COLUMNISTAS INVITADOS. La posibilidad de una nueva intervención militar estadounidense vuelve a instalarse en el escenario internacional tras declaraciones de Donald Trump y movimientos inusuales en el Ejército de EE.UU. En este artículo de opinión, el Dr. Eduardo Atilio Davia reflexiona sobre el lenguaje de la guerra, la deshumanización de los combatientes y el costo real —humano y social— que esconden las decisiones geopolíticas.
La política internacional volvió a tensarse tras señales provenientes de Washington que sugieren un posible movimiento militar hacia Irán. La cancelación inesperada de ejercicios de la 82ª División Aerotransportada —una de las fuerzas de despliegue más rápidas del Ejército estadounidense— y declaraciones atribuidas a Donald Trump sobre la posibilidad de “poner botas en el terreno” encendieron las alertas en los círculos diplomáticos y militares.
Aunque oficialmente no se ha anunciado ninguna operación, versiones filtradas indican que el expresidente habría considerado en privado el envío de contingentes limitados para asegurar instalaciones nucleares iraníes y objetivos estratégicos. La respuesta de Teherán fue inmediata: “Los estamos esperando”, en un nuevo capítulo de tensión que recuerda otros momentos críticos de la geopolítica reciente.
A partir de este escenario, el Dr. Eduardo Atilio Davia propone una mirada crítica sobre el lenguaje y las lógicas que atraviesan los conflictos armados contemporáneos. Su reflexión pone el foco en la deshumanización implícita en términos militares, el costo humano de las guerras y las consecuencias silenciosas que persisten mucho después de que los combates terminan.
La columna completa de Eduardo Da Viá
Trump no descarta invadir Irán: “No tengo miedo de poner botas en el terreno”
Una noticia acaba de sacudir Washington.
El Ejército de Estados Unidos canceló de forma abrupta los ejercicios de entrenamiento de la 82ª División Aerotransportada, una de las unidades más rápidas y letales del país.
Esta fuerza puede desplegar entre 4,000 y 5,000 soldados en cualquier lugar del mundo en menos de 18 horas.
Oficialmente no se ha anunciado ninguna operación.
Pero un oficial militar fue directo:
“Todos nos estamos preparando para algo… por si acaso.”
La señal se volvió aún más clara cuando se filtró que Trump ha discutido en privado un interés serio en enviar tropas a Irán.
No sería una invasión masiva como Irak 2003.
Serían operaciones quirúrgicas con contingentes reducidos, para asegurar instalaciones nucleares y objetivos estratégicos.
Trump lo dijo sin rodeos:
“NO TENGO MIEDO DE PONER BOTAS EN EL TERRENO”.
Irán respondió inmediatamente:
“Los estamos esperando.”
La expresión “poner botas” me parece el grado máximo de deshumanización que reina en USA y en la mayoría de las grandes potencias militares.
Dentro de las botas se supone que hay pies y parte de las piernas de seres humanos, por lo que se me ocurre más respetuoso hablar de soldados o combatientes de infantería.
También es frecuente en inglés utilizar el término “casualties” para referirse a la pérdida de la vida o a lesiones que excluyen al sobreviviente de continuar en acción.
Incluso hay cifras de casualties consideradas como esperables, datos difíciles de encontrar, pero que según mis lecturas fuera de internet, ronda entre el 5 y el 10% para la infantería.
Esto me resulta macabro, por cuanto los altos mandos parten de la base que ese porcentaje de soldados no habrá de regresar a su país simplemente porque murieron en combate y eso era de esperar.
Otro tema dramático del que poco o nada se habla es la alta tasa de suicidios entre veteranos de guerra.
Los veteranos militares estadounidenses representan aproximadamente el 6% de la población adulta, pero constituyen cerca del 20% de todos los suicidios.
Esto significa que, cada día, alrededor de 18 veteranos se suicidan.
En Estados Unidos, la tasa general de suicidios ha aumentado considerablemente desde principios de siglo, pero los veteranos están representados de manera desproporcionada en esta trágica tendencia.
La mayoría de los suicidas son hombres y por lo general utilizan armas de fuego cuyo manejo les resulta familiar.
Tampoco hay que menospreciar el impacto familiar y ambiental que produce un suicidio de un veterano, que salió indemne de la guerra.
Cuando pongo botas en terreno hostil también pongo todos estas verdades, y me pregunto si Bush antes y Trump ahora, piensan siquiera en estos conceptos.
Las botas son hijos de; padres de; tíos de; vecinos de y profesionales de actividades necesarias para la sociedad en que vivían.
No son “casualties”, sino pérdidas irreparables de vidas humanas.
Son víctimas de asesinatos programados, de la misma manera que son victimarios de seres desconocidos que nunca se contactaron entre sí y que ningún daño personal se infringieron previamente.
El odio que los mueve es sembrado, incrementado y acicateado por los dirigentes de los países beligerantes.
Y las religiones, paradojalmente, son las grandes instigadoras de la animadversión
EDUARDO ATILIO DAVIA/ MARZO DE 2026
