienza a resquebrajarse sin estruendo. Equilibrio, de Antonio Romeo, propone una mirada inquietante sobre una sociedad partida en dos extremos que, lejos de sostenerse, se desgastan mutuamente.
El texto completo de Antonio Romeo
Equilibrio
El mundo no murió.
Se quebró con los ojos abiertos.
Nadie supo cuándo empezó. Tal vez cuando las palabras dejaron de decir. Tal vez cuando comenzaron a decirlo todo.
De un lado estaban los saturados de sentido. No dormían. Las pantallas les ardían en los ojos y en la mente. Acumulaban cifras, teorías, proyecciones, como si el sentido pudiera hallarse en la acumulación. Todo era urgente. Todo debía ser comprendido. Pero, en ese exceso, algo se partió en silencio. Ya no distinguían lo esencial. Pensaban sin pausa, pero el sentido se les escapaba.
Del otro lado, los aferrados a certezas. Dormían en la calma de lo incuestionable. Se abrazaban a verdades rígidas, inamovibles. No pedían pruebas. Repetían hasta volver verdad lo que apenas era creencia. Rechazaban toda grieta. La duda era, para ellos, una amenaza.
Entre ambos, el mundo se deshilachaba.
No había armas visibles, pero las palabras cortaban. Se arrojaban verdades como si fueran eternas. Nadie escuchaba. Nadie cedía. La realidad comenzó a temblar, a volverse inestable, como si dependiera de ese choque interminable.
Y, aun así, persistían.
Hasta que aparecieron.
No llegaron de ningún sitio. Simplemente estaban. Eran pocos. Sin símbolos. Sin consignas. Caminaban entre los otros con una quietud extraña.
Escuchaban.
A los saturados de sentido, que los cercaban con argumentos sin fin.
A los aferrados a certezas, que defendían sus verdades como trincheras.
Ellos no elegían.
Preguntaban.
—¿De qué lado están? —les exigieron.
El silencio pesó más que cualquier palabra.
—Del lado de lo que tiene sentido.
Nadie comprendió del todo. Y, sin embargo, algo empezó a resquebrajarse.
Los saturados de sentido cayeron primero. Cada cifra encontraba su contrario. Cada respuesta abría nuevas preguntas. Sus estructuras crecieron hasta volverse insoportables. Algunos enmudecieron. Otros no pudieron detenerse. Muchos quedaron vacíos, atrapados en un pensamiento sin destino.
Los aferrados a certezas resistieron más. Alzaron la voz. Se aferraron con más fuerza. Pero las preguntas se filtraban igual. Una duda. Luego otra. Hasta que algo cedió.
No en el otro.
En ellos mismos.
Y eso bastó.
La batalla se apagó sin victoria. No hubo vencedores. Solo desgaste. Un vaciamiento lento. Las palabras perdieron su peso. Las ideas se disolvieron. La realidad dejó de sostenerse.
Después, el silencio.
Denso. Incómodo. Como si el mundo hubiera quedado suspendido en una respiración que no termina.
Los pocos que quedaban caminaban sin rumbo. Ya no discutían. Ya no creían. Evitaban pensar, como si pensar fuera un abismo.
El grupo permanecía.
Observando.
—No era la información —dijo uno.
—Ni su ausencia.
Nadie respondió.
Entonces comenzaron de nuevo.
No fundaron nada. No impusieron reglas. Solo reunieron a quienes podían habitar la incomodidad de no saber.
Les enseñaron a escuchar sin rendirse.
A dudar sin romperse.
A preguntar sin destruir.
Pero pensar ya no era una salida.
Era un peso.
El nuevo mundo creció así: frágil, incierto, siempre al borde. Sin verdades firmes. Sin descanso. Solo una vigilia constante contra el error.
Y la certeza de que todo podía quebrarse otra vez.
Porque lo comprendieron demasiado tarde:
que el problema nunca fue la mentira ni la verdad,
sino la necesidad desesperada de aferrarse a cualquiera de las dos.
